La Verdad
Verano
Los forzudos Lopetegui

Los forzudos Lopetegui

  • El nuevo seleccionador de 'La Roja' forma parte de una de las sagas de levantadores de piedras más populares del País Vasco

  • Al padre de Julen Lopetegui, el levantador de piedras Agerre II, le ofrecieron gloria y dinero si se hacía boxeador, pero prefirió dedicarse a la familia y a su tasca de Asteasu. El que no rechazó la fama fue Urtain

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Forzudos que levantan piedras de 170 kilos como si fuesen bombonas de butano, ermitas milagrosas que acaban de raíz con las pesadillas si se reza un credo con la cabeza metida bajo el altar, cuerdas que se vuelven serpientes en el escudo municipal... En Asteasu, pueblo en el que nació el Premio Nacional de Literatura Bernardo Atxaga, la realidad se funde con la fantasía de forma natural y los relatos saltan de un territorio a otro sin artificios. Por esa frontera en la que convergen ambos mundos camina la historia de los Lopetegui, la estirpe a la que pertenece el nuevo seleccionador de 'La Roja', Julen, que nació hace casi medio siglo en esta pequeña población de 1.500 vecinos, en el corazón de Gipuzkoa.

Los Lopetegui forman parte de una de esas dinastías de campeones que cada cierto tiempo monopolizan una especialidad del deporte rural vasco. El padre de Julen, José Antonio, se crió en un caserío de Azpeitia y no tardó en destacar en el levantamiento de piedra, siguiendo los pasos de su hermano Luis. Los dos adaptaron como nombre de guerra el del caserío familiar, Agerreondo: Luis, el mayor, se llamó Agerre I y José Antonio, Agerre II. La fortaleza de los Lopetegui adquirió pronto tintes legendarios. Además de superar casi siempre a sus rivales, establecieron un buen número de récords, algunos de los cuales siguen todavía vigentes.

Los hermanos eran conscientes de su reputación. El caserío en el que residían en compañía de sus padres y sus hermanos había pasado a ser conocido por sus convecinos como 'indaretxe', es decir, la casa de la fuerza. El poderío físico gozaba de un prestigio extraordinario en aquella sociedad aún ingenua, que apenas había traspasado el umbral de la revolución industrial. El levantamiento de moles de piedra, inamovibles para el común de los mortales, tiene algo de comunión con el Universo, de reencuentro con las corrientes telúricas que nos conectan con la naturaleza. El silencio sepulcral con el que los espectadores asisten a las maniobras del harrijaso-tzaile antes de enfrentarse a la piedra habla de esa fascinación primitiva que siempre ha ejercido la fuerza bruta.

Cuenta Bernardo Atxaga en la revista 'Erlea' que los ocho hermanos varones de la familia Lopetegui idearon un plan singular para que su fama atravesara fronteras: participarían juntos en un festival de deporte rural en San Sebastián para exhibir su poderío físico. Hasta habían calculado el promedio del peso de las piedras que cada uno iba a levantar: 188 kilos. La exhibición los hubiese consagrado como el clan de forzudos por excelencia si se hubiese llevado adelante, pero las mujeres de algunos de ellos se negaron en redondo y no tuvieron más remedio que dar marcha atrás. El aplazamiento dejó claro que incluso los más fuertes están sometidos al orden natural de las cosas.

Agerre I y Agerre II sentaron las bases del levantamiento de piedra moderno. Sustituyeron los atracones que solían darse los harrijasotzailes por una dieta menos copiosa y más variada, a la vez que aplicaron un plan de ejercicios sistemáticos para conservar su privilegiada condición física. El padre de Julen llegó a entrenarse en alguna ocasión con los jugadores de la Real Sociedad mientras preparaba un campeonato, y todavía hay quien recuerda que los futbolistas eran incapaces de seguir el ritmo que marcaba el harrijasotzaile en las carreras.

