Las reglas de juego

Hasta el siglo XVII era un sueño conocer un conjunto de leyes que pudieran explicarlo todo, desde la caída de una manzana al movimiento de cuerpos celestes

ALBERTO REQUENA

El más apasionado defensor de la teoría de la evolución de Darwin, Thomas Huxley, a mediados del siglo XIX dejó escrito: «El tablero de ajedrez es el mundo, las piezas son los fenómenos del Universo y las reglas del juego son las que llamamos leyes de la Naturaleza». Perfilaba, todavía más: «El otro jugador está oculto para nosotros y solo sabemos que es, siempre, equitativo, justo y paciente», y redondeaba el enunciado diciendo: «También sabemos que nunca pasa por alto un error ni hace una concesión por ignorancia». Hoy, este tipo de valoración no parece suficiente, por cuanto hoy se exige conocer no solo las reglas de juego, sino explicar la existencia e incluso las propiedades del mismísimo tablero y de cada una de las piezas.

Hasta el siglo XVII era un sueño conocer un conjunto de leyes que pudieran explicarlo todo. Galileo, Descartes y Newton fueron los primeros en demostrar que un puñado de leyes eran capaces de explicar desde la caída de la manzana hasta el movimiento de los cuerpos celestes. Otros, como Maxwell, fueron capaces de unificar la electricidad y el magnetismo, logrando poner luz con solo cuatro ecuaciones. Trabajó los resultados experimentales de Faraday y demostró que, del mismo modo que una fuerza mantenía a los planetas en su órbita, y que era la misma fuerza que mantenía los objetos sobre la superficie de la Tierra, que no era otra fuerza, sino la misma, la electricidad y el magnetismo eran una misma esencia física.

El siglo XX fue el más fértil para la Ciencia. Tanto la teoría de la Relatividad Especial, como la teoría de la Relatividad General de Einstein cambiaron, para siempre, la concepción del espacio y el tiempo. Se han convertido en una entidad inextricable conocida como espacio-tiempo.

Por otro lado, la relatividad general sugería que la gravedad no es una fuerza misteriosa que actúa a distancia, sino que es una manifestación, es una consecuencia del espacio-tiempo combado por la materia. Todo lo que se mueve en este espacio combado, como los planetas o los satélites, como la Luna, cuando caminan por su órbita, no lo hacen en línea recta, sino por trayectorias curvadas de este espacio-tiempo.

La Cuántica

Pero el siglo XX nos sorprendió al poner en cuestión el mundo determinista heredado de Newton, con la formulación de la Mecánica Cuántica. Tanto en la Mecánica Clásica como en la relativista, si alguien conoce en un instante dado todas las posiciones y velocidades de todas las partículas, es capaz de predecir tanto el futuro como el pasado. Tanto en la mecánica newtoniana como en la relativista, solamente habría limitaciones con esos puntos críticos, como los objetos colapsados que se denominan agujeros negros. La Cuántica lo cambió todo. Ni siquiera la posición y velocidad de una partícula se puede determinar con precisión. La única cosa que es determinista es la probabilidad de cada resultado, pero no los resultados mismos. El Universo, por diferentes razones, ha pasado a ser como el tiempo: lo más que podemos hacer es predecir la probabilidad de que lloverá mañana, pero no cuándo realmente lo hará.

Conforme han ido avanzando las revoluciones cuántica y relativista, el papel de la simetría en las leyes de la Naturaleza es cada vez más claro. Los científicos cada vez están más convencidos de que la Naturaleza tiene un diseño subyacente en el que la simetría es la clave. Una simetría en las leyes significa que cuando se observa un fenómeno natural, desde diferentes puntos de vista, descubrimos que el fenómeno está gobernado por las mismas leyes.

En Murcia, Madrid o Nueva York las leyes que explican cualquier experimento son las mismas, tienen la misma forma. La simetría no implica que los resultados permanezcan inalterados. La gravedad en la Luna no es la misma que en la Tierra, pero la dependencia de la fuerza de atracción gravitacional de la masa y el radio de la Luna es la misma que en la Tierra. Esta inmunidad a los cambios cuando nos desplazamos de un lugar a otro es una simetría traslacional. Sin esta simetría no se hubiera podido comprender el Universo. La razón fundamental es que podemos interpretar fácilmente observaciones de galaxias alejadas de nosotros, por ejemplo, diez mil millones de años luz, y encontramos que el hidrógeno obedece, precisamente, las mismas leyes cuánticas que lo describen aquí y ahora en la Tierra. ¡Fantástico mundo normalizado!

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos