La Verdad

El simple hecho de estar vivo

  • Hace unos pocos años nadie, ni el crítico más perspicaz, ni el lector más avisado, sabía de la existencia de Rafael Balanzá. Un premio literario de gran prestigio como el Café Gijón, conseguido en 2009 con su obra 'Los asesinos lentos', situó a este alicantino, afincado en Murcia, en el mapa de los escritores más originales y prestigiosos de todo el contexto nacional. 

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Reconocibles todos los rasgos estilísticos de su autor, con esa sabia combinación de acción y reflexión.

 

Hace unos pocos años nadie, ni el crítico más perspicaz, ni el lector más avisado, sabía de la existencia de Rafael Balanzá. Un premio literario de gran prestigio como el Café Gijón, conseguido en 2009 con su obra 'Los asesinos lentos', situó a este alicantino, afincado en Murcia, en el mapa de los escritores más originales y prestigiosos de todo el contexto nacional. Un año después, en 2011, con 'La noche hambrienta', se confirmaba su trayectoria de autor ajeno a las modas, atento, únicamente, a su buen gusto, a los dictados de su propia conciencia. 'Recado de un muerto' es un nuevo producto reconocible de Balanzá. Ahí están, de nuevo, felizmente, sus elucubraciones, su trama bien trenzada, su escritura fluida y pulcra y esa manera, tan particular, de crear, desde la primera hasta la última línea, una tensión narrativa. Pocos personajes -da la impresión, en sus tres obras, que todos ellos se hallan en un escenario, bajo una luz cenital, en una representación que el público contempla estupefacto, incrédulo, y, al mismo tiempo, aliviado por el hecho de no compartir esa pesadilla- y un tiempo y un espacio muy limitados. El más difícil todavía. Y, para empezar, para poner en marcha esta extraña aventura (no en vano, ya se ha hablado de su ascendencia kafkiana, de ciertos guiños que nos recuerdan al Ernesto Sabato de 'El túnel' e 'Informe sobre ciegos'; y también a otros 'raros', como el Javier Tomeo de 'Amado monstruo' y 'El cazador de leones'), un primer párrafo genial, verdadera tarjeta de visita, su credencial ante el exigente lector: «Pero si mantienes los ojos lo bastante abiertos desde el principio nada te parecerá demasiado increíble como para que llegues a creerlo, porque nada puede ser mucho más extraño que el simple hecho de estar vivo». De nuevo, como en sus obras anteriores, ese raro equilibrio entre acción y reflexión. En sus justas dosis. Como vasos comunicantes que intercambian sus respectivos fluidos. Balanzá sitúa la acción en la época «de las hormigoneras gordas». Una circunstancia en absoluto baladí, que influye sobre la postura y la impostura de los personajes: dinero fácil, vida regalada. Pero también conflictos familiares y crisis de identidad. Y mucho desencanto. Y, por lo demás, no es un mal recurso para una novela de evidente corte policiaco el hecho de que el supuesto autor de ciertos correos electrónicos sea un personaje que ya está muerto. Balanzá es, por si todo ello fuera poco, un consumado maestro de los finales. Ni un cabo suelto. Una asombrosa fluidez con la que da la sensación de una obra escrita con tiralíneas.