Vuelta al cole a los 100

Arriba, Julia recibe las explicaciones de su profesora Esther./Txema Rodríguez
Arriba, Julia recibe las explicaciones de su profesora Esther. / Txema Rodríguez

Julia tuvo que dejar de estudiar a los 8 años para ponerse a servir. Ahora esta alumna centenaria acude cada tarde a la escuela de un pueblecito valenciano, donde su dedicación maravilla a su maestra

TXEMA RODRÍGUEZ

Podría ser el título de un cuento infantil pero en Jarafuel, un pequeño pueblo valenciano de 830 vecinos, es una historia real, la de una mujer centenaria que acude cada tarde a clase y se aplica con los ejercicios de gramática y los dictados que la profesora, Esther, le encarga. A ella y a un grupo de alumnos entrados en años (en muchos años), que estudian en un silencio que sería la envidia de cualquier maestro.

La historia de Julia Martínez, que nació en 1917, no es de grandes titulares sino la de una mujer humilde, sencilla y trabajadora. Parece una sucesión de tópicos sobre el carácter ideal de un ser humano al que añadimos una salud a prueba de todo mal, un buen apetito omnívoro para dejar el plato siempre limpio, mucha energía y una dosis de mal genio cuando es preciso.

Mayores y aulas

Analfabetismo funcional
En España hay 669.400 personas analfabetas funcionales de más de 16 años y solo 12.800 cursan algún estudio para dejar de serlo. Una persona es «analfabeta funcional» cuando es incapaz de utilizar su capacidad de lectura, escritura y cálculo de forma eficiente en su vida cotidiana.
Más de la mitad
A medida que aumenta la edad también crece el número de analfabetos y así hay 400.000 personas mayores de 70 años que son analfabetos funcionales, el 60% del total.
Vuelta al pupitre
Cada vez hay más mayores que, como Julia, se animan a volver al pupitre para adquirir conocimientos básico. Pero también hay quienes quieren ampliar saberes y acuden a las aulas universitarias de mayores. En España, con multitud de organizaciones que fomentan la educación entre adultos, hay más de 25.000 hombres y mujeres, entre los 55 y 80 años, que asisten diariamente a clases en la universidad
Sin exámenes
Casi todas las universidades importantes disponen de las llamadas Aulas de la Experiencia, que imparten a los mayores asignaturas que abarcan, entre otros campos, Historia, Literatura, Filosofía, Arte, Alimentación, Salud, Música, Derecho, Informática. No hay exámenes.

El resultado es ese fondo cariñoso y afable que reconocemos en tantos ancianos que aprendieron a sobrevivir con poco. Acompañamos a Julia por las empinadas calles de este pueblo que se asoma al cielo desde un alto. Casi dos horas de paseo y Julia empuja su andador con la misma decisión con la que Indurain bajaba el Tourmalet; se detiene solo un par de veces para beber un poco de agua y para señalar los lugares donde había un pozo, un molino, una balsa, una tierra cultivada. También muestra un campo poblado de almeces, junto al camino, y explica cómo se trenzan sus ramas para hacer horcas y bastones, una de las pocas 'industrias' locales. Al fondo asoman los penachos de vapor de la central nuclear de Cofrentes, y la estampa de otras villas. Julia aprovecha para recitar los motes, «los de Jalance pelarranas, los de Cofrentes madereros, los de Ayora semolitas, los de Teresa cabezones y nosotros ardacheros» (porque así se conoce a los lagartos ocelados que un día poblaron estas tierras). Se ríe Julia como si hubiera dicho una maldad y nombra a su sobrino, que trabaja el almez. Pedro 'el rata', le llaman. Y a mí «Julieta la del hoyo... cuando era niña».

A los ocho años dejó la escuela y se puso a servir. Primero en El Saler y, después, en Albacete. Todavía llama «amos» a quienes le dieron trabajo. Enseña una foto de aquella época y cuenta cómo se arreglaba el pelo para hacerlo ondulado según los cánones del momento, porque siempre fue presumida. Tenía 22 años cuando vio pasar el cortejo fúnebre de José Antonio Primo de Rivera rumbo a El Escorial (fue llevado a hombros desde Alicante) y con esa edad volvió a Jarafuel. Allí siguió de criada y conoció a su marido. Recuerda que con los primeros fríos tocaba recoger la aceituna y las flores de azafrán (una de las fuentes de ingresos de sus padres, que también criaban gusanos de seda). Una vida que se desgrana sin orden aparente mientras empuja el andador con una fe impropia de un cuerpo tan pequeño, un relato salpicado por los breves momentos de descanso, el recuerdo del marido que la acompañó durante setenta años; y su hija, que es suya pero nacida de la hermana de su marido, que ya era madre de una extensa prole. Eran otros tiempos. Julia no mira atrás.

Sin ayuda

Es el principio del otoño y el valle se puebla de tonos pardos. Julia ha comido albóndigas y pollo, un poco de tarta de manzana y café. Se arregla la blusa, ajusta el colgante dorado que compró en Portugal, se anuda un pañuelo de seda verde y se pone la americana. Ahora vive con su sobrina Carmen, que anda pendiente de cada detalle, pero no le gusta recibir ayuda y evita con un gesto educado cada intento. Coge su carpeta con los ejercicios de la escuela y enfila la ligera cuesta abajo hasta el centro donde Esther pasa la tarde alternando las clases de alfabetización con las de castellano para inmigrantes o la de educación base, la que recibe Julia. Sumas, restas, verbos, sílabas ocupan sus tareas. Ella se esfuerza en cada ejercicio y pregunta con curiosidad infantil. Solo tiene cien años y ha vuelto a la escuela.

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