El baloncesto, una mina para la ciencia

Imagen de archivo de un partido del UCAM CB. /EFE
Imagen de archivo de un partido del UCAM CB. / EFE

M. J. MORENO

Dos equipos, cinco jugadores en cada uno de ellos y dos canastas en cada uno de los extremos de la cancha. El equipo que más puntos anota antes del final del partido será el ganador. A groso modo esas son las normas del baloncesto, un deporte inventado en 1891 en Estados Unidos por el profesor canadiense de educación física James Naismith y que a día de hoy practican casi 500 millones de jugadores en el mundo.

Seguramente, siendo aparentemente algo tan sencillo, nadie podía imaginar que 128 años después sería uno de los deportes preferidos de los científicos y estadistas y una inmensa fuente de información en materia de Big Data, término que no vería la luz hasta la década de los 90 del siglo XX.

Actualmente, mientras otros deportes se debaten entre si incorporar las nuevas tecnologías a su práctica o no, la NBA hace tiempo que no solo decidió hacerlo sino que lo explota al máximo y pone los resultados a disposición no solo de los profesionales del deporte sino de todo aquel que los considere interesantes, ya sean aficionados o científicos.

Y así es como desde hace algo más de un lustro en la web NBA.com/stats se pueden encontrar todo tipo de datos recogidos mediante sensores colocados en las canchas que permiten monitorizar el juego y obtener datos más allá de los típicos rebotes, puntos, pases, etc. Las canchas incluyen incluso cámaras que recogen los movimientos de los jugadores y cada uno de los jugadores es una fuente de información en sí: edad, altura, etnia, país de nacimiento, etc.

Esa fuente de información abierta es, sin duda, una herramienta fundamental para numerosos estudios científicos en los que lo más costoso en términos de tiempo y dinero es la recopilación de datos de manera fiable, para posteriormente ser analizados con un margen de error mínimo, de acuerdo a los objetivos del trabajo.

En esa línea, por ejemplo, se ha llevado a cabo un estudio liderado por el profesor José A. Martínez, del Departamento de Economía de la Empresa de la Universidad Politécnica de Cartagena; y Martí Casals, del Centro de Estudios en Deporte y Actividad Física (CEEAF) de la Universidad de Vic-Universidad Central de Catalunya (UVic-UCC) y del Departamento de Ciencias del Deporte del FC Barcelona-Barça Innovation Hub.

Su trabajo ha concluido que «los exjugadores de la NBA afroamericanos y los de mayor estatura, en general, mueren antes que los jugadores blancos y los de menor estatura. A pesar de ello, la tasa de mortalidad anual es menor entre los exjugadores de la NBA que entre la población general de Estados Unidos».

La investigación surgió a raíz de que mucha gente se planteara si practicar baloncesto profesional podría ser un factor de riesgo para la salud como consecuencia de que en los últimos años algunos exjugadores de la NBA hubieran fallecido de manera prematura. Uno de los ejemplos más significativos fue la muerte de diversos exjugadores, todos ellos menores de 60 años, entre febrero y septiembre de 2015: Moses Malone (de 60 años), Darryl Dawkins (58), Jerome Kersey (52), Jack Haley (51), Christian Welp (50) y Anthony Mason (48).

La investigación liderada por la UPCT y que se publicó en la revista 'Applied Sciences' fue posible gracias a que la NBA y la asociación de jugadores reaccionaron en 2016 creando un plan para realizar chequeos a jugadores retirados. Desde 2013, un estudio analizaba la estructura y las funciones cardíacas de 526 jugadores en activo en las plantillas. Previamente, y coincidiendo con el 50 aniversario de la NBA, en 1996, la liga ya realizó un estudio sobre mortalidad que cubría un total de 2.810 jugadores.

Así pues, después de analizar a los 3.985 jugadores que participaron en la NBA desde su nacimiento en 1946 hasta el abril de 2015, los resultados de este estudio internacional sugieren que la altura y la etnia están asociadas a la mortalidad.