El reinado de los 'quinquis'

La delincuencia de la época, muy vinculada al consumo de heroína que comenzaba a despuntar, poco o nada tenía que ver con los brutales asesinatos mafiosos o los intrincados fraudes con los que se teje hoy la criminalidad

Alicia Negre
ALICIA NEGRE

Las organizaciones criminales, con sus métodos profesionales, aún no habían desembarcado en la Región y las estafas por internet eran una entelequia que ni tan siquiera se llegaba a atisbar. La España en la que la Constitución vio la luz, en 1978, afrontaba unas cifras de criminalidad no muy alejadas de las de hoy en día, pero el fenómeno era radicalmente distinto al actual. La delincuencia principalmente juvenil y muy vinculada al consumo de droga que comenzaba a despuntar poco o nada tenía que ver con los brutales asesinatos mafiosos, los atracos violentos o los intrincados fraudes con los que las redes tejen hoy en día la criminalidad.

Los años de la Transición trajeron de la mano unos aires de libertad desconocidos hasta la fecha y una revolución que se acabaría insuflando, en los ochenta, a todos los ámbitos de la sociedad. El cambio, como es habitual, también se dejó notar en la delincuencia que, en apenas unos años, alcanzó un peso y unos matices desconocidos hasta la fecha.

El estudio 'Evolución social, criminalidad y cambio politico en España', que suscribió el investigador Alfonso Serrano a mediados de los ochenta, recababa datos estadísticos sobre los delitos conocidos en aquel lejano 1978. Fueron 348.340 repartidos entre áreas urbanas y rurales, una cifra algo superior a las 334.331 infracciones que, de acuerdo con los datos de Interior, registraron los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado el pasado año. El abanico delicuencial, sin embargo, ha dado un cambio de 180 grados en estas cuatro décadas.

'El Tito' y sus cómplices se complicaron la vida una noche de agosto cuando fueron a robar melones y, al pillarlos el dueño, le descerrajaron una lluvia de tiros

La criminalidad con la que la Policía batallaba en aquella época, según explica el inspector jefe Francisco Blas, que durante años ejerció de portavoz del cuerpo, no estaba ligada a grupos organizados -como ocurre en gran parte en la actualidad- sino a pequeñas e improvisadas bandas juveniles a las que los agentes les seguían la pista. Robos de coches, tirones de bolso o pequeños atracos -muchos de ellos en farmacias- despertaban una cierta alarma social en aquellos años en la Región y traían de cabeza a las autoridades. 'La Verdad' ya recogía una noticia, en los primeros ejemplares de enero de ese año, en la que alertaba de una oleada de robos en la capital. «El procedimiento del tirón», advertía, «se está generalizando».

La mayoría de estos golpes guardaban una estrecha relación con el auge, que ya comenzaba a percibirse, de una sustancia que se convertiría, en los años venideros, en toda una epidemia capaz de robar la juventud a una generación: la heroína. Muchos adolescentes, enganchados ya a esta droga, se lanzaron a asestar pequeños palos sin mayor objetivo que financiarse el chute. El elevado paro obrero y la crisis económica complicaron también los sueños de futuro de muchos jóvenes. Según reconoce el inspector jefe Blas, la mayoría de las veces se trataba de golpes nacidos de un acto impulsivo que contaban con poca o nula planificación.

Dos atracos a bancos, perpretrados en 15 minutos, dejan un vigilante herido.
Dos atracos a bancos, perpretrados en 15 minutos, dejan un vigilante herido.

Junto con la violencia creciente que ganaba fuerza en las cárceles y el insufrible azote del terrorismo etarra, eran años de una delincuencia 'quinqui' que se daba cita en los futbolines del salón recreativo o en los autos de choque de la feria del barrio. Comenzaban a hacer sus pinitos algunos delincuentes de tres al cuarto que acabarían haciéndose un nombre en el imaginario colectivo, como ' El Vaquilla', 'El Pepsicolo', 'El Lute' o 'El Melones'. Muchos de ellos dominaban el arte del volante en el atraco, otra modalidad delictiva que comenzó a llenar páginas y páginas en los diarios. El 26 de junio de 1978, según recogió este diario, dos golpes perpetrados en menos de quince minutos vaciaron las arcas de dos bancos de la capital y dejaron tras de sí a un vigilante jurado gravemente herido.

Venganzas a puñaladas

Los problemas derivados de las drogas y los deseos de venganza eran, junto con las enemistades derivadas de las líndes agrícolas, los principales detonantes para los crímenes de sangre de aquella época. Los sucesos que se plasmaban negro sobre blanco en los diarios, por aquel entonces, no conocían -al menos de forma generalizada- de cuerpos mutilados, de cadáveres disueltos en ácido, de crímenes con el sello profesional que las bandas organizadas mostraron décadas después. A finales de los setenta, el mítico 'El Caso' estaba repleto de contiendas que se 'arreglaban' a tiros, de asaltos a fincas que se iban de las manos, de enemistades eternas entre familiares que acababan a puñaladas...

La portada de 'La Verdad' del 24 de septiembre de 1978 exponía, junto a otras noticias, los rostros perplejos del supuesto autor de un crimen en Balsapintada y de sus tres compinches. 'El Tito', 'El Coco', 'El Sé' y 'El Baco' se complicaron la vida una noche de ese agosto cuando acudieron a una finca de la pedanía fuentealamera a robar melones y, al descubrirlos el dueño, le descerrajaron una lluvia de tiros que le tumbó en el suelo.

En otros casos, la violencia no llegaba a atravesar la puerta. En mayo de ese año, un chaval de solo 13 años acabó con la vida de su hermano, de 29 años, en una vivienda de Caravaca. Meses antes, un veinteañero mató a su padre en Alguazas propinándole golpes con un ladrillo. El ejemplar de 'La Verdad' de esa jornada reconocía que se desconocían los motivos del crimen, pero avanzaba que el autor «no tenía trabajo fijo y llevaba un vida algo desordenada».

Con la Transición, además, se comenzó a derribar un muro que, durante décadas, fue inquebrantable. Según recuerda el inspector jefe Blas, algunas mujeres comenzaron a atraverse ya en esos años a denunciar el infierno de malos tratos que vivían en sus casas, el acoso sexual que afrontaban día a día, la violencia sexual de la que habían sido víctimas... Algo impensable tan solo unos años atrás. La cifra de denuncias aún se encontraba a años luz de las más de 7.000 que se presentaron el pasado año en la Región, pero era el primer paso para plantar cara a esta lacra y derribar un muro de silencio que aún hoy persiste.

 

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