Murcia como ejemplo

Sartorius, Marset y Carrillo, sentados, en el funeral por los muertos en el accidente de Quintanar./LV
Sartorius, Marset y Carrillo, sentados, en el funeral por los muertos en el accidente de Quintanar. / LV
JOAQUÍN GARCÍA CRUZSubdirector de 'La Verdad'

Franco estaba enterrado y bien enterrado (no como ahora), y la gente y los partidos políticos construían cada mañana la reconciliación nacional, aplicando a machamartillo el espíritu que emanaba de la letra de la Constitución. De hecho, aquella provincia timorata que Murcia era en 1978 (el término 'región' llegaría más tarde) se convirtió apenas tres años después en un epítome de la convivencia que la Carta Magna española preconizaba. La Catedral fue el 30 de septiembre de 1981 testigo de un acontecimiento histórico que conmovió a España entera, por lo que tenía de simbólico. Santiago Carrillo y Nicolás Sartorius, dirigentes máximos de un Partido Comunista (PCE) que para muchos representaba entonces un ejemplo de la transición democrática y, para otros, la encarnación misma del diablo y lo peor de la Guerra Civil, asistieron en primera fila al oficio religioso dirigido por el obispo Azagra en memoria de los 27 comunistas muertos al estrellarse en Quintanar de la Orden el autobús del que regresaban de la fiesta del PCE en Madrid. Todos los féretros que fueron despedidos en la nave central del templo catedralicio estaban cubiertos con la bandera de la hoz y el martillo, algo absolutamente impensable hasta el accidente de Quintanar, y a la ceremonia concelebrada por el obispo y treinta sacerdotes asistieron también delegaciones del Partido Comunista chino y de la OLP. La prensa nacional destacó en sus crónicas el respeto y el recogimiento con que miles de murcianos salieron a la calle aquel día para acompañar a la comitiva fúnebre desde la antigua Facultad de Medicina, en Vistabella, hasta la Catedral, y la imagen de Carrillo y Sartorius en misa fue tomada como un ejemplo de la nueva España de la concordia que se quería levantar a partir del texto constitucional.

El funeral en la Catedral por los comunistas que perdieron la vida en Quintanar de la Orden fue un símbolo de la España de la concordia que se abría paso

Unos meses antes del mismo año de 1981 tuvo lugar en el Congreso de los Diputados el golpe de Estado de Tejero, que en Murcia se vivió con especial intensidad porque pertenecía a la III Región Militar, donde Milans del Bosch había decretado toque de queda y hubo movimiento de tropas en las calles. El temor de las primeras horas a que los golpistas se salieran con la suya -y también a eventuales represalias personales- no fue óbice para que, desde Radio Juventud de Murcia, su director, Adolfo Fernández, lanzara continuos vivas a la Constitución durante la tarde y la noche del 23-F, desafiando las órdenes militares. El arrojo de Adolfo Fernández le valió para que los partidos políticos le encargaran la lectura del manifiesto que coronaba días después la masiva manifestación unitaria de apoyo a la democracia que recorrió el centro de la capital. El gesto no pasó inadvertido para Felipe González, el político en alza del que todos los analistas auguraban, con acierto, que se convertiría en el siguiente presidente del Gobierno. Al llegar a Murcia la caravana electoral del dirigente socialista en la campaña de octubre de 1982 -comicios que, efectivamente, ganaría el PSOE con una holgada mayoría absoluta-, Felipe recordó y elogió los vivas a la Constitución en el autobús donde viajaba con los periodistas de camino a su mitin en la plaza de toros.

La de 1978 era una Murcia por hacer, que tanto en el referéndum sobre la ley de la reforma política (1976) como en la consulta popular de 1978 para refrendar la Constitución, registró en las urnas un respaldo superior al de la media nacional, y que ya entonces se reflejaba en todas las encuestas más españolista que regionalista y con un sentido de pertenencia a España que ninguna otra provincia presentaba y que se mantiene vivo en los numerosos estudios demoscópicos realizados después.

 

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