«No soy nada agresivo; soy un osito dulce»

Carlos S. Olmo Bau, fotografiado en Murcia bajo la lluvia. / Vicente Vicéns / AGM
Carlos S. Olmo Bau, fotografiado en Murcia bajo la lluvia. / Vicente Vicéns / AGM
ESTÍO A LA MURCIANA

Carlos S. Olmo Bau. Profesor de Filosofía y escritor

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Unos versos suyos dicen: «Atrás quedó el tiempo de las lágrimas de sangre. / Toca ahora deshojar primaveras, desnudar veranos, / atardecer otoños». Carlos S. Olmo Bau (Vilafranca del Penedés, 1970), es profesor de Filosofía y escritor, agitador cultural y social y propenso al enamoramiento. «¿Acaso hay algo más cuerdo que amar con locura?», pregunta.

-¿Por qué lleva bastón?

-Tengo una necrosis en las caderas desde hace más de dos años, ¡ya soy un adicto al nolotil! Duele bastante, sí, pero durante un largo tiempo tuve que utilizar dos muletas y ahora me apaño solo con un bastón. Eso no quiere decir necesariamente que esté mejor, sino que me he adaptado a la situación y le he echado muchas ganas de estar bien. No quiero perderme los planes que me ofrecen los amigos.

«Si hay comportamientos que van frenando la clase, a lo mejor les digo: 'Vamos a ver si somos capaces de desmostrarnos a nosotros mismos que no somos más estúpidos que ayer'»

-¿A veces qué?

-A veces no me puedo sentar ni levantar de la taza del váter, y otras veces, cuando mantengo relaciones sexuales, me digo a mí mismo que estoy practicando una nueva variante del sadomasoquismo, porque no necesito que nadie me arañe para que me duela [risas]. Pero me lo tomo con humor y, eso es lo más importante, tengo gente cerca que también le echa paciencia y me acepta así. Estuve un tiempo muy cabreado y muy metido en mí mismo, pero ha podido más querer seguir disfrutando de la vida.

-¿Cuál es la clave?

-Aceptar las cosas como son y, muy importante también, enfrentarte a ellas. No me contento con mis dolores, con que me limiten. Puedo aceptar que no voy a hacer montañismo, o que no voy a hacer kilómetros en bicicleta -que me encantaba utilizar para desplazarme-, pero sí que quiero recorrerme la Alameda de San Antón de Cartagena y, desde luego, quiero seguir trabajando porque me encanta dar clase y en ningún momento he pensado en dejar el instituto. Yo acepto los límites pero me enfrento a ellos.

-¿A qué tiende?

-Soy una persona que tiende mucho a la melancolía, a la tristeza, a ponerme serio y a encerrarme en mí mismo. Pero cuando te das cuenta de que tu comportamiento afecta también a personas que tienes alrededor, intento salir de ahí. Es entonces cuando el humor, incluso el reírte de ti mismo, viene muy bien. También es útil en las clases; por ejemplo, jamás se me ocurriría decirle a ningún alumno o alumna que es un estúpido o una imbécil, jamás. Pero si hay comportamientos que van frenando la clase, sí que a lo mejor les digo: 'Vamos a ver si somos capaces de desmostrarnos a nosotros mismos que no somos más estúpidos que ayer'. Y ese incluirme yo, que muchas veces estoy igual de espeso que mis propios alumnos y alumnas, relaja el ambiente y las cosas fluyen mejor.

-¿Qué ha merecido la pena?

-Tengo dos hijos ya mayores, de una relación anterior, de los que estoy muy orgulloso. He vivido la experiencia de ser yo el que dio el paso para alejarse de la relación de pareja, con lo cual eso me alejó también de lo cotidiano de sus vidas, aunque ellos me dicen que siempre he estado ahí. Sé que me he perdido muchas cosas de sus vidas, pero lo importante es que los hijos te tengan como referente, quiero decir como un buen referente, aunque sin obviar todas tus contradicciones y tus errores. Mis hijos han visto y saben que soy una persona luchadora, amante de la cultura, con inquietudes sociales y políticas. Y que intento ser honesto conmigo mismo, algo que es muy difícil y que es más un horizonte que una realidad; a todos nos cuesta muchísimo serlo, pero debemos intentar estar cómodos con las decisiones que tomamos, practicar la intolerancia con los intolerantes y ser empáticos con la gente. Conocen bien mi pasado y mi presente vinculados al ecologismo, primero, y al antimilitarismo después. Cuando mi hijo Juan nació, yo ingresé en prisión por insumisión al servicio militar.

-¿Qué les ha intentado inculcar?

-Esa idea de rebeldía que implica no aceptar el mundo tal cual está. No es cierto que las cosas son como son y no hay nada que hacer; las cosas se nos imponen, nos vienen dadas, y claro que se pueden cambiar, aunque cueste horrores. Siempre que te propones mejorar algo, para ti y para los demás, pensando en un colectivo o en la sociedad en general, está claro que arriesgas siempre algo. Pero entre los valores que defiendes y los riesgos que corres, pesan siempre más los valores que defiendes.

-¿De qué no tiene la sensación?

-De estar solo, aunque ahora no tenga una pareja estable. En los últimos años, además, mis parejas y yo mantuvimos activas cada uno su casa. Ahora no veo muy claro lo de volver a convivir en la misma casa con otra persona.

-¿Por qué?

-Pues no lo sé. Y digo que no lo veo muy claro porque yo no suelo descartar las cosas de antemano.

-¿Qué no le gusta de usted?

