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En el siglo XXI los humanos (como especie) estamos inmersos en un desarrollo tecnológico acelerado. Ello es así por una constante que se viene cumpliendo desde hace 200 años: el 90% de los científicos están vivos

TORIBIO FERNÁNDEZ OTERO

En el siglo XXI los humanos (como especie) estamos inmersos en un desarrollo tecnológico acelerado. Ello es así por una constante que se viene cumpliendo desde hace 200 años: el 90% de los científicos están vivos. Mucha gente se siente temerosa y abrumada por esta aceleración. No es nada nuevo: desde el principio de la Historia los avances tecnológicos provocaron temor a los no iniciados y algunos sirvieron para arrasar viejos imperios.

¿Podemos parar esta aceleración? La misma curiosidad intelectual que empujó a un puñado de antepasados a salir de África y poblar desiertos inhóspitos, selvas impenetrables y casquetes polares, empuja (hoy a millones de personas) a seguir descubriendo las leyes que rigen el universo y desarrollar tecnologías que permitan poblarlo algún día.

En los años 50-60 del pasado siglo se planificó la búsqueda de posibles civilizaciones extraterrestres pensando en qué tipos de civilización se deberían buscar. N. Kardashov propuso tres niveles básicos. En el nivel I las civilizaciones inteligentes habrían alcanzado el desarrollo tecnológico necesario para explotar, de manera sostenible, todas las fuentes de energía de su planeta. Las tecnologías desarrolladas por las civilizaciones de nivel II les permitirían explotar las fuentes de energía de su sistema solar. Las de nivel III explotarían las fuentes de energía de su galaxia. Las civilizaciones más avanzadas deberían emitir cantidades crecientes de radiación infrarroja: una de las hipótesis para buscarlas.

En una escala de 0 a 100, la civilización humana estaría entre 5 (estimación pesimista) y 7.5 (estimación optimista de Carl Sagan). Ello apunta a que, para llegar a poblar la galaxia, por cada uno de los modelos científicos o desarrollos tecnológicos alcanzados en la actualidad nos quedan por descubrir y desarrollar cientos de modelos nuevos, hoy inimaginables. Tarea apasionante para los nuevos graduados e ingenieros del mundo. Y ahí estamos.

En este panorama la cuestión es: ¿qué papel queremos jugar desde la Región de Murcia en esta estimulante empresa en la que, querámoslo o no, estamos metidos. Desarrollo científico-tecnológico significa nuevas empresas, exportación a todo el mundo, puestos de trabajo de calidad, elevados salarios y muchos impuestos. Hay que subirse a ese carro.

Cómo hacerlo en España lo saben hasta los bebés, ¡aplicando el método del fútbol!: contratando a los mejores científicos, consiguiendo los mejores equipos, poniéndoles los mejores entrenadores y las mayores exigencias para ganar en la primera división mundial. La alternativa es pobreza, emigración y paro.