Enamorados de la moda juvenil

La explosión del punk y del pop y los ecos de la movida trajeron a la Región el abandono del 'look' único y el destierro de la pana y los pantalones de campana; la discoteca Ditirambo y los primeros bares musicales marcaban la escena con Emilio Chicheri y, ya en los ochenta, Asesinos a Sueldo y Farmacia de Guardia

Desfile de moda en las instalaciones de Galerías Preciados, en la Gran Vía de Murcia. /LV
Desfile de moda en las instalaciones de Galerías Preciados, en la Gran Vía de Murcia. / LV
Fuensanta Carreres
FUENSANTA CARRERES

La vida en blanco y negro y el 'look' único del franquismo empezaron a alumbrarse de colores, tachuelas, corbatas estrechas, botas punks, hombreras, polipiel, calentadores, tules, crestas, tupés, conciertos iniciáticos, discobares y rock progresivo en 1978. Enamorados de la moda juvenil, los murcianos asistían ese otoño con los ojos iluminados al estreno en las salas de cine de 'Grease' y su estética de brillantina, tupés y ajustados pantalones de cuero, que convivían en las calles con pitillos escoceses, crestas, imperdibles y chupas de cuero.

También, o quizás especialmente, en el ámbito de la música, 'el año de la Constitución' fue un año en el que la sensación de cambio estaba más latente que presente. De hecho, sería en los siguientes cinco años cuando se producirían unas transformaciones tan rotundas como difícilmente encontraremos en otro periodo de tiempo similar, seguramente con la salvedad de la irrupción de la tecnología en la vida cotidiana, ya en el presente siglo, y con ella los cambios en la distribución y difusión en la música.

Entonces, Murcia era una ciudad que, como tantas otras en España, intentaba dejar atrás el gris de la dictadura militar para entregarse al color de la modernidad. La discoteca más popular era Ditirambo, aunque también había otras como Flash, en los bajos del Casino, donde en muy contadas ocasiones se ofrecía música en directo. Una música entendida de una manera muy 'underground', casi una protesta contracultural en acordes -si estabas en el rollo eras amigo-, que tenía sus principales representantes en artistas como Emilio Chicheri y Pepe Moreno, que pronto formarían Acequia, Monda -el Kevin Ayers murciano-, Pepe Lormiga, los Ítaca de Maxi Garcés y Javier Toral, Pepe Caribe, Manuel Gómez, los diferentes grupos de Freddy Valera y los del sensacional guitarrista Lirio, la Orquesta Rusadir -más volcada a la verbena, pero que solía encontrar un hueco para el rock-, los cartageneros Arena...

Durante los siguientes años, los del cambio real (y hasta radical), entrarían en escena Asesinos a Sueldo, Farmacia de Guardia, D-Mentes, Marítimo Mobile -con el pintor Ángel Mateo Charris en sus filas-, Vitamina, Tomato, Delitos Monetarios, Fanáticos del Ritmo, Ciencia Moderna, Los Hurones, Los Ensayos, D2, Grandes Rebajas, La Metro y otros que, a diferencia de los anteriores, prescindían del rock progresivo para ofrecer propuestas mucho más concretas y coloristas. Ya no había deudas con el pasado y todos querían ser guapos, famosos y estrellas del rock. Menos virtuosismo y más estética y canciones. Apenas si había tiendas de discos -Doble A, Zona y Tráfico llegarían poco después- y la salvación estaba en algunos grandes almacenes y sobre todo en los pedidos por correo a la madrileña Discoplay, cuyos catálogos se disfrutaban y subrayaban de principio a fin.

Los bares musicales se repartían entre las tascas, como La Viña o La Cosechera, donde había un ambiente más politizado, a otros como el pionero Babel, Bloque, Bermudas -en Cartagena- o La Bombilla, donde imperaba un ambiente más estrictamente musical. Después llegarían Kaya, Din Don, Tato, Torreta y discobares -pubs grandes con pista de baile en los que no se pagaba entrada- como Crimson. Las tribus urbanas -punks, mods, rockers, siniestros- se encontraban en todos.

