Cuando los peces no picaban en el Mar Menor

Hace cuarenta años se posó el primer cormorán en la laguna, entonces rodeada de almendros y algarrobos, y los barcos se amarraban a estacas de madera plantadas delante de cada casa

Una estampa que aún se recuerda con nostalgia: los balnearios de Los Alcázares, en la orilla del Mar Menor./LV
Una estampa que aún se recuerda con nostalgia: los balnearios de Los Alcázares, en la orilla del Mar Menor. / LV
Miguel Ángel Ruiz
MIGUEL ÁNGEL RUIZ

En 1978 era imposible pescar con caña en el Mar Menor. Los peces no picaban el anzuelo. No es que los mújoles, especie dominante entonces, fueran especialmente inteligentes. Sencillamente no necesitaban morder el cebo porque estaban suficientemente alimentados en unos fondos forrados de praderas acuáticas donde la vida bullía. En el año en que se aprobó la Constitución Española los barcos se amarraban a postes de madera plantados frente a las casas, que apenas ocupaban dos hileras frente a la lámina de agua, y los desagües de las poblaciones ribereñas desembocaban en la laguna a través de emisarios. Cara y cruz de un espacio natural y cultural (socio-ecosistema, en el argot técnico) que hace cuatro décadas comenzó a experimentar cambios. Seguramente los más rápidos en su historia.

El Mar Menor de hace cuarenta años aún tenía balnearios, todavía funcionaba algún molino de viento y sus habitantes contemplaban sorprendidos cómo, en la orilla de enfrente, comenzaba a completarse el tetris urbanístico de La Manga. La laguna era entonces un lugar más amable, menos ruidoso y seguramente más humano. Pero algunas novedades ya eran evidentes poco después de que se abriera la gola del Estacio, el canal navegable para comunicar el Mediterráneo con el Puerto Deportivo Tomás Maestre. Una inyección continua de agua con menor salinidad que la del pequeño mar interior, y también una puerta abierta a nuevas especies. Los científicos no tardaron en llamar a este fenómeno la 'mediterranización' del Mar Menor.

Lo recuerda bien Jesús Gómez, patrón mayor de la Cofradía de Pescadores de San Pedro del Pinatar, 61 años y tercera generación de una estirpe de hombres del mar. En este caso del Mar Menor. «Desde que se abrió el Estacio el mújol bajó en calidad y en cantidad. En los años siguientes comenzó a subir la dorada», rememora, «y había años en que desaparecían algunas especies, como el magre y el langostino».

Las aguas estaban entonces muy limpias, «pero mucho menos que en los años sesenta», asegura el veterano pescador, que se atreve a situar en esa época el inicio de un proceso que solo sería identificado décadas más tarde: el cambio climático. «Empezó a notarse un aumento de la temperatura: el verano se hacía más largo, cuando antes tenías que abrigarte a partir del 10 de septiembre para embarcarte». «El Mar Menor sigue en proceso de cambio», aventura, «y volverá a colapsar si no se toman medidas más ambiciosas. No todo es frenar los vertidos de la agricultura».

Caballitos en abundancia

Otro testigo directo de la historia reciente del Mar Menor confirma el lugar común: los caballitos eran abundantes en esa época. Se retorcían en las redes de pesca tendidas al sol y los niños los cogían para pintarlos de colores. Otros hacían negocio secándolos para venderlos como recuerdo de un veraneo 'typical', o los molían para colocarlos a los incautos como polvo afrodisiaco. Este es uno de los muchos recuerdos del biólogo Julio Mas (Cartagena, 1953), jubilado recientemente de su puesto de investigador en el Centro Oceanográfico de Murcia, la sede del Instituto Español de Oceanografía (IEO) en San Pedro del Pinatar.

«Alquilé mi primera casa en Villananitos, la explanada de Lo Pagán era de tierra y me acercaba andando entre charcos a trabajar al IEO. Era la época de los Seat 1500 y las postales coloreadas; aún no había regeneración de playas pero preguntabas a los pescadores y los veías perplejos: después de abrir el Canal del Estacio empezaban a encontrarse con un Mar Menor diferente», hace memoria. «Los científicos siempre tuvimos la certeza de que el mayor intercambio hidrodinámico alteraría la salinidad y la temperatura del agua, pero no nos imaginamos lo que iba a suponer para las especies», admite.

