Agrupa Vicenta

Mina Agrupa Vicenta.
Mina Agrupa Vicenta. / Pablo Sánchez / AGM
RINCONES CON ALMA

Pepa García
PEPA GARCÍA

La historia de La Unión es una crónica de claroscuros, con sabor a miel y hiel. Pero La Unión no ha querido olvidar esa historia dura, de sudor, sangre y lágrimas, de niños mineros y de muerte, de explotación de trabajadores, contaminación y silicosis, de poderío económico y cafés cantantes, de bodegones mineros en los que los hombres abrían cada jornada calentando el ánimo a base de reparos -vino dulce con coñac- y láguenas -vino dulce y anís-, y la terminaban compartiendo esos quejíos mineros que han puesto a La Unión en el mapa mundial. La joya que más brilla en la villa de El Garbanzal, ‘la nueva California’, es la mina Agrupa Vicenta. Para llegar, hay que subir al trenecito que, a paso lento, asciende por el Camino del 33. Ya en la puerta, con casco, se penetra por la estrecha galería tallada a marro, pico y cartuchos de dinamita. El soniquete del metal es hoy banda sonora de la visita, para que no se olvide, ante la impresionante visión de bóvedas y pilares, que cada ápice de belleza de esos pasadizos fueron labrados a base de roja sangre. Pero la verdadera magnificencia se percibe bajo ‘la capilla sixtina de la minería’: unas bóvedas con 8 metros del suelo al techo, sin apuntalamiento artificial, una maravilla de la ingeniería. Por un maravilloso desfiladero, estrecho y altísimo paso, concluye el recorrido.

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