De entre los pocos conciertos foráneos, hubo algunos muy especiales, como las 15 horas de rock -una auténtica novedad para la época- y sobre todo el de Iggy Pop, ambos en la plaza de toros de Murcia y con policías rodeando el coso para 'proteger la moral y las buenas costumbres'. Pero si hubo un concierto definitivo, por su significación, este no fue otro que el de Radio Futura con su 'Enamorado de la moda juvenil' en el Parque de Fofó, ya en 1980. Esa misma noche en el Murcia Parque tocaba La Banda, un grupo de folk rock claro exponente de los restos del hippismo. Y fue el momento de tomar partido, de decidir de qué lado estabas, de quedarse en los 70 o atravesar con orgullo juvenil el umbral de los recién estrenados 80. Blanco y negro o color.

Inauguración del Casino de La Manga, con Tomás Maestre brindando y fumando un puro.
Inauguración del Casino de La Manga, con Tomás Maestre brindando y fumando un puro. / LV

Del gris al fluorescente, la moda fue más que nunca vehículo de expresión de rebeldía social; el pop brillaba en la ropa vistiendo a los más atrevidos en la calle, calzados con botines amarillos, calentadores, bombers de plástico, cardados y leopardo, compartiendo acera con las hombreras y el traje pantalón -que lanzaban señales de la incipiente emancipación de la mujer-, el toque bohemio de Carolina de Mónaco, y los pantalones blancos de pata de elefante con jersey a los hombros de Lauren Hutton.

El epicentro de la modernidad se localizaba en 1978 en la Gran Vía de Murcia, donde el comercio Kensington, del visionario Antonio Martínez, se convirtió en lugar de peregrinación para modernos y marcatendencias. En sus percheros aterrizaban por primera vez en la Región minifaldas de Moschino, corpiños de Gaultier, barrocas camisas de Francis Montesinos y los más populares vaqueros lavados al ácido en verdes y malvas.

En las plantas de caballero, señora y joven de Cerdán Hermanos, también en plena Gran Vía de Murcia, se concentraban las tendencias de moda que hasta entonces solo podían admirarse en 'Telva' y 'Vogue', con marcas míticas como Fiorucci, Armand Basi y Antonio Miró. «Toda Murcia compraba allí; era casi la única opción en una época en la que diría que los jóvenes eran más atrevidos y rompedores que ahora», recuerda Paco Meseguer, empleado en aquellos años en Cerdán Hermanos y hoy propietario de M53, uno de los pocos comercios murcianos que ha logrado mantener, pese a la arrolladora irrupción de centros comerciales e internet, una oferta diferenciada. Como Meseguer, fueron muchos de esos dependientes de Cerdán Hermanos los impulsores del pequeño comercio murciano de moda de la época, según lograban hacerse un hueco y capital para montarse por su cuenta.

Con Cerdán Hermanos, Clemente Modas, que llegó a tener cuatro tiendas en pleno centro de Murcia, dio opción a quienes podían permitírselo tener en sus manos las exclusivas y escogidas prendas de Courrèges y Armand Basi, Marithé et François Girbaud, Alton Jeans, Lacoste, Miró, y el 'must have' del momento, la icónica gabardina Burberry, que Luis Antón traía en exclusiva hasta Murcia. El gigante Gelen competía de tú a tú con Galerías Preciados -ubicada en la avenida que todavía llevaba el nombre del fundador de Falange-, antes de que El Corte Inglés marcara un antes y un después en el paisaje urbano murciano; Larbi, en Cartagena; y 'los Ramones', en Molina, ofrecían alternativas más allá de la capital. La zapatería Trama, cerca de la plaza Romea, marcaba la modernidad en el calzado con filas de botas Dr Martens, punteras metálicas y atrevidísimos botines, y en la entonces llamada avenida Muñoz Grandes inauguraba, a bombo y platillo, Calzados Chaplin, con últimos modelos de YSL. Los que firmó el diseñador murciano Juan Pina, que arrasó con sus colecciones en piel para Adolfo Domínguez, Carolina Herrera y El Corte Inglés, en pasarelas, y con su propia marca, Giorgio Sappini.