Darling Dyle: «En la música no puedes ser blandito»

Darling Dyle en El Valle, en Murcia. / Vicente Vicéns / AGM
Darling Dyle en El Valle, en Murcia. / Vicente Vicéns / AGM
Estío a la murciana

Darling Dyle. Concertino de la OSRM

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

Con ocho años, a Darling Dyle (Tirana, Albania, 1976), concertino de la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia (OSRM) y codirector del Festival MurciArt de música clásica, cuya primera edición arrancó este verano, el alba le pillaba vestido, despierto a pesar del sueño, y en la calle, acompañado solo por su violín. «Si quería estar en la escuela a tiempo, tenía que levantarme a las cinco de la mañana», recuerda. «No siempre había transporte y nada te garantizaba que pudieras llegar». Aquella fue una etapa difícil, la primera de las dos a las que el músico une este adjetivo. La otra, aterrizar en Murcia y romper el vínculo con su país de origen. Después, todo ha sido fácil, cree.

-«El éxito llega a quien está dispuesto a trabajar un poco más duro que el resto». Es la frase que se puede leer en la cabecera de su Twitter. ¿Para qué ha trabajado usted con más empeño que los demás?

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
En el barrio de Sacromonte, viendo la Alhambra.
2- ¿Un concierto inolvidable?
-Sting, en la plaza de toros de Murcia, en 2000.
3 -Un libro para el verano.
'El diario de Ana Frank'.
4 -¿Qué consejo daría?
-Vive y disfruta.
5 -¿Cuál es su copa preferida?
Gin-tónic.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
No.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Lobezno.
8 -Un epitafio
. -'Se olvida lo que se dice, también se puede olvidar lo que se hace, pero nunca se olvida lo que se siente'.
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
Una persona agradable y positiva.
10-¿Tiene enemigos?
-Seguro.
11 -¿Lo que más detesta?
-La falsedad.
12 -¿Un baño ideal?
-En Mallorca, en una cala de agua transparente.

-No es que haya trabajado más que el resto, todos trabajamos lo suficiente para alcanzar nuestras metas. Hay quien no las tiene y vive de forma tranquila, yo sí las tengo y para eso hay que trabajar duro y con sacrificio, sobre todo porque la música es una profesión muy exigente, estás siempre expuesto a los ojos de los demás, a las críticas. Me gustó esta frase cuando la leí. Es como un recordatorio: al final, para alcanzar las metas, hay que trabajar mucho.

«No hay un interés real por la orquesta; de palabra se valora [...], pero a la hora de dotarla de lo que realmente necesita no se hace nada»

«El ego es como un tatuaje, forma parte de nuestro ADN»

-¿Qué objetivos tuvo siempre claros?

-Ser un buen profesional, intentar ser humilde, trabajar mucho y no esperar nada; los resultados que vengan, que lo hagan por el trabajo, no porque alguien te regale el oído.

-¿Lo ha conseguido?

-La vida de un músico es muy larga. Si dijera que he conseguido mis objetivos, mentiría. Me queda mucho por lograr y mejorar.

-¿A qué ha renunciado por sus sueños?

-No creo que haya renunciado a nada. Si tienes sueños, tienes que luchar por ellos. Quizá, durante la infancia, me ha faltado tiempo para jugar y estar con los amigos, pero he disfrutado de las cosas cotidianas, de mi profesión.

-¿Cómo acabó en Murcia?

-Fue el destino. Creo mucho en él, y pienso que el mío era terminar en un país diferente al que nací. Llegué a Murcia gracias a la Orquesta de Jóvenes de Albania, había ingresado hacía poco cuando vinimos a la Región con motivo de un festival internacional que había aquí. Tenía 18 años y nunca había salido de Albania. El contraste fue tremendo, fue como el que está medio ciego y abre los ojos y ve la luz. Recuerdo que era marzo y nos instalamos en el hotel Churra, que estaba recién inaugurado. Me marcó mucho la experiencia. Venía de un país pobre y había cosas que solo había visto por la televisión. Después de aquello, Enrique González Semitiel, entonces director de la Coral Universitaria, nos brindó la oportunidad a otros compañeros y a mí de volver y seguir nuestros estudios en Murcia. Vine para empezar de cero, sin saber nada de español y sin conocer a nadie. Lo dejé todo.

