Faro de Cabo de Palos

Guillermo Carrión / AGM
RINCONES CON ALMA

Pepa García
PEPA GARCÍA

A solo 269 escalones, el faro de Cabo de Palos navega a vista de pájaro. Desde sus 81 metros -49 de su torre-, el litoral es un mapa recortado por la espuma blanca del mar bravío cuando sopla Levante. Estos días son ideales para disfrutarlo, cuando se riza hasta el espejo del Mar Menor y sus olas chocan contra salientes y farallones. Sus 152 años no han restado eficiencia al método de los pulsos de luz: su seña de identidad. Cerro en el que hubo un templo consagrado a Baal Hammon, el Saturno romano, su ubicación lo convirtió en el siglo XVI en vigía contra las incursiones berberiscas. Los sillares de su torre hexagonal se usaron en la construcción actual. El corazón de este buque anclado a tierra y con vocación de izar velas se iluminó el 31 de enero de 1865 y nunca ha desfallecido. A su 'cabeza' de cristal se accede por una escalera de caracol de piedra. El viento se cuela por unas 'grietas' que ventilan el faro (hasta 1960 funcionó con aceite de oliva, parafina y vapor de petróleo) y grita en su camino por la interminable espiral. Una diminuta puerta se abre a la terraza inferior, sobre la que se alza su esbelta torre. La ascensión continúa hasta la linterna. Su núcleo, como un gigantesco diamante tallado, gira sin cesar y proyecta su haz 23 millas adentro. La vista se pierde en el horizonte azul.

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