Cuando Murcia dejó de ser dos

Se estaba fraguando entonces la gran Región del Sureste con capitalidad en Murcia, pero el Estado de las Autonomías la dejó sin Albacete. A falta de sentimiento regionalista, en los debates para decidir si la actual provincia manchega seguía en la región murciana se barajaban meros intereses

División territorial de 1833 con una Región de Murcia biprovincial./
División territorial de 1833 con una Región de Murcia biprovincial.
GINÉS CONESA 'TITO'

Cuando de niños recitábamos en voz alta la distribución territorial de España decíamos aquello de «Murcia, dos: Murcia y Albacete». Así fue desde 1833, pero en 1978, o sea, casi siglo y medio después, dejó de ser así. Ya adultos, el común ciudadano comprendió poco, o nada, por qué Murcia dejó de ser dos con la llegada de la democracia. De ello trata esta crónica.

Un poco de Historia

Tras la muerte de Fernando VII (septiembre de 1833), la regente María Cristina de Borbón encargó a Cea Bermúdez un nuevo Gobierno que quiso alejarse del absolutismo para seguir una línea reformista. Y puede que la reforma de más envergadura que tomó aquel Gobierno fue la división de España en provincias. El Reino de Murcia cumpliría ahora 185 años si la España de las Autonomías no hubiera terminado con la organización liberal del Estado, que firmó el ministro de Fomento, Javier de Burgos, y promulgó la Reina regente, María Cristina de Borbón, en nombre de la heredera del trono, su hija la princesa Isabel, entonces menor de edad (ver mapa y edición facsímil)

Casi tres años después de la muerte de Franco -trienio de frenesí político presidido por la expectación, el miedo y la esperanza-, se prefiguró la nueva distribución territorial, luego ratificada por la Constitución de 1978 y por sus respectivos Estatutos de Autonomía en junio y agosto de 1982. Ahí acabó la cantinela escolar del «Murcia, dos: Murcia y Albacete». Murcia pasó a ser región uniprovincial y Albacete se incluyó en Castilla-La Mancha.

El Sureste, De la macro a la micro

Durante el desarrollismo económico de España, que tuvo sus bases en la estabilidad monetaria de 1959 y su 'milagro económico' en la década de los 60, se pusieron en marcha Planes de Desarrollo (fueron tres y el último quedó inconcluso) al pairo de los cuales comenzó a fraguarse una futura Región del Sureste que abarcaría las provincias de Almería, Albacete, Murcia y Alicante. Por su situación equidistante, y no sin los lógicos recelos vecinales, Murcia parecía tener serias opciones a la capitalidad de esa nueva región, cuyo esbozo tuvo la virtualidad de que importantes entidades adoptaran el 'apellido' Sureste: la Caja de Ahorros (que ya se llamaba así); este mismo periódico, 'La Verdad', subtituló su cabecera como 'Diario regional del Sureste' y abrió ediciones para Alicante y Albacete; se creó el Consejo Económico y Social del Sureste; Radio Nacional de España ubicó en Murcia su Centro Emisor del Sureste con onda de largo alcance que llegaba de forma nítida a las otras tres provincias… Las entidades se estaban posicionando y, de paso, ayudaban a consolidar el proyecto entre la ciudadanía.

Edición facsímil del número 154 de 'La Gaceta de Madrid' (BOE) de 3 de diciembre de 1833, donde se promulgaba la nueva división territorial de España y se disponía la composición del Reino de Murcia.
Edición facsímil del número 154 de 'La Gaceta de Madrid' (BOE) de 3 de diciembre de 1833, donde se promulgaba la nueva división territorial de España y se disponía la composición del Reino de Murcia.

El plan se difuminó automáticamente con el advenimiento de la democracia (la consigna era alejarse de todo lo que oliera al régimen dictatorial franquista) y la estructuración territorial en comunidades autónomas. El Sureste 'fuese y no hubo nada'. Sus cuatro provincias se dispersaron en comunidades distintas, con el añadido de que Murcia no solo no alcanzó la capitalidad a la que aspiraba sino que perdió Albacete. De la posible 'macrorregión' a la 'microcomunidad'.

