La vida entre los dientes

Tomasa Ruiz, 'La Tomi', envuelta en la bandera arcoíris.
Tomasa Ruiz, 'La Tomi', envuelta en la bandera arcoíris. / Vicente Vicéns / AGM

Tomasa Ruiz González 'La Tomi', presidenta de Entiendes Mazarrón, devota de Jesucristo, se enamoró de una novicia y de las drogas: «Llevo una vida muy vivida»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

La sonrisa de Tomi luce un inquietante hueco entre los dientes delanteros a lo Madonna. Por esa rendija se le escapan una franqueza apabullante y la manía patológica de hacer de su capa un sayo desde que levantaba un palmo del suelo y todos los niños de Caño Molino capitulaban cuando aparecía 'La Tomi' con un racimo de piedras en las manos. Su corte de pelo actual no debe diferir mucho del que le alborotaba el aire de canija y, aunque hoy la quieren hasta los gallos peleones, por entonces 'La Tomi' sembraba pavor por los cerros mazarroneros como Viriato contra los romanos. «Yo me aburría con las niñas. Bajaba con los niños a la era de La Camarra a montar en bici y allí jugábamos a pegarnos pedradas, a cazar pájaros y a tirarnos por la cuesta en las cajas de tomates», se le encienden los ojos. Eran tiempos de imaginación, cuando el juego no surgía de una pantalla, sino de las ensoñaciones infantiles. «Hacíamos barcos con las hojas de las cañas y los echábamos a navegar en las boqueras de los regadíos», recuerda.

Esa vida en polvareda ya se la encontró en su abuelo, José 'El colmenas': «Vivía en Los Rincones, en la sierra de La Perdiz, con las cabras, y bajaba con el ganado al pueblo a vender leche, que ordeñaba en la puerta de las casas». Fue su padre sin embargo «el único hombre que me enamoró», dice sin duda. Aquel minero que llegó de Lorca para picar plomo y plata de las tripas de Las Pedreras fue el primero que comprendió a la indómita guerrera, muchos años antes de enfermar de silicosis. «Cuando hice la comunión, se empeñaron en regalarme una muñeca, pero yo quería una escopeta como la de los niños. Mi padre me la compró», vuelve a casa Tomi por unos instantes.

Quién
Tomasa Ruiz González.
Qué
Presidenta de LGTB Entiendes Mazarrón.
Dónde
Mazarrón.
Gustos
Los animales y el mar.
ADN
Valiente, resistente y servicial.
Pensamiento
«Eliminaría el voto de castidad y el de obediencia».

No tardó en demostrar que no necesitaba atributos masculinos para la osadía. «Me pegaron un tiro con seis años. Le dije a un niño, 'a que no me disparas con el escopetín'», enseña la primera de sus cicatrices.

«Ya no me llevo a la cabra a pescar porque se come el hilo y es carísimo»

Ya con plomo en la barriga y sin ganas de estudiar, dejó la escuela con 14 años porque ya le aprisionaban las puertas y se le caían encima los techos. «Empecé a leer la Biblia y me impresionó el evangelio de San Juan, la poesía de Machado y de Miguel Hernández. La poesía de 'El niño yuntero' es la vida de mi madre. Y leí a Lorca, Alberti y Neruda, pero lo que me atrajo fue ese Jesús revolucionario y feminista. Yo lo veía», empezaba a forjarse la subversiva. Desde su trabajo en el almacén de tomates, admiró a «Juana Acosta, quien lideró la lucha y logró parar la producción, y así logró el pago de horas extras. Ahora han vuelto atrás».

Con 16 años, Tomi entró en un convento. La autoevangelización y la visión de un mundo tan huérfano y desorientado la precipitaron tras unas rejas que volverían a apretarle las riendas. «No duré mucho porque me lié con una novicia y me echaron», le sale de entre los dientes. «Mi gran deseo ha sido ser monja, pero sin los votos de castidad y de obediencia», asume Tomi con una sonrisa su naturaleza y, a su pesar, la decepción que la volcó en el alcohol y las drogas durante 16 años. Hasta que pasó 22 meses en una terapia de Proyecto Hombre que la devolvió al mundo de los vivos. «Me reconcilié con el convento y conmigo». De hecho, trabajó varios años para las religiosas en el cuidado de ancianos, donde encontró la vida de servicio que antes se le escondía.

Habituada a retener la vida entre los dientes, Tomi la vio y supo que era el amor de su vida. «Conocí a mi mujer en una boda. Se acercó a mí y me dijo 'me gustan el vino y las mujeres', y yo le contesté 'a mí solo las mujeres'». Cuando su cuento de amor finalizó en una urna con cenizas, Tomi se rehízo por enésima vez en su historia. Renació la Tomi que alimenta a sus cerdos vietnamitas, que hace campaña de orgullo multicolor, que va adonde la necesitan, que navega a solas en su barco y va a pescar con su cabra. «Ya no la llevo porque se come el hilo y es carísimo», se queja Tomi. No tiene dudas del futuro porque «por estadística solo me puede ir mejor».

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