Una risotada alemana

Bienvenidos a este garito de rock que abre hasta las seis y donde se oyen historias alucinantes

JUAN SOTO IVARS

No os dejéis engañar por el título: hoy no traigo una comedia. Habíamos viajado a Berlín para pasarlo bien porque teníamos veinte años y queríamos saber cómo era todo. Nos habían dicho que encontraríamos allí todo lo necesario para una gran fiesta. Elegimos ropa de dandi y nos largamos sin un duro, aprovechando la eclosión de los vuelos baratos. Lo primero inquietante al tocar tierra fue el nombre de las calles. Aquellas palabras largas y enrevesadas y herméticas como la historia de Alemania, y después el aspecto fantasmagórico de los edificios, y saber que todas esas calles estaban edificadas encima del fantasma de la capital de un Reich reducido a escombros.

Berlín me produjo la impresión de ser una ciudad falseada. Una especie de ejercicio arquitectónico de desmemoria memoriosa, por decirlo de algún modo, donde las cosas son a la vez testimonio y silencio, donde las cicatrices apenas se adivinan bajo gruesas capas de maquillaje. Una ciudad como un hombre viejo que sólo da pistas sobre su vida en momentos de descuido. Los restos del muro, las explanadas por las que corrieron los tanques rusos y antes las masas con antorchas, las estatuas de Carlos Marx donde hubo estatuas de Hitler, las fachadas construidas a toda prisa y entre tanta gravedad aquellos berlineses distraídos que sorbían bebidas ecológicas en las terrazas con madres jóvenes con hijo.

Nos encontrábamos divididos. Queríamos divertirnos pero conocíamos demasiado bien el peso de la historia. Al día siguiente de descender a los infiernos de Panorama, la discoteca más espectacular de Europa, donde conseguimos olvidar el siglo XX atronados por la música electrónica, necesitábamos un plan tranquilo. Nos habían hablado de un cine donde se podía fumar y beber cerveza y nos fuimos para allá a ver lo que nos echaran. Gran alegría al comprobar que estaban reponiendo 'El gran dictador', de Charles Chaplin, que todos habíamos visto.

Ocupamos nuestras localidades en un cine abarrotado de jóvenes alemanes del siglo XXI. Una de las diferencias entre el carácter español y el alemán se delata en el interior de un cine. Los españoles hablamos más bajo al entrar en la sala, pero prolongamos la charla durante los trailers hasta que descubrimos que ha empezado la película. Mientras tanto, los alemanes entran hablando a gritos en la sala, pero basta que se apaguen las luces para que todos se callen al unísono.

Bien: en cuanto Chaplin apareció en la pantalla ataviado de gran dictador, todo el público empezó a reírse con histeria. Mis amigos y yo nos miramos divertidos. A nuestro alrededor todos batían las mandíbulas y chillaban con todas sus fuerzas mientras Chaplin imitaba los gruñidos hitlerianos. Pero pasados unos minutos seguían riéndose al unísono, y la risa no acompañaba a los números cómicos sino que era continua y ordenada. Miré con asombro a la chica que tenía a mi derecha y la adiviné roja y extenuada. Tuve la impresión de que reía porque esto es lo que tenía que hacer. Y entonces sentí que no era risa lo que nos estaba dejando sordos, sino culpa. Una culpa heredada de generación en generación. Y aquel día entendí que la risa y el llanto son dos caras de una moneda de tres marcos.

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