El despertar tras el estancamiento

Liderada por el rector Sabater, docentes, estudiantes y sociedad afrontaron la falta de presupuestos y normativa para transformar una universidad cerrada y obsoleta en otra abanderada por la investigación y el crecimiento

Apertura oficial del curso, en la que están presentes los vicerrectores Mariano López Alarcón (3d) y José Antonio Lozano Teruel (4d,) y el rector Francisco Sabater (9º en la fila). /Tomás
Apertura oficial del curso, en la que están presentes los vicerrectores Mariano López Alarcón (3d) y José Antonio Lozano Teruel (4d,) y el rector Francisco Sabater (9º en la fila). / Tomás
Pepa García
PEPA GARCÍA

Hace ya más de cuatro décadas que la Universidad de Murcia (UMU) inició su despegue y expansión tras el estancamiento que arrancó en la posguerra. Corría 1975 cuando, tras 30 años de rectorado de Manuel Batlle Vázquez, Francisco Sabater García accedía al cargo de rector, acompañado por tres vicerrectores que darían brillo y esplendor a una institución aletargada, gris y ajena a la sociedad: José Antonio Lozano Teruel, vicerrector de Ordenación Académica -sería rector después, entre 1980 y 1984-; Juan Torres Fontes, vicerrector de Investigación; y Mariano López Alarcón, vicerrector de Estudiantes.

Menos de 3.000 alumnos cursaban sus estudios en una UMU que había quedado constreñida espacialmente: sus instalaciones se limitaban al Campus de la Merced y Manuel Batlle se había negado a ampliarla. Y también intelectualmente: catedráticos y profesores, escasos, llegaban y se iban empujados por la baja calidad de la institución murciana -«a algunos ni se les llegaba a ver en las aulas y la de Murcia era la más atrasada de las 12 'clásicas' de España», apunta Lozano Teruel, el único superviviente del cuarteto rectoral-; además, el número de facultades y titulaciones había permanecido casi inamovible desde 1939. Solo se había creado la Facultad de Medicina, en 1969, pese a la oposición del entonces rector, Batlle. «La UMU vivía de espaldas a la sociedad», resume.

No obstante, una nueva generación de docentes, en el ambiente de cambio propiciado por el declive del franquismo, estaban empeñados en que la investigación volviera a la universidad, aunque fuera a costa de pagarse de su bolsillo la asistencia a congresos internacionales.

Un rector elegido en Murcia

Precisamente durante una de esas estancias en las afueras de París -«en un camping y con la familia, porque no nos daba para más el bolsillo», recuerda Lozano-, la Guardia Civil localizó a Sabater y le hizo volver a España. Acababa de ser nombrado rector de la UMU y requerían su presencia. «La de Murcia fue la primera universidad de España en la que se había propuesto a una terna y se había decidido quién queríamos que fuese rector; no había venido impuesto», desvela José Antonio Lozano sobre unas negociaciones que se llevaron a cabo con Federico Mayor Zaragoza, en aquel momento subsecretario de Educación y Ciencia.

Las becas Esteban Romero allanaron el camino a la excelencia de muchos de los hoy docentes de la UMU

Una elección que resultó providencial, pues las profundas convicciones culturales y democráticas de Sabater y el apoyo decidido del alcalde de Murcia, Clemente García, supusieron el inicio de la transición de la UMU de una institución que olía a rancio a otra donde la participación estudiantil, la aprobación de la normativa reguladora y la ampliación del número de profesores y catedráticos la transformó en una universidad pujante y hasta pionera en algunos aspectos.

Obviando vetos y censuras

«Cuando fui rector, en 1980, en un cajón me encontré cientos de cartas sin abrir. Eran las que puntualmente mandaba la Policía Secreta a Sabater para informarle de actividades o personas que consideraba subversivas y sobre las que, supuestamente, debía tomar medidas. Igualmente, desde el Ministerio le llegaba un listado con las personas que había que contratar y las que estaban vetadas. Un listado larguísimo encabezado, cómo no, por Pedro Marset», recuerda ahora con una media sonrisa Lozano, que alaba que Sabater nunca hiciera caso de todas esas informaciones que habrían perpetuado la endogamia en la universidad y la hubieran alejado de la transición que vivió.