El sentimiento regionalista, ausente

Más allá del Cantón Murciano (1873), que, animado por el republicanismo federalista radical se hizo fuerte militarmente en Cartagena, nunca hubo un sentimiento político regionalista murciano importante. En ello abunda el exsenador Antonio Martínez Ovejero, quien recuerda: «En la primera manifestación importante que se registró en Murcia, cinco semanas después de la muerte de Franco, nos congregamos unas mil personas ante la Prisión Provincial. La concentración estuvo animada por los gritos y consignas de 'libertad y amnistía', pero ni una mención ni reivindicación de Estatuto de Autonomía ni planteamiento alguno respecto a la provincia de Albacete». En 1976 no había una fuerte reivindicación. Ni de identidad regional ni de autogobierno. Y en los dos años siguientes, cuando empezó a configurarse el nuevo mapa, nadie pensaba en lo que podría pasar con el todavía vigente Reino de Murcia.

¿Y ahora Qué hacemos?

Tras las elecciones del 15-J y los primeros debates respecto a la nueva Constitución y la organización territorial del Estado, no quedaba más remedio que abordar el problema. Si bien los acuerdos políticos previos caminaban hacia la restauración de los Estatutos de Cataluña, País Vasco y Galicia, ni se sabía ni había una respuesta acordada sobre lo que iba a suceder en el resto del país. Desde Murcia, se apuntaba a dotarnos de un régimen que favoreciera una amplia descentralización administrativa, pero a decir verdad nadie pensaba en un Estatuto de Autonomía similar a los de las comunidades llamadas 'históricas'.

A pesar de una cierta desidia murciana, algunos municipios albacetenses quisieron volver a pertenecer a la Región de Murcia

En aquel río revuelto, con los partidos políticos nacientes ocupados en estructurarse, las fuerzas vivas del tardofranquismo se centraron en la provincia de Murcia y nadie pareció pelear por la provincia de Albacete. Solo Antonio Pérez Crespo, fundador de la UDM (Unión Democrática Murciana), tomó abiertamente la bandera de la Autonomía y, desde el principio, intentó que la provincia de Albacete se integrara en ella. ¿Qué pasó? Responde el propio Pérez Crespo: «No pasó nada. No hubo ni reunión ni votación ni nada. El ministro Clavero nos dijo que ya estaba todo decidido y que nosotros, los murcianos, dónde queríamos integrarnos: en Andalucía o en Valencia…» ('La Verdad' del 5 de marzo de 2009).

Albacete tampoco quiso

El 'café para todos' cogió desprevenida a la España que no había tenido Estatuto de Autonomía durante la II República. Pero mientras en otras regiones gestionaban, se organizaban y se posicionaban ante el nuevo mapa en ciernes, Murcia seguía ocupada en sí misma y Albacete se debatía entre quedarse o marcharse. A falta de una clara identidad regional, los debates albacetenses se circunscribían a intereses. Se decía entonces que mejor pertenecer a una comunidad con Madrid (se suponía erróneamente que Madrid se integraría en Castilla) y también pesó mucho el sentimiento de marginación y abuso de poder que Albacete abrigaba respecto a Murcia, sin olvidar la presión contra el Trasvase Tajo-Segura, que incrementaba la cohesión castellano-manchega en clave antimurciana.

En definitiva, el voluntarismo de las gestiones llevadas a cabo por Pérez Crespo, Andrés Hernández Ros y Martínez Ovejero entre otros, ante las direcciones nacionales y albaceteñas de sus respectivos partidos, la UCD y el PSOE, no pudieron:

-Vencer los recelos administrativos provocados por la permanente reivindicación murciana de la Audiencia Territorial y la discriminación por la negativa a dotar a Albacete de alguna institución universitaria.

-Alejar la sombra permanente del Trasvase, presente en el ámbito institucional y el agro castellano-manchego, desde que solo era un proyecto, en 1966.

-Luchar contra la escasa relación económica y cultural entre ambas provincias, que no permitía jugar el contrabalanceo de intereses comunes.

Los albaceteños no quisieron, algunas razones objetivas tenían para ello. Y aparte de los murcianos, con claros intereses en juego, tampoco les importó demasiado que se fueran.

Y Murcia dejó de ser dos.

 

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