cLAIRE uNDERWOOD

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

Por primera vez me siento atraído por una mujer. Y esto es un sinvivir. Soy un azogue. Mi familia está preocupada. Una desazón terrible me está tomando por dentro, y no hay nadie que me haya hablado de un remedio. ¡Solo me ofrecen venenos! Ella es un demonio, pero es tan talentosa y práctica, tan magnífica en su compostura, que no puedo dejar de quererla. No llega a ser tan petimetre como Carla Bruni en las escalinatas de la Zarzuela, pero por ahí van los tiros. Qué le vamos a hacer. He caído en los brazos de una 'femme' fatal. En la intimidad es maniobrera y temible, y ante el público se muestra cándida y correcta. Claire Underwood es uno de esos caracteres que recordaremos por mucho tiempo. Porque es la definición de una personalidad túrbida, incluso sospechosa de casi todo, pero a la vez es pura seguridad, arrolladora y seductora, además de un prototipo de obstinación. Lo que quiere lo consigue. En la ficción ('House of Cards') es la primera dama de los Estados Unidos y soporta a un tipo maquiavélico, Francis Underwood, presidente de rebote, otro que tal baila. Uña y carne son los dos con un propósito: mantenerse en lo alto de la política, y conseguirlo a toda costa, pasando por encima de quien sea, y como sea. Pero siempre juntos. Aunque abracen a otros amantes, aunque sean, como hoy dicen, pareja abierta que tolera hasta lo intolerable. «Amo a esa mujer. La amo más de lo que los tiburones adoran la sangre». Eso dice él. La hipocresía de la política está perfectamente reflejada en esta serie. Veo en ella a hombres y mujeres conocidos, con los que hablo y me doy la mano y pongo a menudo las dos mejillas. Ahí fuera hay mucho de telerrealidad, de apariencias (postureo postmoderno), de esfínteres descontrolados y de chaladuras, por qué no. Porque el mártir se hace. Porque nada es gratis. Porque es más fácil que nunca desafiar y ser retado. Porque el éxito es, como alardean los Underwood, una mezcla de preparación y suerte. «Porque la justicia no existe: solo partes satisfechas». Señor, ten piedad de nosotros. Sobre todo de los periodistas que somos apetitosa carne de perro.

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