Mucho más que comparaciones y semejanzas en el Museo Gaya

Una de las obras de Lawrence Corby, en Art Nueve./
Una de las obras de Lawrence Corby, en Art Nueve.

Gaya, al comentar la pintura de Serna, aseguraba que «parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje»

PEDRO SOLER

No es este el enfoque que, en estas mismas páginas, se dio a la reciente exposición de Pedro Serna, en la galería Chys; ni debe tratarse de la búsqueda de obras insólitas y desconocidas en la pintura de Ramón Gaya, porque, aunque sus obras expuestas sean conocidas por un muy limitado número de personas, lo cierto es que la labor artística de Gaya ha superado todos los moldes que imponen unos límites, al menos, para quienes -hay que decirlo así de claro- siempre nos hemos considerado seguidores y amigos.

Parece evidente que la exposición 'Los sernas de Ramón Gaya y los gayas de Pedro Serna', en el museo de la Plaza de Santa Catalina, tiene un insólito aliciente, en la seguridad de que no pocos de los espectadores acudirán a contemplarla, no con la exclusiva serenidad de recrearse ante una serie de obras, novedosas dentro de lo posible, sino con la intencionalidad de buscar comparaciones y semejanzas.

Cuanto, en esta ocasión, pueda decirse de los paisajes de Pedro Serna, habría que atribuírselo a Ramón Gaya, quien se ocupó de las obras de este pintor, pese a que se había prometido a sí mismo «no escribir nunca nada sobre pintores». Gaya no pudo contener su íntima promesa, y afirmó que se encontró con un pintor «murciano, muy pintor y también muy murciano, pero sin sombra de regionalismo», pero «sumamente nuevo, nuevo, fresco, reciente». Y esto lo afirmaba cuando Pedro Serna ya había superado todas las pruebas a que la pintura somete a sus iniciadores, y, de modo especial, a quienes penetraron en ella, de un modo de voluntario enamoramiento. Gaya, al comentar la pintura de Serna, aseguraba que «parece haber querido, con inspirada modestia, ir desatando los nudos que encontrara en la realidad del paisaje».

A la hora de enjuiciar las obras expuestas de Gaya, tampoco hay, como se ha dicho al principio, por qué descubrir lo que no existe, porque ya nos lo había descubierto todo; pero sí hay que volver a contemplar esas pinceladas convertidas en líneas definitorias y definitivas, en torno al personaje o al paisaje, en los que el hálito de misterio desempeña un papel básico. Gaya no se limita a reproducir -nunca lo hizo-, sino que inyecta a cada una de sus obras, aunque diminuta y simple, algo que incita a buscar qué hay más allá de cuanto los ojos contemplan. Puede ser por esos colores conscientemente amortiguados; por esas miradas, que parecen obligatoriamente perdidas; o por la delicada sensualidad del desnudo femenino. En la pintura de Gaya siempre hay un algo, que satisface, pero que también despide inquietudes e interrogantes. Habrá quienes opinen que un realismo más profundo y acabado quizá hubiese eliminado lo que para algunos puede ser un inconveniente; pero nunca ofrendaría esa serie de atractivos, hasta poéticos, que llenan los cuadros de aromas y de luminosidad, de auténtico sentimiento y de la maestría que entraña hacer un todo, a través, a veces, de los más fugaces elementos.

El título es lo de menos

Lo de menos es el título -'Stand by Me. Twelve paintings'- de la exposición que Lawrence Corby presenta en la galería Art Nueve; lo interesante, lo atractivo, es fijarse en el uso que hace de los colores y cómo, a través de cuadros de pequeño formato, va marcando un itinerario, que supera la geometría inicial en que parecen basarse.

Corby aparece como un experto en el uso de materia, para realizar obras que se muestren impregnadas de un juego de colores que las hacen atractivas por sí mismas. Pero, cuando quiere ampliar su cometido, les inyecta objetos que, sin pretender atribuirlas una concreta definición, enriquece ampliamente el contenido de cada obra. Es como un desarrollo imaginativo para liberarse de la facilidad, que puede entrañar un método abocado a la vulgaridad.

Son obras en las que se quiere aplicar un método resolutivo muy personal, pero utilizando los resortes propios y detalles, que inyectan más belleza y ambientación a la obra pictórica. Así, pese al poderío que desprenden los núcleos cromáticos en cada una de las piezas, porque generalmente gusta de utilizar unos colores intensos, también se advierte la importancia que le atribuye a la luminosidad, que se cuela por resquicios conscientemente abiertos entre los poderosos muros, en los que el azul, el rojo, el verde, el amarillo intenso parecen luchar por conseguir una preponderancia innecesaria. Puede decirse que cada cuadro quiere ser un conjunto contrastado. Y, además, con elegancia en el trato, gracias a que solo se ha depositado la materia precisa.

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