De 'la letra, con sangre entra' a la educación universal

En los tiempos de la EGB. Una clase del colegio San Lorenzo de Puente Tocinos, tomada en 1978./LV
En los tiempos de la EGB. Una clase del colegio San Lorenzo de Puente Tocinos, tomada en 1978. / LV

El fulgor por la renovación pedagógica y el movimiento sindical liderado por los maestros convivían con los últimos resquicios de la escuela más rancia y segregadora en las aulas murcianas en 1978, año que marcó el camino hacia la universalización de la enseñanza obligatoria, pública y gratuita

Fuensanta Carreres
FUENSANTA CARRERES

En la escuela rural de Balsicas donde el maestro Pedro Antonio Ríos enseñaba a leer y escribir en 1978 a sus alumnos, a quienes en época de cosecha tenía que cazar a lazo en el campo, un grupo de docentes contestatarios se negaban a dar clases de Religión a sus niños, a quienes llevaban a la iglesia para que el párroco les atendiera a esa hora. Los hijos de la élite de la época estudiaban segregados por sexos: los chicos, en Maristas; y las chicas, a Jesús María; y la llamada Aneja de Magisterio repartía a sus niños en los niveles marcados por la Ley General de Educación de Villar Palasí, que en 1970 introdujo en la España franquista una Educación General Básica (EGB) homologable en el mundo occidental; el BUP, al que solo tenían acceso «los muy listos o los pudientes», rememora Ríos; y una FP rudimentaria que apenas capacitaba para un oficio. Con todo, aquella regulación se mantuvo hasta los 90, cuando se promulgó la LOGSE.

En las masificadas escuelas del 'baby boom', inspiradas aún en muchos centros por el lema 'la letra, con sangre entra', los niños solo necesitaban un color para delimitar las fronteras del bloque soviético, pero echaban mano de dos lápices para marcar las dos provincias -Murcia y Albacete- que componían la Región de Murcia; no había becas para los alumnos sin recursos ni atención para los que tenían necesidades educativas especiales, y los métodos autoritarios gozaban aún del respaldo de buena parte de las familias. Las miserias de la escuela pública se retrataban en huelgas como las protagonizadas por los escolares de la pedanía cartagenera de Los Barreros el 9 de marzo, hartos de recibir sus clases en cocheras; y los de Santo Ángel, que celebraron sus clases al aire libre el 20 de abril para denunciar la acumulación de basuras en su colegio nacional.

Pero la foto fija en blanco y negro de la escuela del postfranquismo empezaba a iluminarse antes, con la luz de la Transición, que fue larvando la exaltación y el entusiasmo del movimiento que los maestros construían entonces: una auténtica revolución pedagógica y sindical que terminaría empujando hacia uno de los grandes logros de la Constitución, el reconocimiento de la educación gratuita y obligatoria como base de la igualdad de oportunidades. En sus aulas, los maestros cumplían en las formas mientras se rebelaban contra el sistema sentando las bases de una auténtica renovación pedagógica inspirada en la 'escuela moderna', que promovía propuestas hoy tan en boga como el trabajo por proyectos, la coeducación y el rechazo a los exámenes y todo sistema de premios y castigos. «Vivíamos un momento de plena exaltación; celebrábamos encuentros de maestros, y quienes podíamos, viajábamos a Reggio Emilia y La Sorbona, y luego contábamos lo aprendido a los demás; se palpaba el entusiasmo porque éramos conscientes de que vivíamos un momento de cambio trascendente», recuerda el catedrático emérito y poeta Pedro Guerrero, en aquellos años director de La Aneja -hoy María Maroto-, uno de los primeros colegios de la Región que decidió acabar con la segregación por sexos y apostar por la coeducación de niños y niñas. Y el entonces llamado Centro Piloto (hoy Narciso Yepes), donde la innovación pedagógica comenzó a cobrar forma.

El inmenso papel del colectivo docente en la transición a la democracia se escribía también en la intensa actividad asamblearia y reivindicativa impulsada por los sindicatos de enseñanza, que culminó en las grandes huelgas de la educación. Los paros generales de los maestros mantuvieron el pulso durante todo el año 1978, cuando incluso los padres se echaron a la calle en mayo para reivindicar calidad en la educación. Los días de mayor tensión llegaron en abril, cuando el Sindicato de Trabajadores de la Enseñanza convocó una huelga indefinida de «maestros de EGB» que se extendió quince días en los colegios, hasta que fue desconvocada por el Comité Provincial de Huelga. Con el inicio del curso en septiembre, las movilizaciones se reactivaron.

Las reivindicaciones laborales y las fricciones entre los partidos en sus visiones del papel de la educación en la sociedad generaron la tensión necesaria para que la enseñanza se convirtiera en uno de los puntos clave de negociación en los Pactos de la Moncloa. «Se mantuvo una gran discusión; el artículo relativo a la educación en la Constitución fue uno de los que levantó más fricciones y debates para encontrar el complicado equilibrio entre el derecho a la educación y la libertad de enseñanza, que buscaba la convivencia entre la red concertada y la pública», recuerda el veterano político de Izquierda Unida Pedro Antonio Ríos, maestro y en 1979 concejal del Partido Comunista.

El artículo 27 de la Constitución consagró el acceso obligatorio a la enseñanza por encima del origen económico o social y el cumplimiento de la educación obligatoria que han marcado cuatro décadas, en las que la educación ha logrado, pese a todo, corregir desigualdades a golpe de mérito, capacidad, becas y atención a la diversidad. La Carta Magna logró el consenso al reconocer también la libertad de enseñanza y el derecho de los padres para elegir «la formación religiosa y moral para sus hijos» y la libertad de creación de centros docentes. Su aplicación, rememora Josefina Alcayna, primera directora provincial de Educación de la Región con el Gobierno de Suárez y testigo directo de aquellos meses de ebullición, fue posible «gracias a la generosidad de unos y otros».

En agosto, el Consejo de Ministros aprobaba por fin la Ley de Gratuidad de la Enseñanza Obligatoria, y se iniciaban las ingentes inversiones para la creación y mejora de la red de centros, que permitió la construcción de decenas de colegios e institutos, nacidos de la necesidad de escolarizar a miles de estudiantes más. «El gran logro -reivindican Ríos, Guerrero y Alcayna- fue la universalización de la educación». Hoy hay fracaso y abandono, sí, «pero es que los que lo dejan hoy, en aquellos años ni empezaban. La complacencia no es buena, pero la autodestrucción tampoco», apunta Ríos.

 

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