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De paseo por el Císter
Actualizado: 18:47

Santa María de Huerta

De paseo por el Císter

Los orígenes del monasterio se rastrean en torno al año 1151 con la llegada de Francia de un pequeño grupo de monjes dispuestos a realizar una de sus fundaciones en un punto cercano al pueblo de Fuentelmonge

07.08.13 - 18:47 -
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De paseo por el Císter
Foto: Javier Prieto Gallego
De paseo por el Císter
Foto: Javier Prieto GallegoFoto: Javier Prieto Gallego

El mejor comedor de España no tiene estrellas ni sale en la Guía Michelín pero sí en la de los conventos más destacados del Císter: claro que comer en el refectorio del monasterio de Santa María de Huerta debía de ser una experiencia tan mística que los monjes creerían tener las estrellas -las de verdad- al alcance de la mano. ¿Para qué más? De hecho, y a la vista de sus dimensiones (34 metros de largo, 9,5 de ancho y 15 metros de alto) comer era lo más parecido a plantar la mesa en mitad de una catedral. En el salón de estar de la casa de Dios.

La visión de este rincón excepcional del monasterio, divino por su luz, grandioso por su tamaño, bello por sus proporciones, exquisito por sus detalles, bien vale un viaje a este esquinazo del sureste soriano. No debería dar ninguna pereza.

Los orígenes del monasterio se rastrean en torno al año 1151 con la llegada de Francia de un pequeño grupo de monjes dispuestos a realizar una de sus fundaciones en un punto cercano al pueblo de Fuentelmonge. Al parecer, el lugar escogido en un primer momento no reunía las condiciones esperadas y es entonces cuando deciden recoger los bártulos y trasladar su ubicación al lugar actual, una granja que habían comprado en la vega fértil del curso alto del río Jalón.

Un lugar mucho más apetecible que el anterior pero sin alejarse ni un milímetro de la entonces insegura y peligrosa frontera entre los reinos de Castilla y Aragón. En medio de un paisaje casi lunar, árido y despoblado, duro de ver y de vivir, de calores rigurosos y fríos de muerte, comienza la historia de un vergel; de una huerta divina que, como casi siempre en el Císter, dedican a Santa María; de un oasis de espiritualidad y fe que, con sus más y sus menos, ha perdurado hasta hoy.

Orígenes y expansión de la orden

El arranque de la empresa, en los primeros momentos de expansión de la nueva regla benedictina, se debió al empeño y protección del rey Alfonso VII, que quiso cumplir con ella una promesa realizada durante el sitio de Coria. Y es de suponer que seguir también la estrategia de ir colonizando nuevos territorios o asentar fronteras a base de plantar monasterios en medio de la nada como una forma de alentar la formación de nuevos núcleos de población.

El caso es que esta protección real supuso también la implicación de religiosos emparentados con la alta nobleza, como el abad Martín de Finojosa o su sobrino Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo, cuyos restos acabaron por descansar en el monasterio. Y una vinculación con la nobleza, en general, que el monasterio aprovechó para conducirse durante muchos siglos, con sus debidos altibajos, por caminos de prosperidad y expansión.

Fue costumbre durante mucho tiempo que los caballeros nobles, "hidalgos y ricohomes de esta comarca de Castilla y Aragón" que partían para la guerra pasaran antes por él, tanto para recibir las bendiciones del abad como para que los rezos de la comunidad y los propios intercedieran en el buen desarrollo de las batallas. Si la suerte les era desfavorable pedían ser enterrados en el claustro que, de tantos nobles enterramientos como acogió, es conocido como el claustro de los Caballeros.

Todo ello siempre acompañado de importantes donaciones, ofrendas y privilegios. Como casi siempre, tras el declive general del XVIII la llegada del siglo XIX, con la Guerra de la Independencia, primero, y las Desamortizaciones, después, supuso el fin de la vida monástica, quedando únicamente en uso el templo como iglesia parroquial. En 1930 los monjes regresaron al monasterio. Y hasta hoy, en el que una veintena de ellos se afana en proseguir con aquella semilla plantada hace algo más de ocho siglos.

La visita paso a paso

Al complejo monacal se penetra por una portada del siglo XVI retocada en el XVIII. Es la apertura de la larga cerca de piedra y torrecillas almenadas que envuelve el conjunto de dependencias y huertas, el universo que siempre encierran las tapias de los conventos, microcosmos pensados para poder vivir al margen de todo y de todos, células de espiritualidad capaces de autoabastecerse hasta en los lugares más inhóspitos. En la medida de lo posible, claro.

