«En Murcia vivo tranquilo y feliz»

David Cal, director deportivo del Club de Piragüismo UCAM, fotografiado en el Mar Menor.
David Cal, director deportivo del Club de Piragüismo UCAM, fotografiado en el Mar Menor. / E. M. Bueso
David Cal. Medallista olímpico

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Si no fuese porque es una verdad admirable, no te creerías, viendo la sencillez absoluta con la que se mueve por la vida, que el piragüista David Cal (Cangas de Morrazo, Pontevedra, 1982) es el mejor deportista olímpico español de la historia. En Atenas 2004, logró el oro y la plata; en Pekín 2008, doble plata; en Londres 2012, de nuevo medalla de plata. En marzo de 2015, tras haberse trasladado a Brasil para preparar Río 2016, dijo adiós por sorpresa. Fue una conmoción. Ahora vive, «tranquilo y feliz», en Murcia, ciudad en la que se instaló para trabajar en el ambicioso proyecto deportivo de la UCAM.

-¿Qué le pasó con la Reina?

-¿Qué Reina?

«Pensé que me ahogaba seguro. Me escapé de milagro. Mis amigos ni se enteraron. Salí del agua y les dije: 'Que me voy'. Y me fui»

-Doña Sofía, no va a ser la ya difunta reina madre de Inglaterra.

-[Risas] ¡Ah, sí! Nada, cuando me bajé del podio [con su medalla de oro] en Atenas, me avisaron de que me estaba esperando para felicitarme. Yo me lo tomé a cachondeo, pensaba que estaban de coña. ¡Casi no voy!

-¿No le parecía importante lo que acababa de lograr?

-Bueno, sí, claro. Yo estaba contento, era un sueño cumplido, aquello estaba mereciendo la pena, mi familia se sentiría orgullosa de mí y eso me hacía feliz. Pero lo de que la Reina me esperase...; yo era un chaval de pueblo...; bueno, lo sigo siendo, de pueblo [risas], y no tenía costumbre de tratarme con reyes. Estuvo muy cariñosa. Me cae muy bien.

-Cuando lo propusieron en 2013 al Premio Príncipe de Asturias de los Deportes, ¿soñó con que se lo darían? [Finalmente fue para el golfista José María Olazábal]

-No, la verdad. Me pareció como que la cosa no iba conmigo. Hay muchos deportistas extraordinarios en el mundo. Yo no tenía esa conciencia de deportista extraordinario.

-¿De qué la tenía?

-De deportista luchador. Yo he sido un luchador, los logros que he tenido han sido por eso: por el esfuerzo, por la entrega, por la constancia. Eso no es extraordinario, esforzarse para mejorar y conseguir objetivos está al alcance de todos.

-¿Nunca se ha sentido especial?

-[Casi se sonroja] Mi madre me ha hecho sentirme a veces especial [risas], pero tampoco eso tiene mérito porque soy su hijo. No, especial no. Ni por encima de nadie, ni un ídolo, ni un superhéroe, ni un semidiós...; se decían tantas cosas. Siempre me he sentido una persona de lo más normal, un chaval corriente que tuvo la suerte de empezar siendo un niño a disfrutar como un enano con la piragüa. Yo no planifiqué mi vida. Fue llegando todo con naturalidad.

-¿Suele mirar mucho hacia atrás?

-No, he pasado página y está todo en orden. Hay cosas que me gusta recordar, pero no me lamento de que ya no se puedan volver a repetir. La de deportista fue una etapa en mi vida que ya pasó. Me interesan las nuevas etapas, lo que me espera. Creo que soy un tipo práctico: hay que aprovechar que la vida continúa y no creo que tenga mucho sentido estar dándole vueltas al pasado.

-¿Cómo se siente sabiendo que forma parte de la historia más gloriosa del deporte español?

-[Risas] Es que yo eso no me lo planteo, de verdad. Otra cosa es cómo te ve a ti la gente. Para mí es extraño. Recuerdo que cuando fui a Atenas, unos días antes pasé por casa de mis padres para hacer la maleta; iba por mi pueblo saludando a la gente como había hecho toda mi vida. Al regresar de las olimpiadas, ¡hostias!, era como si esa misma gente hubiese cambiado. Querían hacerse fotos conmigo, ¡me pedían autógrafos! Yo me decía: «Pero si soy yo, David, el chaval al que habéis visto crecer, llevo aquí toda mi vida. ¡Si me conocéis desde que era un enano y han pasado ya 21 años!'. Yo volví de Atenas siendo el mismo.

