Clemente García: «El gran error de mi vida ha sido el tabaco»

Clemente García, en su casa de Campoamor.
Clemente García, en su casa de Campoamor. / Guillermo Carrión / AGM
ESTÍO A LA MURCIANA

Clemente García. Vicepresidente de la Fundación CAM

Rosa Martínez
ROSA MARTÍNEZ

«Yo ya soy un hombre amortizado», afirma Clemente García (Olula del Río, Almería, 1936), alcalde de Murcia en los años previos e inmediatamente posteriores a la Transición, exsecretario general de Croem (Confederación Regional de Organizaciones Empresariales de Murcia), a cuya dirección dedicó, recuerda, 33 años de los 81 que ya atesora; actual vicepresidente de la Fundación Caja Mediterráneo (CAM), esposo, padre de tres hijos y siete veces abuelo. «El gran error de mi vida -reconoce sentado junto a la mesa camilla del salón de su casa, en Murcia- ha sido el tabaco».

-¿Fumaba mucho?

1-¿Un sitio para tomar una cerveza?
-Café Bar Gran Vía, Alfonso X, en Murcia.
2-¿Un concierto inolvidable?
La ópera 'Madame Butterfly', en el Auditorio Víctor Villegas.
3-Un libro para el verano.
'La caída de los gigantes', de Ken Follet.
4-¿Qué consejo daría?
-No me des consejos, que equivocarme sé yo solo.
5-¿Cuál es su copa preferida?
Güisqui con hielo.
6-¿Le gustaría ser invisible?
Para nada.
7-¿Un héroe o heroína de ficción?
-El guerrero del antifaz.
8-Un epitafio.
No me gustan los epitafios.
9-¿Qué le gustaría ser de mayor?
Joven.
10-¿Tiene enemigos?
-No los percibo, pero me imagino que alguno habrá.
11-¿Lo que más detesta?
-La hipocresía.
12-¿Un baño ideal?
En una playa con poca gente.

-Sí, de dos a tres cajetillas diarias. Hace ocho o nueve años que lo dejé, pero creo que llegué un poquito tarde. Me he cuidado, porque he sido un hombre deportista, y he practicado el fútbol, el tenis, el balón-volea, el baloncesto y el balonmano, y eso significa cuidarse, pero también he fumado.

«Me dicen que estoy estupendo y que tengo una pinta fenomenal»

«La Región está jorobada: el agua no parece que tenga una solución fácil, y luego está el aeropuerto, el tren...»

-El deporte y el tabaco no son demasiado compatibles.

-Por eso era un mal deportista [ríe]. En el colegio formaba parte del equipo de los Maristas, y ahí sí nos partíamos la piel con el resto de institutos.

-¿Ahora se cuida?

-Me cuida mi mujer, que es un ángel. Quizá he sido un poco insensible a esa realidad en épocas anteriores, y esta es una de las lecciones que se aprenden. Cuando llega el momento de necesitar a los tuyos, yo los he tenido, empezando por mi mujer.

-¿Cómo se encuentra de salud?

-Muy bien. Yo ya soy un hombre amortizado, pero si tengo que contestar por lo que me dice la gente, diría que estoy estupendo y que tengo una pinta fenomenal. Y efectivamente me encuentro bien. El equipo médico ha suscitado en mí una confianza doble: primero, [me ha ayudado a] aceptar lo que venga y a convivir con ello con naturalidad, y en segundo lugar, a comprender que estas cosas se pueden resolver poniendo todo de tu parte.

-¿Usted no se jubila?

-Estoy prácticamente jubilado. Lo que ocurre es que la jubilación no consiste en sentarte en la puerta de tu casa y ver pasar el resto de tu vida. La jubilación tiene que tener otras ilusiones. Por ejemplo, ser útil para los demás.

-¿Ese es el motivo por el que aceptó la vicepresidencia de la Fundación CAM?

