Nobleza mulera

Ricardo Hernández posa con sus mulas en Torre Pacheco.
Ricardo Hernández posa con sus mulas en Torre Pacheco. / Antonio Gil / AGM
PROPIOS Y EXTRAÑOS

José Ricardo Hernández, arriero y cochero de turistas, vírgenes y santos. Busca novia gustosa de la vida ganadera y desvela: «Soy un hombre sin ombligo. Me lo quitaron cuando adelgacé»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

Cuando pasa mucho tiempo entre personas, Ricardo añora a sus mulas. Son nobles, trabajadoras y no tienen cuenta de Twitter. Se conforman con poco: «Esta mañana salí, les tiré un pienso ligero y les dije: 'Luego vuelvo'». Además, se conocen como hermanos. «Las tengo ya un poco mayores. Una lleva 27 años conmigo. Solo le falta hablar», explica Ricardo, quien sabe de qué pie cojean antes de que echen a andar. «Tienes que ser psicólogo, veterinario y amigo», asume de la tarea de comandar una cuadrilla de trabajadoras recias y cabezotas. «Hay días que me he tenido que dar la vuelta porque he visto que una estaba revuelta. Es que hay que conocerlas. Hay mulas quisquillosas y mulas rabiscas», advierte.

Experto en doma y enganche, Ricardo se presenta con desparpajo como «el último cochero, un oficio en extinción». Casi al filo de rematar el verano, se le ha lesionado el caballo que enganchaba a su faetón para pasear a los turistas en Los Narejos, un trabajo lleno de sorpresas que ha combinado hasta ahora con los servicios de bodas, comuniones y desfiles. Para celebraciones señaladas cuenta con «un coche elegante», aunque también le han encomendado servicios más elevados: «He sacado vírgenes, 'san isidros' y un 'sin pecado'. También domestico mulas y alquilo cabezales de caballos. Soy muy multiusos», sonríe siempre Ricardo.

Quién
José Ricardo Hernández Martínez.
Qué
Arriero y cochero.
Dónde
Los Alcázares.
Gustos
Las romerías y las mulas.
ADN
Divertido y optimista.
Pensamiento
«Hay mulas quisquillosas y mulas rabiscas».

Confía sin dudas en la palabra y la mano de un ganadero para cerrar un trato. «Para pillar la vuelta a veces dejo que me la den, ya sabes eso de que una mano no sabe lo que hace la otra», suelta cuerda el arriero para lograr el mejor negocio. En el país de los grandes fraudes, Ricardo no teme en sellar acuerdos con un apretón de manos: «Todos nos conocemos en este mundillo. Si un fulano te la hace, ya se puede despedir de hacer tratos con nadie», pisa firme a sabiendas de que pocos se atreverán a desafiar sus ciento y pico kilos en movimiento.

«Me entiendo con los guiris a la perfección»

De su multitarea ganadera, la que más risas le ha dado es la de cochero de turistas. «Me entiendo con los guiris a la perfección. Cuando llegan les digo: 'Míster, 45 minutos, 30 euros' y ellos que 'twenty' y yo que 'forty' y al final nos ponemos de acuerdo», comenta sus 'business' el cochero. Para la captación de pasajeros, Ricardo tiene su marketing: «Cuando veo a una parejita les digo que tengo el paseo romántico a 20 euros, y no veas, han llegado a pedir la mano en el coche. Noto que van muy callados, me 'arrevuelvo' y me veo al payo de rodillas».

De fondo romanticón, Ricardo tiene el detalle de «echarles por las rodillas una mantita para el relente. Y cuando son jóvenes les digo: 'Pero las manos a la vista ¿eh?', y se ríen».

Desde que siendo chiquillo saboreó la nata con fresas de forma clandestina y aprendió los tiras y aflojas del mercadeo, Ricardo sabe lo que quiere: «Dicen de la viña y el potro que los críe otro. A mí me gusta la briega. Quiero comprar nuevos animales y trabajar».

Su recua percibe antes que nadie la ancha humanidad del arriero, adornada por un optimismo a prueba de telediario. «Llegué a superar los doscientos kilos, pero perdí muchos. ¿Que cómo? Caminando mucho, teniendo el pico cerrado y sin beber cerveza», sabe Ricardo, quien se muestra orgulloso de su última estilización, que le ha proporcionado una singularidad inigualable: «Soy un hombre sin ombligo. Cuando adelgacé y me operaron para reducirme los pellejos, me preguntaron si lo quería o no. Le dije al cirujano: 'Pues quítelo, una cosa menos que limpiar'», decidió Ricardo sin pesares.

El afán de encontrar pareja le pinchó hondo en su pundonor: «Llamé al programa de televisión 'First date' ('Primera cita') y luego a 'Granjero busca esposa', pero excedía los requisitos», ríe el ganadero. «No pido mucho», se promociona el joven ganadero abriendo las manos como lebrillos: «Soporto una novia hasta de cien kilos. Es que menos se me pierde entre los dedos».

Fotos

Vídeos