Cámara de gas casera

Daniel Vidal
DANIEL VIDALMurcia

Llegas a tu refugio al final de un día en el que sientes que has vuelto a levantar un trozo de este presunto estado plurinacional llamado todavía España y después de esquivar a dos tontos, cuatro tontos motivados, hordas de macarras, algún que otro listo y varios exaltados. O exaltadas, no se vayan a enfadar algunas o algunos. Y resulta que el último 'tocapelotas' de la jornada se cuela en casa por la ventana en forma de amenazante mosquito cabrón.

No fue hasta el pasado 28 de junio cuando los contribuyentes murcianos nos liberamos de trabajar únicamente para pagar impuestos (y parte de la vida hiperacomodada de algún que otro chupóptero público, que al final casi todo se acaba sabiendo). Fue el llamado 'día de la liberación fiscal'. Pero lo que uno nunca se espera, a lo que nadie en su sano juicio se termina de acostumbrar en esta vida llena de entomólogos, sociólogos y analistas de lo que se tercie por la gracia de Twitter, es que un mosquito del tamaño de la caradura de algunos políticos quiera rematar tu jornada con una succión de sangre de soslayo en una apacible noche de verano. Uno puede hacer callo con la corrupción y habituarse a que le limpien el bolsillo incluso de forma ilegal, pero no a que le saquen la sangre de la vena directamente para barbacoa veraniega. Y encima estar rascándose toda la noche. Eso no.

Descubres al vampiro de turno por medio de un zumbido en la oreja cuando estás cogiendo ese sueñecito tan rico, ese que no pillabas desde el último discurso de investidura en la Asamblea Regional. Eso te cabrea, y estallas, y te rebelas, y te das un tortazo en la cara matando un mosquito a cañonazos contra ti mismo. Y es entonces cuando decides no solo rociar la habitación con insecticida, sino convertir la estancia de forma inmisericorde en una cámara de gas. Allí donde, al cabo de un rato, vuelves a cerrar los ojos con cierto temor a morir intoxicado, como el mosquito. Y en ese momento encuentras la paz, porque muerto ya no escucharás cómo algún animalista te llama asesino por cargarte un maldito insecto. Y te duermes.

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