Con la muerte de Agerre I en 1969, su hermano se consolidó como la principal referencia del levantamiento de piedras. Las autoridades deportivas del franquismo andaban por aquel entonces a la busca de un hombre capaz de hacer reverdecer los laureles de Paulino Uzcudun, el boxeador vasco que llegó a alcanzar el campeonato de Europa de los pesos pesados después de haber dado sus primeros pasos en el deporte rural. José Antonio Lopetegui cumplía con todos los requisitos para encarnar el papel con garantías de éxito: además de poseer un físico portentoso, había demostrado que era capaz de someterse a una férrea disciplina para lograr los objetivos deportivos que se marcaba.

El visto bueno de Franco

El promotor de boxeo Miguel Almanzor fue el encargado de transmitir al levantador de piedra un plan que tenía el visto bueno del mismísimo Franco. Le paseó por los cuadriláteros y le hizo asistir a varias veladas mientras deslizaba en sus oídos comentarios sobre el futuro que tenía por delante si cambiaba las piedras por los guantes. «Te entrenaremos para ser un campeón de los pesos pesados, saldrás en los periódicos y ganarás mucho dinero», le decía una y otra vez. Las promesas, sin embargo, no convencieron al harrijasotzaile, que para entonces ya se había casado y se había mudado a la casa familiar de su mujer en Asteasu. Agerre II rechazó el plan mientras el promotor, decepcionado, volvía sus ojos hacia otro levantador con hechuras de purasangre que no se lo pensó dos veces cuando tuvo delante la oferta. Ese fue el punto de partida de la vertiginosa carrera pugilística de José Manuel Ibar, más conocido por el nombre del caserío de su familia, Urtain.

Lopetegui tenía sólidos argumentos para desoír los cantos de sirena que le hicieron llegar los poderes de la época. Su mujer le había dado sus primeros hijos y una ocupación que apenas le dejaba tiempo para las piedras: la taberna que ocupaba la planta baja de la casa familiar. El local pasó a ser un asador que bautizó con su sobrenombre, Agerre, mientras la prole iba en aumento. Los primeros recuerdos del actual seleccionador de España están asociados a la sidrería y, sobre todo, a las brasas donde asaban enormes chuletones y prodigiosos besugos. «Desde muy pequeños echábamos una mano a los padres, los chicos a cargo de la parrilla y nuestras hermanas atendiendo las mesas», evoca José Antonio, el hermano mayor de Julen.

Como no podía ser menos, siguieron la tradición familiar y desde muy pequeños empezaron a trastear con pelotas de frontón, balones e incluso con las piedras que su padre guardaba en casa para las exhibiciones. Dotados de la privilegiada herencia genética de los Lopetegui, Joxean y Julen se convirtieron en dos tiarrones que no tardaron en despuntar en todas las actividades deportivas en las que tomaban parte. El primero terminó encauzando sus excepcionales aptitudes físicas en el frontón. Bajo el nombre de Agerre, Joxean Lopetegui fue durante dos décadas una de las figuras destacadas del remonte, cuyo campeonato individual llegó a ganar en 1986. «Ahora que llevo ya mucho tiempo retirado puedo confesar algo que nunca he llegado a decirle: Julen jugaba mejor que yo al frontón», sonríe.

No es lo único que sabía hacer. Javier Iraola, propietario de la carnicería de Asteasu y amigo de Julen desde la infancia, recuerda que al míster de 'La Roja' se le daban muy bien las chicas. «Tenía una planta espectacular y encima era rubio, así que cuando nos íbamos a las fiestas de los pueblos se dejaba querer», dice con un deje de nostalgia en la mirada. Eso es todo. Iraola mantiene una fidelidad inquebrantable y no hay forma de sacarle algún chascarrillo más comprometido de juventud. «Tiene un carácter muy fuerte y da mucha importancia a los afectos», asegura el carnicero, que suele cenar con el exguardameta siempre que se acerca por el pueblo para recordar los viejos tiempos. «No se olvida de sus raíces y todos los años suele pasar unos días aquí con su familia».

