Gatoperros

Rosa Palo
ROSA PALO

En serio te lo digo, brodel: si vuelvo a oír otro reguetón al poner la radio, me voy a veranear a Corea del Norte. Qué hartura de perreo, de meneo de caderas, de mala mujer con uñas de gel, de ayayay, de uyuyuy y del mundo onomatopéyico del orgasmo fingido. Que a una también le gusta la música sandunguera, y mover el bullarengue, y bañarse en caipiriñas y en mojitos, y vivir dentro de un anuncio de cervezas como a la que más, vale, pero es que este perrismo musical convierte a Georgie Dann en un muso indie. Y todo esto sin meternos en el tema de la letra de las canciones, que eso da para una columna seria, muy seria, y estamos en verano, y en verano no nos calentamos la cabeza, ya tú sabes, mi amol, solo nos calentamos la cintura, que los calores desatan la libido y los cinturones.

El despropósito del verano consiste en que una tenga que bailar por Luis Fonsi, por Maluma, por Daddy Yankee, por Enrique Iglesias o por cualquier otro gatoperro afónico al que le han pisado el rabo. A Enriquito le pitaron en su concierto de Santander porque cantaba como el orto. Acabáramos. Es como si te sorprende que el feo de los Hermanos Calatrava sea tan horroroso en vivo como en la tele, que Pérez-Reverte se niegue a hacerse un selfie contigo o que te claven ochenta euros por pedir gallo pedro fuera de carta. Son cosas que se saben, pero la gente sigue cayendo en ellas. Enriquito siempre ha tenido muy poquita voz, pero desagradable, así que todavía tiene que aprender mucho de su padre. O de Mario Cruz, un tenor de medio pelo al que se le escapó un gallo mientras cantaba en Cartagena una romanza de la ópera 'Marina'. El tenor, avispado, lanzó rápidamente un «¡Viva Cartagena!», y el público se rindió a sus pies. Manel Navarro tendría que haber soltado un «¡Viva Europa!» cuando le salió el gallo en Eurovisión. Y Enrique Iglesias haber gritado «¡Vivan los sobaos!» en Cantabria. Mejor les hubiera ido. Pero es que, de donde no hay, no se puede sacar.

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