-Cuando la caja estaba ya intervenida, me llamó el entonces consejero [de Economía y Hacienda] Juan Bernal para formar parte de la comisión gestora. La obra social de la CAM no tenía fundación, era la propia caja la que la llevaba adelante, y había que crearla. Cumplimos el mandato y de ahí salió el equipo para Murcia, encargado de gestionar los intereses de la Región.

-¿Qué le ilusiona de su trabajo en la Fundación?

-Tres cosas: la primera enseñar a los murcianos el patrimonio cultural que durante 140 años fue atesorando la antigua caja; segundo, ayudar en las áreas de mayor necesidad; y tercero, apoyar el mecenazgo. Estamos buscando proyectos de investigación, fundamentalmente de salud, que podamos financiar.

-¿De qué está orgulloso?

-De mi familia.

-¿Por qué?

-Hace unos días le decía a mi mujer: 'Oye, aunque te parezca una cursilería, me estás enamorando otra vez'. Es a base de los pequeños detalles como te das cuenta de la intensidad con la que vives y de la atención que te dedican los tuyos. Estoy también orgulloso de mis nietos, que son todos unos estudiantes fenomenales.

-¿Cuántos tiene?

-Siete. Dos han hecho la selectividad este año y han sacado unas notazas.

-¿Es un buen abuelo, o fue mejor padre?

-Ser padre conlleva una responsabilidad y al abuelo, lo que le te toca es maleducar, entre comillas, a los nietos.

-¿Usted los ha maleducado mucho?

-Lo que he podido [ríe].

-¿Qué etapa de su vida recuerda como más dura?

-Es que las he tenido difíciles. Verás, yo pretendía ser médico pero no fue posible porque en mi casa no existían los recursos necesarios para ir a estudiar a Valencia, Granada o Madrid, que era lo más próximo. Me refugié en Derecho, y puedo decir que fue un acierto total y absoluto. Luego, cuando terminé la carrera, pretendía ser abogado del Estado, pero una enfermedad me hizo desistir.

-¿Qué enfermedad?

-Unos quistes de ganglio que me provocaban fuertes dolores de cabeza. Fue mi madre quien me dijo que en la diputación provincial se iban a convocar unas oposiciones de técnico jurídico, y que si le prometía que después iba a seguir con la abogacía del Estado, que me presentara. Saqué la oposición con holgura pero ya no volví a coger el programa de abogado del Estado. Después vino la etapa política. Trabajaba en el área local cuando me dijo el gobernador: 'Vete a Madrid que te está esperando el ministro. Si te da el visto bueno serás el alcalde de Murcia'. ¡Buff! Aquello me puso los pelos de punta porque entonces tenía solo 35 años. Eran una provocación y un reto tremendos. Yo no pertenecía a la elite murciana, era un funcionario con un gabinete abierto al público y nada más. Estuve aguantando la presión desde 1972 hasta el 79, que me retiré.

-¿Qué ocurrió después?

-Vinieron a buscarme los empresarios. Era impensable. No se podía entender que saliendo de la corporación municipal se me pudiera elegir a mí como secretario. A la Confederación le dediqué 33 años de mi vida. Me pilló la transición con los sindicatos, la revolución social y la evolución de la cultura empresarial; de modo que elige tú cuál es mi etapa más difícil.

Presunción de inocencia

-¿Cómo ve hoy la Región?

-Jorobada. Estamos en un momento difícil: el tema del agua no parece que tenga una solución fácil, y luego está el aeropuerto, el ferrocarril y la financiación autonómica. Veo el tema con cierta preocupación porque, además, lo que echo de menos es el sentido de unidad que debemos tener todos los murcianos, independientemente de la ideología política, para tener una posición única en Madrid. Si a Madrid vamos divididos, les estamos dando todas las ventajas para que resuelvan como les dé la gana.

-¿Qué opina de la corrupción?

-La corrupción, la real, la auténtica, la que se puede demostrar, no tiene perdón. Otra cosa es que a cambio de la corrupción nos hayamos cargado derechos fundamentales de la persona como la presunción de inocencia. Estamos condenando a gente que después está resultando absuelta. Por tanto, corrupción cero, pero defendamos también los derechos de las personas.

-¿Qué más le parece reprochable?

