Entre cápsulas y calderos

Gregorio Mármol
GREGORIO MÁRMOLCartagena

Lo mejor de que se acabe el verano es recuperar una rutina que nos hace más infelices, pero más delgados. Restablecemos horarios y dejamos atrás días de anarquía alimentaria profesada en muchos casos por obligación, si toca ejercer de 'rodríguez', aunque también por pura desidia estival.

A partir del domingo son todo buenos propósitos de hacer dieta y algo de ejercicio para reducir el volumen de una panza bien definida a base de interminables maratones en chiringuitos y terrazas. Vida sana hasta que llegue diciembre, la otra época crítica del año. Quizás por lo que nos viene reparo en que ahora no dejan de abrir tiendas de complementos alimenticios cerca de donde no paran de cerrar quioscos. Tienen en sus escaparates unos enormes botes de complementos que los musculitos deben tomar como antes Popeye comía espinacas. También proliferan en los supermercados, cerca de las hamburguesas vegetales, las galletas de espelta y de las hojas secas de estevia, ese endulzante de moda que sabe a demonios.

En la década de los ochenta, cuando la gente hacía conjeturas sobre inventos que nos harían más cómoda la existencia en los albores del tercer milenio, se especulaba con la comida encapsulada. En teoría ya no habría que cargar con kilos y kilos de productos en los supermercados para proporcionarnos un alimento completísimo que, además, tendría la propiedad de no engordar. Pero, como además de química, la vida es física y algo de poesía se dieron cuenta de que para dar a una persona todos los nutrientes que necesita debería tomar unas quinientas pastillas cada día. ¿Lo imaginan?

Ante tal tesitura, los investigadores siguen a lo suyo, fantaseando con alimentos futuristas, pero conscientes de que por mucho tiempo tienen la batalla perdida salvo si trabajan para la NASA. Es imposible que al caldero de arroz de Calasparra y mújol de Portmán le surja un competidor en el laboratorio. Y menos si se toma en un lugar mirando al mar, pensando en los veranos que nos quedan por vivir.

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