-¿Qué ha encontrado aquí?

-Es una región que tiene todo lo que uno necesita para vivir bien, a pesar de las carencias que tiene a nivel cultural: el clima es bueno, la comida también, la playa está muy cerca... Si no hubiera tenido todo esto, quizá me hubiera marchado.

-¿Viaja mucho a su país?

-La última vez que estuve allí fue hace dos años, y llevaba mucho tiempo sin ir. Mis padres viven aquí, mi hermano vive aquí, y mi tío, que también trabaja en la orquesta, también está aquí... Cuando voy a Albania es, sobre todo, para ver a los amigos o visitar otros lugares.

-¿Su familia se vino a Murcia por usted?

-Fue una decisión que hablamos y tomamos con tranquilidad. A los dos años de estar aquí, vino mi hermano. Familia solo tienes una, y si está tan lejos, no puedes disfrutar de ella, entonces, ¿por qué no hacer el sacrificio para estar cerca? Creo que fue una buena decisión. Para mí, mi familia es lo más importante.

-Sus padres siempre le animaron a estudiar música. En España, las disciplinas artísticas, en general, no se ven como una salida profesional con grandes opciones de futuro.

-En mi caso, estudiar música era una elección bastante buena. Mi tío estaba entonces estudiando música y a mi madre le gustaba este mundo, pensaron que por qué los críos no iban a hacerlo. Empezamos mi hermano y yo, pero él ya no sigue. Hay padres que sí quieren que sus hijos estudien música, es una oportunidad, y si se aprovecha bien el tiempo, luego hay muchas probabilidades de trabajo. Pero hay que tener interés, y también talento.

-¿Qué ha sido difícil en su vida?

-Quizá lo he tenido fácil. Difíciles solo han sido dos momentos. Uno, durante la infancia, cuando tenía que levantarme a las cinco de la mañana si quería llegar a tiempo a la escuela. Estaba a media hora en autobús, pero no siempre había transporte y nada te garantizaba que pudieras llegar. En ocasiones, cuando no había autobús, tenías que ir en un carro de caballos, y cuando había, tenías que entrar a empujones. Iba solo, con mi violín; a veces no sé cómo lo hacía, tenía siete u ocho años. El segundo momento fue cuando llegué aquí. Romper el vínculo con Albania y empezar uno nuevo con España fue difícil. No tienes la protección de los padres y tienes que ser responsable, maduro y tomar buenas decisiones.

-¿Se sintió solo?

-No, por suerte no. Cuando llegué, Enrique me presentó a hijos de sus amigos para que me relacionara un poco y escuchara el español. Luego, uno pasa muchas horas con el violín, estudiando, pero no me he sentido solo.

-¿A qué le ha ayudado el violín?

-A forjar la paciencia, y a base de paciencia, a ser mejor. Pero es complicado, porque también te puede perjudicar. Es un instrumento solitario y hace crecer en ti el egocentrismo. Desde pequeño, continuamente estás escuchando que tienes que ser el mejor.

-¿Es un error?

-Depende del carácter de cada uno. Conforme están los niños hoy en la sociedad, no les puedes machacar, porque saldrían corriendo. Esta es una profesión para la que no puedes ser blandito, tienes que tener personalidad. Es mejor tocar con riesgo que estar pediente de si te equivocas.

-¿Cómo intenta alejar el ego?

-Es complicado. El entorno en el que te mueves cuando terminas de trabajar sigue siendo el de los músicos. Es como un tatuaje, forma parte de nuestro ADN, pero yo lo intento.

Con Serrat y Vicente Amigo

-¿Junto a quién ha tocado y ha sido un sueño?