En la práctica, tras las tapias se guarnece lo esencial, el núcleo vital de la fundación: el templo, la residencia de la comunidad, los almacenes, los talleres y una buena porción de huerta. Pero nunca fue suficiente. Más allá de las tapias todos los monasterios administraban propiedades que también les eran imprescindibles para su desenvolvimiento: granjas, molinos, montes, parroquias, otras huertas, ríos...

Del otro lado de la portada se abre la plaza del monasterio y, enfrente, la entrada al templo, con un enorme rosetón. A la izquierda está el edificio de la hospedería, por el que da comienzo la visita. Tras el paso por taquilla, a la par que tienda de recuerdos y viandas tradicionales, el paseo, autoguiado por un folleto que dan con la entrada, se inicia por el claustro de la Hospedería o Herreriano, construido entre 1582 y 1630 para que el trasiego de peregrinos y visitantes no interfiriera con el ora et labora de la comunidad, que giraba en torno al de los Caballeros.

El siglo XVII para una obra como esta es algo tan reciente que apenas llama la atención, así que, como pasando de largo, enseguida llegamos a una de las dependencias vitales para un monasterio: la cilla, el almacén de víveres. Ahora mismo la cilla de Santa María está metida en obras. Y aún así, con polvo y verjas, sigue siendo uno de los rincones más espectaculares del monasterio. Forma parte de su núcleo más antiguo. El que se construyó en torno al siglo XII y que apenas ha sido tocado. Por eso sabe y huele a románico.

Estancia a estancia

Casi enfrente, un corto pasillo da acceso a otra estancia mágica: el refectorio de conversos, otro comedor de lujo, este dedicado al nutrido grupo de trabajadores y legos necesarios para que el complejo monacal y empresarial funcionara como debía. También del siglo XII es, junto a la cilla, una de las estancias más añejas y de las de más sabor, aunque la comida ya no se vea por ninguna parte -salvo las piñas que decoran uno de sus capiteles-. Antes sí. Frente a la puerta de entrada una ventana comunicaba la cocina -siguiente paso en la visita- con este comedor.

La cocina es otra de las estancias que hacen que el recorrido por Santa María se acerque mucho a un viaje real en el tiempo. En ella el humo se huele y se ve -impregnando las paredes, claro-. Y hace falta muy poco para imaginarse el gluglú de pucheros bullendo en el corazón de la fantástica chimenea central, de sólidos sillares y dimensiones de faro -el hogar es como una habitación en el interior de otra, como la sala de máquinas de un buque de piedra-, con espacio suficiente para quitar y poner ollas, preparar alimentos, servir los dos comedores -el de conversos y el de monjes- con los que se comunica por sendas ventanas, y aguantar el calor de los fuegos en los momentos de más trajín. Dicen los que saben que esta cocina, junto con el refectorio de monjes, son piezas únicas en toda la Península.

Pisando ya el claustro gótico o de los Caballeros se conecta con el refectorio de Monjes, la joya arquitectónica del monasterio. Si no se está avisado, a la gente lo que le extraña es que este espacio glorioso sea para comer, no para rezar. Hasta el púlpito despista. Pero lo cierto es que los monjes del Císter hacían ambas cosas a la vez y puede que por eso se permitieran el lujo de un lugar como este. En el siglo XIII, las mañas el gótico ya permiten elevarse sin miedo a los derrumbes y sin necesidad de columnas centrales, como en el de Conversos.

De camino a la iglesia

Por eso tiene también mucha más luz. El grosor de los muros con los que empezaron a hacerlo permitió después, cuando se dieron cuenta de que no era necesario, empotrar en ellos la original escalerilla con arquitos que conduce hasta el púlpito desde el que se leían las lecturas sagradas que amenizaban las comidas de los monjes.

Por la panda oriental del claustro, que tiene un segundo piso de estilo plateresco, se va hacia la iglesia. Por el camino asoman los retazos de las dependencias que daban a ella hasta que, a principios del XVII, se tiró lo medieval por feo y anticuado: el calefactorium -donde la actual escalera-, el parlatorium, la sala capitular...

El templo remata la visita y tiene también varios puntos de atención. Su estructura básica es de finales del XII y principios del XIII. Y, si se empieza por la cabecera, hay que fijarse en los frescos que describen la preparación de la batalla de Las Navas de Tolosa y su desenvolvimiento. Justo en el lado opuesto, a los pies del templo, queda el primitivo sepulcro de Rodrigo Ximénez de Rada, importantísimo personaje, muy relacionado con el monasterio que pidió ser enterrado en él. Gracias a ese capricho y a los del destino el monasterio custodia uno de los ajuares funerarios más importantes de la Europa medieval: el más completo de un rico y distinguido prelado de la Edad Media.

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