-¿Tampoco cuando se convirtió en un 'boom' mediático se le disparó la autoestima?

-Tenía la autoestima normal de un joven de 21 años. En mi casa fueron muy pesados [risas] inculcándome que lo mejor es ir por la vida con normalidad y que la sencillez es un valor. Yo me siento muy cómodo con la gente sencilla, es con la que quiero estar. No, no se me subió el éxito a la cabeza, ni se me llenó de pájaros.

-¿Era feliz durante todos esos años de entrenamientos tan duros?

-Sí, durante muchísimo tiempo sí. Ahora lo pienso y digo: «¡Joder, qué duro era aquello!» [risas]. Pero es que todo ocurrió de un modo normal. Empecé en el piragüismo con ocho años, ya ves, y a los 14 años me fui a un centro de alto rendimiento para deportistas jóvenes; ahí ya sí que empece a notar el cambio, pero entendía que si quieres conseguir algo, eso tiene un precio. Y, ahora, ya ves, voy al gimnasio y me cuesta todo mucho más haciendo nada [risas], aunque es cierto que estoy más fuera de forma que nunca.

-¿De niño ya era tan disciplinado y responsable?

-No, no, no. Eso se va trabajando. En mis primeros años, iba al club, jugábamos al béisbol, nos bañábamos en la playa, entrenábamos...; pasaba los veranos de maravilla. Después, vas dejando de bañarte, de jugar con los amigos, y todo se va centrando más en los entrenamientos. Y más, y más.

-¿Se imaginaba ganando medallas olímpicas?

-¡Qué va! Ahora los niños quieren ser como Ronaldo, o como Messi, tienen sus ídolos y quieren ser como ellos. Pero yo empecé en el piragüismo, como le decía, para pasar bien los veranos. Poco a poco fui esforzándome más y, con 16 años, competí en un campeonato internacional junior. Poco a poco fui haciendo cosillas.

-¡Cosillas, dice! ¿Cómo es usted?

-Tranquilo, pausado, con un ego no muy alto. Me gusta hacer mi vida sin llamar la atención, no me gusta sentirme observado, sigo siendo tímido. No tengo la necesidad de que la gente me conozca o me admire.

-¿Llegó a plantearse que si hubiese sido un futbolista o un tenista de élite podría ser millonario?

-Pues tampoco. Yo hice lo que me gustaba. Sabía que los futbolistas, los tenistas, los golfistas... cobran muchísimo más que los piragüistas, pero lo asumí. El dinero es una necesidad, pero no lo es todo en la vida. Si me hubiese movido por dinero no habría sido piragüista.

-¿En ningún momento se arrepintió de retirarse?

-No. Estaba entrenando en Brasil, a ocho mil kilómetros de casa, y empezaron a aparecer factores que restaban en lugar de sumar. No estaba bien, veía que tropezaba una y otra vez y me dije: «David, hasta aquí». No me sentía capaz de cambiar la situación. Perdí la motivación.

-¿Le costó mucho tomar la decisión?

-Llevaba toda la vida haciendo eso, y sí, fue una decisión complicada. Mi entrenador [Suso Morlán] me dijo que lo pensase bien, que no tomase una decisión a la ligera y que me iba a apoyar. Lo pensé bien, y una semana más tarde le dije: «Mira, que sí, que hasta aquí llegamos». Lo que sucedió es que saltó la noticia antes de que yo la hiciese pública, y se armó un gran revuelo. Me pilló desprevenido. Después, sentí que me había quitado como una piedra de encima, aunque estuve varios meses despertándome con una sensación extraña, como si me esperase el entrenamiento y yo me hubiese quedado dormido. Me costó cambiar el chip.

-¿Ha tenido sensación de fracaso?

-La verdad es que no.

-¿Fue al psicólogo?

-No, nunca utilicé psicólogos. Hace años, la Federación de Piragüismo tuvo un psicólogo. No sé si era bueno o no, pero a otros compañeros que sí fueron les decía: «Tú, si tienes malas sensaciones, si no estás bien, no entrenes». Y la gente empezó a dejar de entrenar y, claro, enseguida le dieron pasaporte. Al final, en todos los trabajos hay dificultades que hay que aprender a superar.

-¿Es complicado para convivir?