En 1978, tres años después de la incorporación de Sabater como rector y pese a los problemas estructurales, la UMU contaba con 14.621 universitarios -3.000 más que el curso anterior y unas cinco veces la cifra de una década antes-, de los que 1.216 pertenecían a la escuela de EGB de Albacete -dependiente de Murcia en aquellas fechas-, 115 a la Escuela de Empresariales de Cartagena y 795 a su Escuela Universitaria Politécnica, que el propio Sabater impulsó sembrando la semilla de la UPCT.

El germen de la digitalización

Al frente de Ordenación Académica, Lozano Teruel y Sabater emprendieron la tecnificación de la UMU y se creó el Centro de Cálculo, germen de la muy posterior digitalización de la universidad. «Participó Luis Murcia, profesor de Matemáticas fallecido hace poco, y Alberto Requena, hoy catedrático de Química Física, y se compró el primer gran ordenador, un IBM serie 1, que costó una enormidad de dinero y era tremendamente grande (ocupaba dos habitaciones), y que sirvió para que los miembros de la universidad se incorporaran a ese campo y pudieran usarlo en sus investigaciones», recuerda con precisión milimétrica Lozano.

La recién estrenada Facultad de Medicina, con el aparcamiento aún sin concluir.
La recién estrenada Facultad de Medicina, con el aparcamiento aún sin concluir. / Tomás

Al frente del vicerrectorado de Investigación, Juan Torres Fontes también caminaba en la misma línea y, casi de la nada, se creó la primera infraestructura de investigación en la UMU, se potenció la producción científica y se remodeló el Servicio de Publicaciones para difundir esta producción.

Acompañando ese necesario itinerario, Sabater contó con la complicidad de la familia de Esteban Romero, empresario de la madera, cuyos cuatro hijos, Andrés, Santiago, Esteban y Martín Romero Martínez, crearon la Fundación Esteban Romero en 1976. Fueron las aportaciones de esta familia benefactora las que dieron la oportunidad a varios centenares de profesores y doctorados de salir a otras universidades extranjeras, ampliar sus conocimientos e iniciar una actividad investigadora que ayudó a llevar a la universidad murciana hacia la excelencia. Fue «el mecenazgo más importante de la historia de la UMU» y el embrión de lo que luego llegaría con las becas Erasmus, y que se prolongaría desde 1978 hasta 2014.

Y, como símbolo de esa evolución hacia la excelencia, el curso 1977-1978 estrenó el listado de doctores 'honoris causa' de la UMU invistiendo al maestro Narciso Yepes.

Elecciones estudiantiles

Sabater estaba empeñado en que para cambiar la universidad, en «una situación económica grave», declaraba él mismo en 1978 a 'La Verdad', excesivamente burocratizada y lenta, carente de una normativa legal, deficitaria en profesores, catedráticos y espacios para impartir todas las titulaciones, era necesaria la implicación de toda la comunidad de estudiantes.

Una de las frecuentes protestas estudiantiles.
Una de las frecuentes protestas estudiantiles. / Tomás

Por eso, en el curso 1978-1979, se celebraron, no sin controversia, las primeras elecciones estudiantiles para que toda la comunidad universitaria contribuyera a la transformación de la institución. Eran tiempos convulsos, en los que las manifestaciones estudiantiles eran frecuentes y hasta violentas, recuerdan Pascual Vera y Ana María Martín, del Servicio de Comunicación de la UMU y estudiantes de la Facultad de Letras en 1978. «No era raro ver infiltrados de la Policía y la extrema derecha, que hasta se matriculaban, en las manifestaciones, algunos alardeando de ir armados con pistolas», recuerdan ambos sobre esos años convulsos y de cambios, cuando las movilizaciones estudiantiles se producían casi a diario.

Bases para el futuro

Aunque fue con Lozano Teruel ya de rector cuando el Campus de Espinardo tomó forma, en 1978 se estrenaba la Facultad de Medicina y Sabater sentaba las bases para su futuro desarrollo, tras una lucha titánica en la que la cesión gratuita de los terrenos por su propietario, Antonio Muñoz, facilitó la expansión y el futuro de la UMU que hoy conocemos. También con Sabater nacieron las comisiones culturales, de teatro, música y cine, que contaron con presupuesto propio y autogestionado, para promover la cultura dentro de la universidad.

 

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