Julio Mas recuerda como «una excursión impresionante» las expediciones a La Manga aún sin edificios, «ni siquiera carretera, para pescar y tirarnos por las dunas de Las Amoladeras». Y para refrescarse en la única afloración de agua dulce del entonces solitario y salvaje arenal: la poza de Las Zorras, cerca del Estacio.

En un tiempo sin apenas conciencia medioambiental, hace ahora cuatro décadas fracasó el intento de levantar torres de apartamentos en el pinar de Coterillo, en terrenos que después formarían parte del Parque Regional de Salinas y Arenales de San Pedro del Pinatar. «Gracias a esta campaña, impulsada por la Asociación de Naturalistas del Sureste (Anse), se evitó por primera vez un desarrollo urbanístico en el entorno del Mar Menor», explica el director de esta organización ecologista, Pedro García.

1978 también fue el año en el que se citó por primera vez la presencia de cormoranes en la laguna, como recuerda oportunamente en su blog Mar Menor Enclave el biólogo José Navarro Leandro. Un ave marina oportunista y excelente buceadora que se ha hecho fuerte en un espacio natural ahora en apuros tras décadas de agresiones: entrada de metales pesados desde la Sierra Minera a través de la rambla del Beal, urbanismo excesivo y construcción de puertos deportivos y espigones, residuos urbanos, navegación a motor, salmueras y vertidos agrícolas... Y donde los peces, qué le vamos a hacer, ya pican el anzuelo.

Los cultivos intensivos aún no rodeaban la laguna, recuerda el catedrático de Ecología de la Universidad de Murcia (UMU) Ángel Pérez Ruzafa, toda una vida anudada al Mar Menor desde la casa que levantó su familia en 1956 en Los Urrutias hasta casi cada hito de su carrera científica, dedicada en buena parte a analizar la evolución del humedal. «Había almendros, algarrobos y plantaciones de cereal, sobre todo cebada, que se regaba con el agua que se extraía de los pozos con molinos de viento. También se cultivaba algodón y se podía buscar espárragos silvestres», evoca.

La albufera que recuerda el portavoz del Comité de Asesoramiento Científico del Mar Menor es un paraíso perdido de reuniones familiares, de correrías entre amigos, de pescar zorros en la orilla con un ladrillo como trampa, de vendedores ambulantes, vela latina y artes tradicionales de pesca como la encañizada y la pantasana. Un edén íntimo que, lo sabe bien, nunca volverá. Por eso se emocionó hasta las lágrimas el verano pasado cuando, buceando, se reencontró con una vieja amiga que ya creía perdida para siempre: la 'Acetabularia calyculus' o alga sombrilla. No la había visto desde que la desplazó la invasora 'Caulerpa prolifera'.

La visión de La Manga desierta es otro recuerdo potente para Pérez Ruzafa: «El Monte Blanco, de sustrato volcánico, era todavía una gran duna de arena. Se aprecia perfectamente en la película 'La vida sigue igual' (1969), con Julio Iglesias cantando allí mismo con La Manga a sus pies. Nos tirábamos desde la cima y llegábamos rodando hasta la orilla sin obstáculos», recuerda.

La promoción del turismo, que se afianzaba como industria nacional, no solo se apoyó en películas sino también en audiovisuales tan bizarros como 'Canciones para el Mar Menor' (1978), un híbrido de documental y videoclip musical de 13 minutos (dirigido por Raúl Peña y producido por el No-Do) en el que, en los primeros hoteles de La Manga y navegando por la laguna, actúan Ángela Carrasco, Paloma San Basilio y Micky. Este último interpretando una canción, que ahora sería muy políticamente incorrecta, sobre el consumo lúdico de todo tipo de drogas y alcohol. Una voz en 'off' advierte de que «en La Manga se ha evitado la masificación construyendo a diferentes alturas». Cosas de la época.

 

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