El pequeño de los Lopetegui, que el 28 de agosto cumple 50 años, estudió primero en la escuela de Asteasu y más tarde en los Marianistas de San Sebastián. Allí empezó a destacar como portero, siguiendo el ejemplo de su admirado Arconada. «Siempre andábamos con el balón y a él le gustaba desafiarnos a ver si éramos capaces de meterle un gol», rememora Iraola. «Todavía recuerdo que una vez nos entretuvimos más de la cuenta y con el entusiasmo del juego se le pasó que había dejado la carne haciéndose en la parrilla del asador. Se le chamuscaron siete chuletas, menudo cabreo que cogió su padre...».

Porrazo con el poste

Julen forjó en aquella etapa una sólida amistad con Loren, delantero de la Real y el Athletic y ahora director deportivo del equipo donostiarra. «Yo vivía en Ibarra, cerca de Asteasu, así que solíamos ir juntos a los entrenamientos en San Sebastián. Coincidimos durante cinco temporadas en el Easo, el equipo juvenil de la Real. Julen tiene mucho carácter y un apetito de triunfos que probablemente le viene de la tradición deportista de su familia: no era fácil ganarle ni a las cartas». Al padre del ahora seleccionador, devoto confeso de los frontones, no le hizo demasiada gracia que su hijo se dedicase al fútbol. Nunca iba a verle a los partidos y dejaba que se las apañase solo para acudir a los entrenamientos en San Sebastián. «Creo que la primera vez que le vio en un campo de fútbol como portero fue por la televisión, en la final que jugaron los equipos juveniles de la Real y el Real Madrid», precisa su hermano Joxean.

A Julen le sobraba personalidad en la portería en sus tiempos de juvenil. Arengaba constantemente a los defensas y nunca daba un partido por perdido. Loren aún se acuerda de su capacidad de sufrimiento después de darse un porrazo con el poste en un partido en Zaragoza: «Se había roto el pómulo y estaba conmocionado, pero siguió jugando hasta que nos dimos cuenta de que había perdido parte de la visión y estaba seminconsciente». Como vio que las puertas de la portería de la Real Sociedad seguían taponadas por la presencia de Arconada, aceptó la oferta del Castilla y con apenas 18 años dijo adiós a su familia y se plantó en Madrid. Fue el inicio de una carrera que le llevó a conocer toda la escala del fútbol español, de los grandes como el Real Madrid y el Barcelona, a modestos como la UD Las Palmas, el Logroñés o el Rayo Vallecano. Llegó incluso a jugar en la selección en un amistoso con Croacia.

Como hizo su padre con la oferta para convertirse en boxeador, el joven Lopetegui cerró los oídos a los cantos de sirena de la noche que tanto suelen confundir a los futbolistas jóvenes. En cuanto pudo, se casó con Rosa Maqueda, hermana del futbolista con el que había coincidido en las filas del Castilla y del Real Madrid. El matrimonio tiene tres hijos, dos chicos de 21 y 16 años y una muchacha de 13. El mayor acaba de graduarse en Económicas en una universidad británica. Su mujer y sus dos hijos pequeños le han acompañado durante su etapa en el Oporto.

Julen goza del reconocimiento de sus paisanos, por mucho que algunos de ellos no se sientan identificados con su nuevo equipo: en Asteasu, los nueve concejales pertenecen a una coalición de partidos e independientes nacionalista. «Si se fija, verá en la puerta de uno de los pabellones industriales de las afueras una pintada contra la selección», advierten al periodista en el bar Iturri Ondo. La pintada, la única que no está en euskera en todo el término municipal, dice: «gane o pierda, España una mierda». La anécdota no alcanza a empañar el homenaje que le rindieron sus vecinos el año pasado en la sociedad Aitzondo por sus éxitos en los banquillos. No parece que una simple inscripción sea capaz de alterar la firme determinación de Julen Lopetegui, estirpe genuina de los Agerre, los más fuertes entre los fuertes.