-Por ejemplo, con el gran chelista Mischa Maisky. Fue un espectáculo. Pero también con artistas y músicos de otros géneros como Omara Portuondo, Vicente Amigo, Tomatito, Serrat... gente que está en el 'top', en lo más alto, y que, sin embargo, cuando hablas con ellos, te das cuenta de que son personas muy sencillas que, además, quieren aprender de ti. Eso les hace más grandes. Luego hay otros que no están a la altura pero vienen con un muro y es imposible acceder a ellos. Nosotros nos movemos por sentimientos, energía, pasión, si no, haríamos tejas, trabajos mecánicos; eso va contra nuestra naturaleza.

-¿Qué tiene la Orquesta Sinfónica de la Región que no tienen otras formaciones?

-Diría mejor qué es lo que no tiene. Posiblemente, nuestra orquesta, de las españolas, económicamente sea la última o de las últimas. Estamos intentando luchar para acercarnos a otras orquestas de España, pero es complicado porque no depende de nosotros, sino de decisiones políticas. No hay un interés real en la orquesta; de palabra se valora, se dice mucho y se hacen fotos, pero a la hora de dotarla de lo que realmente necesita no se hace nada, y llevamos ya 20 años de recorrido. Para mí es fundamental que la orquesta se considere como una de las entidades más importantes de la Región. Y necesitamos lo que tienen las otras formaciones: mejores sueldos, mejores programaciones, visibilidad, sentirnos valorados en nuestra propia casa. Lo que sí tiene es una gran profesionalidad y la capacidad de supervivencia. Hemos pasado por momentos difíciles y la relación entre los músicos es muy buena. Eso se transmite, de hecho, cuando vienen directores de fuera la orquesta responde enseguida. Muchos se quedan alucinados porque, como no han oído hablar de la orquesta, piensan que es una formación modesta.

-¿Qué nota le pondría a los políticos en sensibilidad musical?

-En 23 años he conocido a varios consejeros de Cultura. Y el último, [Javier] Celdrán, es el único que ha tenido un abono.

-¿Sonríe siempre?

-Me gusta sonreír. Es muy difícil verme con mala leche porque no me enfado con facilidad. Eso creo que se lo debo al instrumento, a la paciencia que me ha dado.

-¿Con qué disfruta mucho?

-Con el deporte. Me ayuda a desconectar. Suelo jugar al tenis y al fútbol sala, y voy al gimnasio, pero desde hace cinco años el deporte que más practico es sacar a pasear al perro, lo hago dos veces al día [ríe]. El resto de tiempo que me queda libre intento ir al cine o leer.

-¿Viaja?

-Sí. El año que no lo hago es como si no hubiera tenido vacaciones.

-¿Dónde ha ido y ha vuelto diferente?

-A Canadá. He estado varias veces. Es un mundo totalmente distinto: la comida, las costumbres... Desconectas mucho, aunque también lo haces en pequeñas escapadas a lugares más cercanos.

-¿Ha formado su propia familia?

-No, lo he intentado, pero de momento sigo en la búsqueda.

-¿Muchas decepciones?

-Sí. De eso podría hablar todo el día si quieres. No soy exigente, pero sí inquieto. Conforme van pasando los años, vas evolucionando, y si la persona que está a tu lado no lo hace, surge la brecha. Mi hermano tiene dos hijos, ha encontrado lo que buscaba, y mis amigos, la mayoría, tienen su pareja, sus hijos. Quizá a mí no me ha llegado el destino.

-¿Qué ha hecho por amor?

-Cuando estoy enamorado soy una persona peligrosa [ríe]. No me guardo los sentimientos. Pienso que no hay por qué esperar una eternidad para decir 'me gustas' o 'te quiero' si lo sientes.

-¿Dónde ha sido muy feliz?

-La felicidad no es siempre la misma, tiene distintos colores y hay que matizarlos. Soy feliz cuando estoy tocando y salen bien las cosas y también cuando me tomo una cerveza con los amigos, por ejemplo.

-¿Y por qué en los conciertos de música clásica visten siempre de traje?

-¡Eso lo pregunto yo también de vez en cuando! Sobre todo en verano [ríe]. Es más elegante y aporta seriedad, pero creo que asustamos un poco al público cuando vamos con frac. Y nosotros necesitamos enganchar a la gente para que venga al auditorio.

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