-Yo creo que no. No soy ningún cascarrabias y me acomodo bien. Me gusta ayudar y no crear problemas, creo que es lo mejor para mí y para todos. En Brasil, viví dos años con cuatro palistas brasileños en un apartamento. Eran muy divertidos. Nunca hubo ningún problema.

Oferta de la UCAM

-¿Cómo llegó a Murcia?

-Yo estaba patrocinado por la UCAM y siempre tuve buena relación con José Luis Mendoza [presidente de la Fundación San Antonio, que gestiona esta universidad católica]. Cuando dejé la competición, se volcó conmigo. «Para lo que quieras, aquí estamos», me dijo. Yo necesitaba tomarme unos meses sabáticos con mi familia, y le dije que me pensaría aceptar su oferta para venirme aquí a trabajar. Pasados esos meses, tenía varias ofertas profesionales interesantes en Galicia, pero necesitaba un cambio, el proyecto deportivo de la UCAM me gustaba y me apetecía y le dije que sí. Le estoy muy agradecido, aquí estoy muy a gusto, en el Servicio de Deportes y poniendo en marcha, como director deportivo, el Club de Piragüismo UCAM, del que forma parte Saúl Craviotto.

-Por cierto, que Craviotto, que ya ha conseguido dos oros, una plata y un bronce, ha dicho: «Aunque yo lograse seis medallas, David Cal seguiría siendo el más grande». ¿Cómo es su vida aquí?

-En Murcia vivo tranquilo y feliz. Es una ciudad preciosa y muy cómoda para vivir. Estoy a mil kilómetros de casa, pero hablo mucho con mi familia. Mi hermana pequeña vino a hacerme una visita y lleva aquí ya unos meses conmigo. Al principio, dejé el deporte totalmente de lado, pero ahora ya estoy haciendo alguna cosilla, porque tengo que perder unos kilillos, ponerme un poquillo más en forma. Voy al gimnasio, hago un poquito de cinta...; eso sí, suave para no reventar las articulaciones, porque a las rodillas, caderas y tobillos no les viene muy bien el sobrepeso. Hay que cuidarlos. Poco a poco.

-¿Por qué el sobrepeso?

-Entrenaba muchas horas al día, hacía una gran ingesta calórica, comía mucho porque tienes que comer bien para entrenar. Al dejar de hacerlo, seguía teniendo el mismo apetito, y el cuerpo, que dicen que es sabio, va acumulando lo que no se quema. Pero tampoco es para mí un gran problema. Nunca me ha obsesionado la imagen, me gusta estar bien por salud, no por estética. No soy coqueto.

-¿Con qué se le hace la boca agua?

-No soy muy exquisito para comer, como de todo. A ver, por ejemplo, con unos huevos fritos con arroz a la cubana o con una buena pizza.

-Cosas ligeritas.

-[Risas] Puedo decirle con una buena ensalada, si quiere, pero no es algo con lo que se me haga la boca agua.

-¿Vive acompañado?

-No, no tengo pareja en estos momentos. A lo mejor cuando pierda unos kilos [risas]. No pasa nada, estoy en una etapa en la que no tengo pareja y no es ningún drama. Tampoco es que esté yo buscando nada. Si aparece, bienvenida sea.

-¿Qué no soporta?

-A la gente que se está quejando siempre, echándole la culpa de todo a la mala suerte, a los demás, a todo. La gente negativa no me suele gustar.

-¿Qué tiene claro?

-Si la cabeza no funciona, el cuerpo tampoco.

-¿Qué más?

-Un día me moriré. Nadie es inmortal. Y ese día seguro que no va a ser el fin del mundo.

-¿La sintió cerca alguna vez?

-Muy cerca. Un día que fui a surfear con unos amigos porque me dijeron que había buenas olas. Me despiste, una ola rompió antes de tiempo, me cogió y a partir de ahí lo pasé mal. Hubo momentos en los que ya no podía aguantar más sin aire, ahí sí que me puse muy nervioso. Cuando conseguí sacar la cabeza y coger aire, otra ola me volvió a coger y me arrastró hacia abajo, toqué fondo, me quedé agazapado esperando que pasase, saqué la cabeza, cogí aire, llegaron más olas, los acantilados estaban a unos metros. Pensé que me ahogaba seguro. Me escapé de milagro.

-¿Y sus amigos?

-Ni se enteraron. Cuando salí del agua, les dije: «Que me voy». Y me fui.

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