Casualidades que cambiaron el mundo

Tabla periódica./
Tabla periódica.

Qué tienen en común el vehículo, la penicilina, el teflón o la dinámica? Resultados tan dispares e inconexos comparten el hecho de que fueron consecuencia de un accidente, de una casualidad, así como cientos de otros inventos que hacen que la vida cotidiana sea más conveniente, placentera, saludable o interesante. Son las llamadas «serendipias», es decir, descubrimientos afortunados e inesperados, no buscados por los investigadores, o derivados de una línea de investigación que en origen buscaba objetivos muy diferentes.

MARÍA JOSÉ MORENO

Muchos grandes hallazgos científicos de la historia han sido fruto de un golpe de suerte o de un resultado inesperado sin ninguna relación con lo buscado por los investigadores

La palabra serendipia fue acuñada por Horace Walpole en 1754 tras leer el cuento sobre las aventuras de 'Los tres príncipes de Serendip', los cuales estaban siempre haciendo descubrimientos puramente casuales.

Uno de los primeros ejemplos recogidos se produjo en el siglo III a. C. y fue el caso que llevó el nombre de Arquímedes a las páginas de la historia de la ciencia. El matemático griego vivía por aquella época en Siracusa, cuyo rey, Hierón, había encargado a un orfebre una corona de oro puro. Pero al recibirla terminada dudó de si el material empleado correspondía con todo el que él le había entregado al fabricante. Se puso entonces en contacto con el científico y le ofreció la tarea de desvelar si la corona era de oro puro y contenía todo el metal precioso que el rey había dado al joyero. Ni que decir tiene que el análisis químico no estaba tan avanzado en aquella época como las matemáticas y Arquímedes era, al fin y al cabo, matemático e ingeniero.

Con anterioridad había calculado fórmulas matemáticas para los volúmenes de sólidos regulares tales como esferas y cilindros, por lo que se dio cuenta de que si pudiera determinar el volumen de la corona del rey sería capaz de averiguar si estaba hecha de oro puro o de una mezcla de oro con otros metales. Lo que no sabía era cómo conseguirlo.

Pensando en cómo resolver ese problema, Arquímedes se dirigió a los baños públicos de Siracusa. Al meterse en la bañera, cuando vio salir del agua sobre la parte superior del baño, se dio cuenta de que el volumen del agua sobrante era exactamente igual al ocupado por la parte de su cuerpo que estaba en el líquido y fue entonces cuando vio una forma de calcular el volumen de cualquier objeto sólido irregular, ya fuera un pie o una corona. De modo que, si pusiese la corona en un recipiente lleno de agua, podría medir el volumen del agua que desaloja y este sería igual al volumen de la corona.

No pudo Arquímedes evitar la emoción y corrió desnudo por las calles de Siracusa gritando el famoso «¡Eureka», o lo que es lo mismo, ¡lo encontré! Y todo fue fruto de una casualidad.

Eso si, a nadie se le ocurre dudar de que si no hubiese sido así, Arquímedes habría encontrado otro modo de resolver el problema, ya que como dijo Pasteur, quien hizo grandes avances en química, microbiología y medicina: «en los campos de la observación, el azar favorece solo a la mente preparada».

La famosa manzana

Otro caso muy conocido de descubrimiento casual es el de la ley de la gravedad, con el que se encontró sir Isaac Newton mientras observaba un manzano.

Fue al ver la caída de una manzana cuando se quedó en estado contemplativo y se cuestionó por qué la manzana caía siempre perpendicularmente a la tierra y no lo hacía hacia un lado o hacia arriba sino constantemente hacia el centro de la tierra. A partir de ahí se planteó que seguramente la razón era que la tierra la atraía, por lo que debería haber una fuerza de atracción en la materia cuyo origen debería estar en el centro de la tierra y no en otro lugar. Este fue el nacimiento de aquella serie de descubrimientos asombrosos por medio de los cuales Newton edificó la filosofía sobre unos fundamentos sólidos.

También en campos como el de la medicina la fortuna ha dado lugar a grandes descubrimientos. La vacunación preventiva, que sin duda ha salvado millones de vidas, no fue descubierta como resultado de un largo y laborioso trabajo de laboratorio.

Eduard Jenner conoció con tan sólo 19 años a una ordeñadora, una mujer que le dijo que «jamás podría tener la viruela pues ya había tenido la vaccinia», un virus contagiado por una vaca y relacionado con la enfermedad.

Años después, siendo médico, Jenner recordó esa afirmación cuando se dio cuenta de la inutilidad de intentar curar la viruela. Investigó entonces y encontró que las ordeñadoras casi nunca tenían esta enfermedad por lo que se le ocurrió la idea de inocular la vaccinia en pacientes con el fin de prevenirlos de contraerla y se encontró así con la primera vacuna preventiva.

En ocasiones hace falta más de una casualidad para llegar a obtener resultados. El caso de Alexander Fleming es un buen ejemplo. En 1922, mientras padecía un catarro hizo un cultivo de algunas a sus propias secreciones nasales. Cuando examinaba el plato de cultivo, lleno de unas bacterias amarillas, una lágrima se le cayó en el plato. Al día siguiente cuando examinó el cultivo encontró un espacio en el sitio donde había caído la lágrima y llegó a la conclusión de que ésta contenía una sustancia que ocasionaba la rápida destrucción de las bacterias aunque era inofensiva para el tejido humano.

