La felicidad de Dalmacia

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Las ciudades de piedra blanca del Adriático tienen un poder de seducción irresistible y lo previsible es que cada año aumente la ola de visitantes. Es un no parar (15,5 millones en 2016), y resulta divertido formar parte del ajetreo estival. El turismo generó el año pasado 8.500 millones solo en Croacia, uno de los países más sonrientes de Europa. El tormento por la guerra en los Balcanes no asoma en el glorioso rostro de un destino rebosante de atractivos. Jóvenes y europeos no arriban solo buscando islas, sol y diversión sino empaparse de una cultura y una historia que anonadan desde el primer momento. En Split, imparable y concurridísima heredera del emperador Diocleciano, fue donde el viajero Robert D. Kaplan sintió por primera vez la indefinible diferencia de Oriente, la «omnipresente y emocionante» mezcla de civilizaciones. Lo cuenta en un libro que leí hace una década, 'Invierno mediterráneo', que sabía que tarde o temprano necesitaría. Hace unos días lo metí en la mochila, y es reconfortante releerlo en el laberíntico barrio viejo, entre palacios románicos y góticos reconvertidos en habitaciones de alquiler. «Split destilaba un algo salvaje, la sensación de un mundo que comenzaba y otro que terminaba». La felicidad que reportan los lugares tocados por las manos de Roma es tan completa que uno llega a creer que en un sitio así ser criado de la corte imperial no fuera la peor condena. Otras esclavitudes son más odiosas que la de servir a «un buen soldado bravucón», como dicen estudiosos del emperador más humilde y hábil. Y puestos a ser francos, nada es más excitante que pararse ante una legión armada.

Hasta aquí vine buscando algo más que el legado de los sefardíes, los judíos expulsados de Sefarad (España), que en los siglos XV y XVI encontraron refugio en la diáspora en lugares amables como Dalmacia. Llamativo es encontrar con vistas al puerto de Split uno de los cementerios judíos más antiguos de Europa, en el monte Marjan, estos días envuelto trágicamente en una muselina gris por los fuegos que han sitiado los Alpes Dináricos. Cuando las religiones han sido foco de conflicto, cuando las luchas entre hermanos son causa de dolor, es bonito pensar que en los peores momentos hubo quien tendió manos y abrió sus moradas a los perseguidos. Todos podemos vernos en esa tesitura.

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