Pastillas para la tos

Jesús Hernández, el tenor de La Ribera, frente al Mar Menor con las máscaras de 'El fantasma de la ópera'.
Jesús Hernández, el tenor de La Ribera, frente al Mar Menor con las máscaras de 'El fantasma de la ópera'. / A. Salas
PROPIOS Y EXTRAÑOS

Jesús Hernández, médico en ciernes, encargado de bar nocturno y tenor, se identifica con los héroes de sus óperas: «Canto en la ducha. Los azulejos del baño son muy agradecidos»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Tras el semblante pacífico de Jesús Hernández, comparten buhardilla en su cabeza el agobiado estudiante de Medicina, un ojeroso encargado de bar nocturno y toda una estirpe de héroes operísticos afinando sus pesares con alardes vocales que le salen de su campanilla privilegiada. Todo este barullo convive en ese mar en calma que es el tenor, quien se dio cuenta de que llevaba diamantes en el gaznate cuando a los 14 años fue a un karaoke y, al elegir una canción de Nino Bravo, dejó al personal con la boca abierta y la certeza de rendirse ante un nuevo Pavarotti. Sus espejos son sin embargo Alfredo Kraus, Plácido Domingo y Jonas Kaufmann, y su ópera prima y talismán 'El elixir de amor' de Donizetti, ya que se transmutó en Nemorino en el Romea hasta vaciarse en la romanza 'Una furtiva lágrima'. «Había trabajado antes la obra y terminé siendo 'cover' del protagonista», se admira Jesús de las corrientes subterráneas de la vida. El aldeano Nemorino se ha convertido así en su álter ego: «Me sentía identificado con él porque es un tío sencillo, que busca el amor a pesar de que ella no le hace caso, pero él erre que erre. Además se ilusiona con facilidad y lo vive intensamente. Y además termina bien», deja escapar sospechas de mal de amores. «Bueno, siempre te ves en esas. Y tienes que perder la vergüenza», asiente Jesús, cuyo único elixir al amanecer son unas pastillas para la irritación de garganta. Ni magias ni Isoldas acuden en su ayuda tras una madrugada de trabajo en el Bastilla, el local de copas de La Curva de Lo Pagán donde trabaja de encargado. «Empecé de 'recogevasos' hace unos años, y ahora me permite pagar las clases de canto y la Universidad, que no son baratas ninguna de las dos», narra el tenor la triste ópera juvenil del siglo XXI.

Refinado su oído con Verdi y Puccini, el médico en ciernes se sumerge cada madrugada en una burbuja de reguetón como peaje a un futuro sin cadenas. «Es lo que hay», asume Jesús el gusto musical triunfante, que ha logrado resquebrajar con sus actuaciones en directo: «Mi grupo de amigos nunca hubiera pensado en ir a la ópera ni en escuchar un recital de arias». No es raro verlo actuar en bodas y ceremonias: «Los novios quieren desde Haendel hasta David Bowie. Depende de lo que deje el cura», negocia el camaleónico cantante, que lo mismo sorprende con 'Nabucco' que con 'La tabernera del puerto'. «Cuando mejor canto es en la ducha. Los azulejos son muy agradecidos», miente Jesús, que logra ovaciones cerradas de público con las arias más famosas.

Quién
Jesús Hernández Alarcón.
Qué
Estudiante de Medicina y tenor.
Dónde
Santiago de la Ribera.
Gustos
Cantar y sus libros de Anatomía.
ADN
Tranquilo.
Pensamiento
«La música es la felicidad. Es mi desahogo».

La ópera se le ha avecindado en su cotidianeidad, repartida entre libros de Anatomía y madrugadas insomnes como una luz de emergencia. Para animarse no se enchufa al soniquete latino, sino a «cualquier parte de Donizetti». Para descargar tensiones, «libero la voz. Me quedo relajado y tranquilo, aunque hay pocas cosas que me saquen de quicio», reconoce el tenor. En su aprendizaje tuvo que «entrenar un músculo que no ves ni sientes, a manejar los graves y los medios antes que los míos, que son los agudos del tenor, a pronunciar en alemán e italiano. Y lo vivo como una alegría». «La música es mi felicidad y mi desahogo. Vivo cada interpretación, y me da igual donde sea», asegura Jesús, que toca la cima con 'Nessun dorma'. «Es mi final apoteósico. A la gente se le queda en la memoria, pero lo alucinante es su historia, lo que tiene que hacer para lograr el amor», se reserva Jesús su piel del príncipe Calaf. «He encontrado en la ópera mi plenitud», afirma el tenor, quien también dejó de sufrir por amor: «Ella está conmigo al cien por cien. He tenido más suerte que Turandot».

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