-La hipocresía, la soberbia, la mala fe. El abuso, donde quiera que esté, no es permisible en una convivencia, por eso hay que recuperar los valores básicos de la sociedad, empezando por la familia, la educación, el respeto a la persona, la profesionalidad, la lealtad.

-¿De qué no le podrán tachar?

-De no ser honesto y de no haber puesto al servicio de Murcia cuanto he llevado dentro. Para mí, aparte de mi mujer, el municipio y la Región son valores principales.

-¿A quién le debe mucho?

-A mi madre. Tenía diez años cuando murió mi padre, y ella se echó a la calle para ocupar su puesto. No tenía más interés que el que yo estudiara, lo hacía entonces en los Maristas y logró que continuara con una beca. Me ha cuidado tanto que, cuando era alcalde y mi familia estaba en la playa, me llamaba al teléfono de la Alcaldía y me decía: 'Avísame cuando vayas a salir que ponga a freír las patatas para que no se enfríen'.

-¿Con qué sigue disfrutando como si fuera un niño?

-Con el deporte. Me gusta ver el fútbol, previa pelea con mi mujer [ríe], y a Nadal, que me parece un ejemplo de nobleza, entereza y honestidad increíbles. Me gusta también ver a un crío bailar la peonza. Nosotros jugábamos al pique, el que perdía ponía su zompa; había que darle, y si lo hacías bien, la rajabas. En el ámbito profesional, me gusta investigar. Ahora me interesa cómo puede afectar a los derechos de la persona la eutanasia.

-¿Por qué precisamente este tema?

-Por el respeto a la persona. Creo que no tenemos derecho a disponer de la vida de los demás, debe ser la propia persona la que debe de hacerlo. Y hay fórmulas, como es el testamento vital.

-¿Es creyente?

-Sí, y lo necesito. El ser humano necesita creer. En una ocasión escuché a alguien decir que si supiéramos con certeza que no hay nada detrás de este mundo, este mundo sería capaz de generarnos claustrofobia.

-¿Cuál ha sido el amor de su vida?

-Mi mujer. Antes de conocerla tuve un par de novias pequeñicas, pero sin importancia.

-¿Qué admira de ella?

-Lo que me quiere. Muchas veces no encuentro razón para que lo haga con esa intensidad.

-¿El mundo funcionaría mejor si hubiera más amor?

-¡Seguro! Hay una frase de la madre Teresa de Calcuta que decía: 'Si los políticos vivieran más tiempo de rodillas, este mundo sería mejor', y es verdad.

-¿Qué le da fuerzas?

-Levantarme sabiendo que tengo que hacer algo. No me acuesto ningún día sin saber lo que voy a hacer al siguiente.

-¿Le asusta cumplir años?

-No, porque he vivido tan intensamente que he llegado a un momento de mi vida en el que tengo que aceptar las cosas como son.

-¿Vive tranquilo?

-Vivo relativamente tranquilo, con mis preocupaciones.

-¿Qué le quita todavía el sueño?

-La indolencia de la sociedad. No sabemos responder a las demandas que nos están haciendo determinados colectivos.

-¿El mundo está cada vez más loco?

-Este mundo no está bien. Solo hay que echar un vistazo y ver lo que está pasando a nuestro alrededor.

-¿Qué le emociona?

-Soy un blandengue, me emocionan los sentimientos de las personas. No puedo ver llorar a nadie.

-¿Madrid o Barça?

-Ninguno de los dos. Soy del Atlético de Madrid.

-¿De qué está convencido?

-De mi fe. Sin fe no se puede caminar en este mundo.

-¿A qué no se resiste?

-A la sal. Me gusta el bonito, la hueva y la mojama, pero no me dejan. Con lo que no puedo es con la carne de ave: ni pollo, ni perdiz, ni codorniz, ni paloma.

-¿Y eso?

-Viene de la infancia y no me lo han explicado nunca, pero la realidad es que ver esos bichos me provoca hasta náuseas.

-Pues el pollo está muy rico.

-¡Eso me dicen! [ríe].

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