Una santa para Rodrigo Rato

J. Merlos
Rock hasta las 6

Bienvenidos a este garito de rock que abre hasta las seis y donde se oyen historias alucinantes

JUAN SOTO IVARS

Esta historia me la contó la micropoetisa Ajo y pasó en su pueblo, que es Saldaña. Allí vivía a principios del siglo pasado una usurera, doña Catalina. Era una vieja bellaca. Vivía sola pero entregaba cualquier chuchería a los brutos del pueblo para que fueran su guardia pretoriana. Su casa guardaba los tesoros más brillantes y las herencias de media región.

Así se hizo millonaria: el paisano necesitaba dinero para la dote de la hija y marchaba a casa de doña Catalina. Ella le escuchaba comprensiva y le ponía el dinero encima de la mesa. En presencia de un esbirro, redactaban el contrato. El paisano se comprometía a devolver el dinero más el interés, que era pequeño, a tal fecha. Si el paisano no devolvía a tiempo, debía compensar a doña Catalina con lo que tuviera: las bestias, la casa, las tierras. Pero ella era generosa con el plazo y el paisano firmaba encantado. Celebraba la boda de la hija, se mataba a trabajar, ahorraba para cumplir. Pasaban los meses y se llenaba de esperanza. Marchaba para casa de doña Catalina con el dinero el día límite, pero entonces, indefectiblemente, doña Catalina estaba de viaje. Lo hacía siempre de este modo. Nunca la encontrabas el día límite y así caías en el impago. Tus bestias, tu casa, tus tierras pasaban a formar parte del patrimonio de doña Catalina.

El Señor llamó a doña Catalina para el Gran Ajuste de Cuentas, y su esbirro avisó al boticario de que doña Catalina no se movía ni le contestaba. El boticario visitó la casa y constató el deceso. Entonces, registrando sus papeles, descubrió que la vieja había dejado todas sus posesiones a un convento remoto, en la localidad donde ella había nacido, posiblemente como chantaje final para sortear las puertas del cielo. Pero el boticario tuvo una idea.

No hizo pública la noticia del fallecimiento, sino que avisó a las fuerzas vivas, que se reunieron en casa de la usurera. Les dio a conocer el testamento. Esto no podía quedar así. ¿No les dejaba nada? ¿Todo a un convento remoto? Idearon un plan y lo pusieron en marcha. Sentaron a la usurera en su mesa, trajeron a una sirvienta y la colocaron detrás, y le dieron un texto para memorizar. Se reunieron ante la muerta y escucharon. El juez tomaba notas apresuradamente mientras el cadáver de doña Catalina, accionado por la sirvienta como una marioneta, empezaba a mover la mano y decía con voz de sirvienta: «Todas mis cosas al cura, al alcalde, al boticario y al juez de Saldaña, en partes iguales». Y el juez, lleno de alegría, redactó el testamento. Y la mano inerte de doña Catalina lo firmó, ayudada por la sirvienta. Y solo entonces dieron a conocer al pueblo el fallecimiento de esta mujer, sucedido poco después de reunirse con ellos para dar todas sus posesiones al pueblo. Y los ricos del pueblo fueron ricos y felices gracias a esa gran señora.

Si hicieran santa a doña Catalina, sería la patrona ideal para algunos banqueros contemporáneos.

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