A salvo en el paraíso

Juan Alberto Vivancos, granjero de la pedanía mazarronera de Leiva, junto a su rebaño de cabras. / Paco Alonso / AGM
PROPIOS Y EXTRAÑOS

Juan Alberto Vivancos, jardinero, cabrero y amante del aire y el campo, no ha vivido ni un solo día solo ni triste. «Las cabras de orejas cortas se están perdiendo», reflexiona

ALEXIA SALAS

Las 150 cabras de Juan Alberto, jardinero de Mazarrón, valen más para él que una cuenta en Suiza, que el azafrán silvestre, comer con las manos o la promesa de otra vida después de la muerte. «No puedo vivir sin ellas», cuenta a la hora del sagrado almuerzo, tras de trajinar por los jardines públicos en plena canícula. Las tiene contadas Juan Alberto a las 150 cabras y 40 chotos y sabe de qué madre es cada uno, como Paco era de Lucía. Solo le pone nombre «a las más salseras: la 'Pintá', la 'Blanca' o la 'Negra', pero a todas reconoce en una mutua conexión del hombre con el reino animal. «Cuando me sienten llegar o empiezo a balar desde lejos, vienen corriendo, me siguen y se restriegan contra mis piernas», acepta el joven cabrero el saludo de quienes sabe que no le fallarán. «Las observo, las conozco a todas, las negras, las blancas y las 'pintorreás'», hace recuento como los pastores juiciosos.

Su rebaño en el campo de la pedanía mazarronera de Leiva es su paraíso en la otra esquina, su hogar al que volver tras la jornada de trabajo, como lo era ya cuando iba a la escuela. «Yo he estudiado poco, estaba deseando salir de clase para irme al campo con los animales y a criar a mi paloma, que curé de una pata rota con un palo y vinagre», encontró el joven remedios ancestrales. Juan Alberto era de esos muchachos que van recogiendo por el camino a todo ser sufriente para darle cobijo en la granja. «Me llevo nidos caídos y una vez rescaté a un perro Collie de dentro de un pozo», habla de su familia, que se ramifica en la aplastante mayoría carprina frente al sector avícola de pollos, gallinas y ocas, varios conejos y dos caballos. En caso de referéndum, el menú no pasaría de hierbajos y grano.

Quién
Juan Alberto Vivancos Méndez.
Qué
Jardinero y granjero.
Dónde
Mazarrón.
ADN
Trabajador, desprendido y feliz.
Pensamiento
«No puedo vivir sin mis cabras».

Más que el cambio climático, le preocupa el riesgo de extinción de las cabras de oreja corta: «Se están perdiendo, porque les ha dado por cruzarlas con los machos de orejas largas que trajeron de Granada», frunce el entrecejo Juan Alberto, temeroso por la especie, cuya única reserva quedará en Leiva como un arca de Noé.

Las tiene contadas. Solo les pone nombre a las más 'salseras': la 'Pintá', la 'Blanca'...

Su afición ganadera no lo libra de disgustos. «Mi padres no quieren que tenga tantos animales y, de vez en cuando, hay peleas en casa», se sincera el pastor, quien se gasta sin dolor la nómina en pienso para los rumiantes, a pesar de que siembra huertos para autoabastecimiento. A Juan Alberto le nació la querencia campestre de su abuela. «Siempre vivió en Leiva, rodeada de cabras y gallinas», recuerda su infancia feliz entre la monotonía del cielo y el prado seco.

Cuenta con dos perros mastines para dirigir el rebaño y los consejos del pastor Juan, de 85 años, que le enseña los secretos del liderazgo.

No todas las noches estrelladas le dan a Juan Alberto la paz de respirar el olor de la tierra picante y escuchar el resuello de su prole. A veces, le sobresalta la furia de la naturaleza, que no espera a nadie: «Anoche le salvé la vida a unas cabras. Venían en el parto de patas, pero les di la vuelta dentro de la madre y nacieron bien», relata con orgullo. Después de pasar el día segando césped, cortando arbustos y recogiendo podas, al joven pastor no le duele una noche en vela por sus protegidas. «En todo el tiempo que llevo con las cabras, no me he comido aún ni un choto», le duelen de cerca.

Lejos del rebaño casi no hay vida. «Me voy todos los fines de semana con mis amigos a la playa, y a veces a cenar, pero no me gusta salir de noche ni estar de bares», afirma quien tiene la compañía más fiel y una bóveda infinita. Juan Alberto comparte en Facebook sus animales como otros suben fotos de su boda. «Tengo amigos en muchos sitios, gente amante de los animales», cuenta de quienes nunca le dieron disgustos. «Bueno, el caballo me pisó el móvil y se rompió», aclara el feliz pastor, posiblemente la única persona del mundo capaz de semejante confesión: «No me he sentido ni un solo día de mi vida ni solo ni triste».

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