Esposado a la rima disonante

Víctor Jerez, con su libro de poemas en plena lluvia de agosto en San Pedro del Pinatar. / A. Salas
Víctor Jerez, con su libro de poemas en plena lluvia de agosto en San Pedro del Pinatar. / A. Salas
PROPIOS Y EXTRAÑOS

Víctor Jerez, policía municipal y poeta, 37 años con pistola y sin pegar un tiro. Escribía versos en los folios desechados del Ayuntamiento: «A veces he querido ser Charles Bronson»

Alexia Salas
ALEXIA SALAS

El pequeño Víctor, nieto de salinero pinatarense, se hizo una pistola tallada en un viejo taco de madera para jugar a los indios y los vaqueros por los páramos antes despoblados del Mar Menor. Unos años más tarde, los delincuentes habituales de San Pedro del Pinatar empalidecían al verlo en los pasillos del supermercado: «Uno que teníamos fichado se quedó de piedra cuando me encontró en Mercadona haciendo la compra. Llevaba varias botellas para robar», cuenta Víctor, 37 años con pistola al cinto y sin estrenarla más que en la galería de tiro. «La he sacado varias veces para intimidar», resume una vida entera de vigilias y equilibrios entre el instinto y la cordura.

Recuerda que «de joven me encantaban las películas policíacas» y se imaginó a sí mismo con bigote y placa, aunque «la realidad luego supera la ficción». De hecho, a veces incluso desborda hasta el alma más disciplinada: «Lo que más me ha afectado es el maltrato. Ir a una casa de noche y ver a unos niños que han sufrido. A veces me dieron ganas de ser Charles Bronson», se sincera Víctor, que encontró en los versos su analgésico para los males invisibles, los indetectables con escáner.

Quién
Víctor Jerez García.
Qué
Policía municipal y poeta.
Dónde
San Pedro del Pinatar.
Gustos
Pasear, los animales y la poesía.
ADN
Romántico.
Pensamiento
«Mi abuelo me inculcó que la palabra dada vale más que la misa de los curas».

«Siempre me gustó la poesía. En las tardes de retén, cuando todo estaba en calma y solo tenía que vigilar las pantallas de seguridad y coger el teléfono, escribía versos en el envés de los folios del reciclado del Ayuntamiento», logró Víctor inspiración en la prosaica oficina municipal. En horas de fragoroso silencio escribió: «Sigo mi andar, / solo y desolado / como el bosque quemado». «No busco la armonía del diccionario, sino el lenguaje de las personas sencillas», se define el poeta, para quien «las palabras del poeta estudioso son armoniosas, pero yo empecé a trabajar a los 10 años». Era aquel niño aún sin barba ni espinas, con una pistola de madera bajo la almohada, que de noche se iba a coger zanahorias con el abuelo, cuyas manos deformes y ojos quemados por el trabajo en las salinas describe Víctor en su poemario. «Me daba cuenta de lo que trabajaba mi abuelo, así que de madrugada me iba a segar alfalfa para que la comida de los animales no costara nada. Teníamos gallinas, conejos, cabras y yo era muy feliz», cuenta el poeta de la vida antes del wifi.

«He aprendido a escuchar a todo el mundo, por eso sé que el culpable es el que más se llena de razones»

Del viejo salinero, ciego del reflejo del sol en la insoportable claridad del paisaje de sal, se quedó con enseñanzas que ha aplicado de uniforme: «Mi abuelo me inculcó que la palabra dada vale más que la misa de los curas. Y no me pegó nunca. Cuando hacía alguna trastada me hablaba», se quedó en él el salinero.

Han puesto a prueba a Víctor a lo largo de los años los delincuentes conocidos y las autoridades respetables: «Una vez detuvimos al mismo ladrón tres noches seguidas. Se burlaba cuando nos lo cruzábamos juntando las manos como esposado. Lo pillaba robando, lo llevaba al juez y este lo soltaba, y así tres días seguidos». Con temple aprendió Víctor a «escuchar siempre a todo el mundo, por eso sabes que el culpable es el que más se llena de razones» y a «dejarme todo fuera al quitarme el uniforme».

Sigue viendo películas de revólveres y traidores, pero con el tiempo los suburbios americanos y el lejano oeste le han hecho hueco a los idilios de sotobosque. «A veces he escrito versos en que parezco enamorado, aunque era imaginación. Hablaba sobre todo de soledad y desamor, aunque en los últimos se ve más luz», quería vestirse Víctor de palabras hasta lograrlo. Con la jubilación por delante, «me quitaré los tres kilos de peso del cinto y la pistola, que le vendrán bien a mis hernias discales y mi rodilla sin menisco», imagina una vida que al fin le empieza a rimar.

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