De costa a costa

Aarón Sáez
AARÓN SÁEZ

Supongo que en determinados momentos de la historia, de la evolución, del progreso, de la pasta que ganas y de la alegría, es complicado sacar el ancla, buscar amarre, o pensar las cosas al menos tres o cuatro veces.

Yo supongo que decir ‘que ¡no!’ a lo que nos lucra a todos, nos da para regalos a los sobrinos y para que el arroz lleve gambas en vez de panga, hombre ya, debe ser una faena.

Yo quiero pensar que ahora sabemos más que antes, pero menos que mañana, y que desde la barrera se ven los cuernos como si no fueran los tuyos propios, y que, claro, poner la venda antes que la herida, la mayoría de veces tampoco es que sirva de mucho.

Incluso yendo muy hasta el final de nuestro propio ego, medito en mi tranquilo retiro mental que las historias son para repetirlas una vez y otra y hasta que te canses, y aún así podríamos llegar a insistir un poquito más todavía.

Yo quiero creer que como también soy de la costa del Levante, nací en el Mediterráneo y esas cosas, seguramente no hubiera sabido ponerme en mi sitio, no levantar tantas alturas, no edificar tan cerca de la playa y, por supuesto, haber tenido eso que los enteradillos llaman visión de futuro.

El caso es que sin echarle la culpa a nadie, yo vengo de pasar unos días en los pueblos cercanos a Cádiz, que si Conil, que si Barbate, que si pueblo blanco, que si dos alturas como mucho, que si el Atlántico, que si pescaíto y buen atún, que si cero agobio, que si los pisos altos bien lejos, que si no se me acerquen a la orilla que me manchan, tíos sucios, y claro, uno se queda durmiendo la siesta pensando cómo sería nuestra queridísima costa del Levante si hubiéramos tenido algo más de paciencia, sentido común, o querencia por la arena que pisábamos.

Ahora, también te digo, en los pisos lata de anchoa de Torrevieja caben muchos más rusos con escopetas y cocaína que en toda la provincia de Cádiz, y eso también deja réditos. ¿O no?

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