-Mis miedos, incluido el que a veces tengo de mí mismo, de mi tendencia a encerrarme y a experimentar una sensación de incomodidad muy profunda. Una sensación que, en ocasiones, me paraliza y afecta a mi entorno. Y tampoco me gustan mis contradicciones y determinadas tendencias que tengo a algunas depedencias. Yo he luchado mucho, y sigo teniendo que luchar mucho, por no caer en dependencias, a base de cervezas, como la del alcohol. Tienes que saber reconocerte en esa especie de debilidad y decirte a tiempo: '¡Para!'. Tampoco me gusta caer en dependencias afectivas, ni no saber cortar determinadas relaciones que son tóxicas.

«Hasta aquí»

-¿Qué tiene a favor?

-La suerte de tener muy buenas amistades. Personas muy importante en mi vida que me dicen: 'Carlos, hasta aquí'. Personas que están muy cerca o que, a causa de los recortes, han tenido que emigrar por razones económicas y ahora están en Briston, Mánchester, París... La buena compañía es fundamental.

-¿Qué ha sido siempre?

-Un pato mareado bailando. Bailo fatal, ¡con lo que me gusta ver bailar a los demás!

-¿Qué prefiere?

-La risa de mis hijos a la mejor música del mundo.

-¿Ha estado a punto de morir?

-Algunas veces lo he deseado.

-¿Deseado?

-Sí. Pero, vuelvo a decirlo, tengo mucha suerte con las personas que tengo en mi vida, y además he podido mirarme al espejo y decirme: 'No es el momento'. Estos pensamientos también hay que ponerlos encima de la mesa. Muchas veces, está claro que necesitamos ayuda, incluso ayuda profesional. Hay momentos en los que la cabeza le da vueltas a esa idea de la muerte aunque no haya razones para ello. En el fondo, morir es fácil, lo difícil es vivir. Cuando han llegado esos momentos puntuales de absoluta oscuridad, siempre ha terminado venciendo la convicción de que hay que seguir viviendo para volver a enamorarse. Imagínese, hay personas maravillosas a las que no hubiese conocido, y mis hijos se habrían acordado de toda mi raza... Podemos llegar a ser muy egoístas, pero es positivo tener claro que nuestras contradicciones pueden llevarnos a situaciones así. Ya tengo muy claro lo que no quiero hacer. ¿Ve esta sonrisa que me acompaña? Aparece porque estoy visualizando las caras de la gente que es importante para mí.

-¿Qué reconoce?

-Que los autores que me gustan, como es el caso de Walter Benjamin y Siegfried Kracauer, son pensadores que tienden a la melancolía y a la tristeza.

-¿Qué hacemos en esta vida?

-Creo que era Woody Allen el que decía algo así como '¿quiénes somos y de dónde venimos, que traemos los pantalones tan arrugados?' [risas]. Pues, mire, vivir hasta que se nos acaben las pilas. El caso es que dedicamos buena parte de la existencia a aprender a vivir, y que se nos empieza a acabar el tiempo cuando ya tenemos tres o cuatro ideas más o menos claras. La vida hay que disfrutarla y que tomársela en serio, porque no tengo muy claro que vayamos a tener otra oportunidad. Yo soy materialista romántico: importa el aquí y ahora, y para todo lo que queramos hacer y cambiar, el momento es ahora.

-¿Qué no tiene vuelta de hoja?

-Puedes hacer con tu cuerpo lo que te dé la gana, pero si te vas a inmolar, hazlo en un lugar donde no pongas en riesgo a nadie.

-¿Qué le resulta alarmante?

-Por ejemplo: el problema fundamental de la violencia de género es que en el fondo, en el sustrato moral último, se acepta.

-¿Alguna certeza?

-Creo que no.

-¿Qué es usted?

-Aunque no soy muy optimista, sí que soy muy entusiasta. Le pongo mucho entusiasmo a tratar de que las cosas mejoren, y también a las cosas que me emocionan. Tenemos que ser capaces de llevar en parejo razón y emoción; no hay razón sin pasión, y la pasión muchas veces tiene que dejarse gobernar un poquito por la razón. No se pueden defender determinadas ideas sin pasión, no se pueden defender los Derechos Humanos sin pasión; y hay que vivir, aunque sangres, manejando las emociones. No puedo pensar en la vida sin amor, me reconozco muy enamoradizo.

-¿Qué tiene comprobado?

-Que para sacarme de mis casillas tiene que producirse una situación muy, muy, muy tensa.

-¿Qué le han llegado a preguntar?

-¿Trabajas de portero en una discoteca? [Risas]

-¿Qué no es?

-Agresivo, no soy nada agresivo, Me encantan los abrazos, las caricias, que nos toquemos, que nos queramos. Vivir sin afecto, sin darlo y sin recibirlo, sería como la muerte en vida. Soy un osito dulce.

1 -¿Un sitio para tomar una cerveza?
-El Sitico. En Murcia.
2 -¿Un concierto inolvidable?
-¡Un postconcierto de Rosendo en Molina!
3 -Libro para el verano
-Estética sin territorio', de Siegfried Kracauer.
4 -¿Qué consejo daría?
-Enamórate.
5 -¿Cuál es su copa preferida?
-Cerveza.
6 -¿Le gustaría ser invisible?
-No.
7 -¿Un héroe o heroína de ficción?
-Corto Maltés.
8 -Un epitafio
-'Quién sabe, si tras nuestro dolor, la vida se hace cada vez más habitable'. [Unos versos de Cristina Morano]
9 -¿Qué le gustaría ser de mayor?
-Adulto.
10 -¿Tiene enemigos?
-Claro.
11-¿Lo que más detesta?
-Mis miedos
12 -¿Un baño ideal?
-Desnudo.

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