Llamó «lisozima» al enzima antibiótico de la lágrima pero este descubrimiento fue de poca importancia práctica, pues los gérmenes que mataba eran relativamente inofensivos. Pero en 1928 estuvo ocupado en la investigación de la gripe y mientras llevaba a cabo un trabajo rutinario de laboratorio, que implicaba el examen microscópico de unos cultivos bacterianos creciendo en unas placas de Petri, se percató de una anormal zona clara en un plato. El examen mostró que la zona clara rodeaba un punto del plato donde había caído un poco de moho aparentemente mientras el plato estaba destapado.

Recordó entonces su experiencia con la lágrima y concluyó que el moho estaba produciendo algo que era mortal para las bacterias estafilococos en el plato de cultivo, y el mismo científico reconoció que de no haber sido por la experiencia anterior con la lágrima habría tirado la placa y jamás habría llegado a esa conclusión.

Fleming aisló el moho y lo identificó como perteneciente al género 'penicilinum' y llamó a la sustancia antibiótica producida 'penicilina'. Teniendo en cuenta que hay miles de mohos diferentes y miles de bacterias diferentes, que el azar pusiera el moho en el sitio correcto en el momento correcto fue sin duda una de las mayores y más beneficiosas serendipias de la historia.

La penicilina no ha sido el único fármaco descubierto de forma casual. En numerosas ocasiones un fármaco utilizado con un propósito se ha encontrado efectivo para otro enteramente distinto y a veces más significativo.

El 'ácido acetilsalicílico', más conocido como 'aspirina', fue preparado por primera vez para ser usado como antiséptico interno aunque se encontró que no era efectivo. No obstante, se halló que era un valioso analgésico y un fármaco antipirético; además actualmente es recomendado para prevenir los ataques de corazón.

También la 'clorpromacina' fue indicada en primera instancia para calmar a los pacientes antes de una operación, pero distintos psiquiatras encontraron que era muy útil para calmar a sus pacientes de la enfermedad maniaco depresiva. A partir de este descubrimiento, practicaron con otros enfermos mentales y finalmente encontraron que era especialmente efectiva en el tratamiento de la esquizofrenia, una enfermedad para la que hasta ese momento no existía algo parecido.

Otro caso muy llamativo es el de la 'procaína' y la 'lidocaína', fármacos utilizados ampliamente como anestésicos locales. En los años 40 se descubrió accidentalmente que una inyección de la primera en perros que habían desarrollado arritmias cardíacas con peligro de muerte, cuando eran colocados bajo la anestesia general, restablecía sus corazones al latido normal. Desde entonces, y tras varias comprobaciones en humanos, el uso de la inyección intravenosa de varios anestésicos locales en conexión con la cirugía cardiaca ha llegado a ser una práctica muy común.

Especialmente llamativo es el caso de algunos descubrimientos accidentales que además ocurren cuando más necesarios son. Un claro ejemplo es el del cristal de seguridad que apareció poco después que la invención del automóvil y la utilización de los parabrisas. Teniendo en cuenta que era mucho más probable que los automóviles, más que las cabezas de caballos, perdiesen el control y chocasen, ocasionando heridas serias a los ocupantes por la rotura de los parabrisas, no cabe duda de la importancia de este hallazgo.

El cristal ha estado mucho tiempo en circulación. De hecho se sabe que ya los romanos lo utilizaron para las ventanas. Fue en 1903 cuando el químico francés Edouard Benedictus tiró un matraz al suelo que se hizo añicos, pero sorprendentemente los fragmentos no salieron separados sino que permanecieron casi en su forma original. El científico examinó el matraz y encontró que había una película en su interior a la cual quedaban adheridos los trozos rotos del cristal. Se percató de que esa película procedía de la evaporación del colodión (o nitrato de celulosa, preparado a partir del algodón y del ácido nítrico) que una vez había contenido el matraz pero que por estar abierto se había evaporado.

En ese momento Benedictus no prestó mayor atención a lo sucedido, pero poco después, tras leer varias informaciones sobre personas heridas como consecuencia de los cortes de cristales en accidentes de tráfico, se puso manos a la obra. Pasó algún tiempo planificando cómo podría aplicarse una capa de ese material para conseguir un cristal de seguridad y poco después, con la ayuda de una prensa de imprenta, produjo la primera lámina de cristal de seguridad.

La llamó 'triplex,' en relación al diseño del material que consistía en un bocadillo en el cual las dos láminas de cristal actuaban como el pan siendo el alimento una lámina de celulosa entre ellas y todas se unían mediante calor.

Otro material muy útil en la vida moderna también fue descubierto por casualidad. A principios de los años 50 George de Mestral fue a dar un paseo por el campo de su Suiza natal. Cuando regresó a casa se dio cuenta de que tenía la chaqueta cubierta de arrancamoños (una especie de planta herbácea) y cuando empezó a quitarlos se preguntó qué les hacía adherirse tan tenazmente.

Su curiosidad le llevó a utilizar un microscopio para investigarlo más cuidadosamente. Descubrió que estaban recubiertos de ganchos y los ganchos se habían embebido en los rizos del tejido de su chaqueta. El plan de la naturaleza para la reproducción y dispersión de los cadillos consiste en que sus semillas erizo lleguen a sujetarse en los pájaros y animales que pasan. De Mestral se preguntó si podría diseñar un sistema basado en el modelo que fuese más útil que molesto y fue así como nació el velcro, un sistema de cierre que ha pasado por los trajes de los astronautas y que está presente en nuestras vidas cotidianas.

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