Bendita Constitución

Fernando Jiménez
FERNANDO JIMÉNEZProfesor de Ciencia Política de la UMU

Por mucho que los negros nubarrones de la profunda crisis económica, el terrible desafío secesionista en Cataluña y la desasosegante atracción de los discursos populistas enturbien nuestro panorama político actual, sería del todo injusto no reconocer que la Constitución de 1978 es lo mejor que nos ha pasado a los españoles en los últimos doscientos años de vida política. Es verdaderamente triste que cada vez vayamos siendo menos los que lo vemos así. Pero quienes critican de manera tan furibunda el 'régimen del 78' harían bien en estudiar un poco de Historia para moderar unos juicios tan injustos como inmerecidos.

Es cierto que la democracia española tiene problemas graves. Personalmente, he contribuido múltiples veces a su diagnóstico y a la propuesta de soluciones. Necesitamos seguir aprendiendo de aquellas democracias con más solera que la nuestra y que reúnen una calidad de sus instituciones de gobierno notablemente superior a las de aquí. Pero la mayor parte de estos males no se encuentran en el texto constitucional, sino en las prácticas políticas que hemos ido desarrollando muchas veces en clara oposición a las propias disposiciones constitucionales. Me refiero, por ejemplo, a la manera en la que hemos politizado hasta el absurdo nuestras administraciones públicas o en cómo hemos ido debilitando el sistema de controles y equilibrios para sujetar el ejercicio del poder político a las leyes, socavando la independencia y los recursos de las agencias de control con el propio poder judicial a la cabeza como estamos viendo en directo en estos días.

Sería del todo injusto no reconocer que la Carta Magna de 1978 es lo mejor que nos ha pasado a los españoles en los últimos 200 años de vida política

La crítica en una democracia es absolutamente necesaria, pero no hay que olvidar que estos regímenes políticos son esencialmente frágiles y que, por tanto, si no queremos dar al traste con las libertades que solo garantizan estos sistemas políticos, debemos realizar tales críticas respetando las reglas básicas del juego democrático, incluyendo el respeto a la verdad y la razón. Y, por supuesto, si queremos cambiar algunos elementos de nuestro modelo constitucional como, por ejemplo, nuestra articulación territorial (incluyendo el rediseño de nuestro inútil Senado) o las características de nuestra jefatura del Estado, tales cambios habrán de seguir los procedimientos previstos para ello sin que existan atajos admisibles. De otro modo, estaremos tirando a la basura una democracia constitucional que tantos años nos costó conseguir y que, además, no podríamos reemplazar por nada que fuese superior.

Ojalá que la celebración de los 40 años de la Constitución sirva para que, al menos los ciudadanos, pues son muchos los líderes políticos actuales que no parecen dispuestos a ello, seamos conscientes del valor incalculable que tiene la misma para garantizar una convivencia pacífica y libre y un futuro de prosperidad para quienes vivimos en esta tierra y las futuras generaciones que heredarán nuestro legado. Procuremos que ese legado sea el mejor posible y dejemos de enredarnos en perspectivas políticas que nos dividen, nos embrutecen y nos condenan a sufrimientos que ya conocieron desgraciadamente nuestros padres y abuelos. Celebremos la Constitución como merece.