Un verano infernal

Un bombero se enfrenta a unas llamas colosales./Reuters
Un bombero se enfrenta a unas llamas colosales. / Reuters

Los expertos ven en el incendio de Portugal un aviso de lo que puede suceder en España. «Si no llueve va a ser realmente duro»

FERNANDO MIÑANA

Cuando un fuego acaba de arrasar un monte, la sensación es espantosa. Los gases muerden los pulmones y al cabo de un rato cuesta respirar. El paisaje es desolador. No solo por los árboles carbonizados sino por la ausencia casi total de vida. Los hombres han huido y no queda fauna. Ni siquiera pájaros. El silencio es desapacible, triste, y solo las moscas siguen allí como si nada. Es la destrucción y en incendios como el de Pedrógão Grande, el centro de Portugal que arde en llamas, deja, además, un conteo de víctimas que ya va por 65 muertos.

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«Ese incendio no se hubiera producido en un mes de junio normal», advierte, hablando sobre el origen causado por un rayo, Ana Vanesa Molina, la vicepresidenta de la Asociación Nacional de Bomberos Forestales. «Es muy posible», le reafirma José Ramón González, uno de los grandes expertos en incendios que hay en España.

El portavoz del Colegio de Ingenieros Técnicos Forestales prevé un verano peliagudo por la «anticipación del calor y unos meses de una sequedad muy marcada, con un déficit hídrico notable». La escasez de lluvias tiene algo bueno, que no ha crecido en exceso la vegetación en los montes, pero la sequía provoca un efecto peligroso. Como tienen poca agua, las plantas se deshacen de todo lo que les sobra: «Toman la decisión de eliminar su parte aérea y generar combustible fino muerto, las ramitas que, para entendernos, utilizaríamos para encender una hoguera porque prenden muy fácilmente. Eso se acumula alrededor de la planta, lo que aumentará la velocidad del incendio».

La crisis hizo que se resintiera en España la gestión forestal y los trabajos de prevención son peores. No se limpian los montes como antes y encima van ganando terreno con el abandono de los campos de cultivo. «Ese paisaje de mosaico era un cortafuegos magnífico. Sin esos cultivos, esos olivares, esos almendros, todo se llena de vegetación y genera una continuación de superficie que hace más difícil la extinción», añade González, quien recuerda que los incendios forman parte de los ciclos forestales, pero dentro de un límite, y no titubea al augurar unas previsiones muy poco optimistas. «Si no llueve va a ser un verano realmente duro».

Este veterano ingeniero técnico forestal reclama que se extremen las precauciones y focaliza su preocupación en el interfaz urbano forestal, «el punto de encuentro entre el desarrollo urbano y los bosques, cada vez más lleno de urbanizaciones, chalets aislados, tramos de AVE... Y toma como referencia la experiencia de los estadounidenses con los tornados. «Qué fácil sería fomentar que la gente se hiciera un refugio para protegerse».

Vicente Peinado conoce bien ese interfaz del que habla José Ramón González, esos lugares llenos de residuos, depósitos de gasoil, bombonas de gas... «Es peor combustible y genera un humo peor». Él ha estado en primera línea en innumerables ocasiones, aunque hay dos que no olvida. El incendio de La Riva, en Guadalajara, de 2005 en el que murieron once compañeros, el más letal para los que trabajan en la extinción, y el de 2003 en Nueva Sierra (en la misma provincia), con una orografía muy complicada, donde tuvo que salir «por patas» hasta en siete ocasiones.

30 horas seguidas

En La Riva llegó a trabajar en la extinción durante 30 horas seguidas. «En ese tiempo perdí catorce kilos. Cuando llegué a casa y me desnudé para meterme en la cama, mi mujer me dijo que nos íbamos al médico, quien, al verme, inmediatamente me dio suero y me hidrató».

Aquella tragedia, al menos, no fue en balde y desde entonces se han perfeccionado los protocolos de los equipos de extinción. «Más preparación para mejorar la seguridad», recuerda, ahora ya como coordinador de retenes tras 36 años de experiencia. O un máximo de doce horas en la extinción. Algo imprescindible para unos profesionales que trabajan en las condiciones más duras: pendientes pronunciadas, los meses de más calor y la radiación y la amenaza del fuego. Por eso lo más importante es prever cómo va a evolucionar el incendio para trabajar con más seguridad y eficacia. Y automatizar los protocolos para que el pánico no derrote a la lógica.

Porque a las circunstancias hay que sumarle una carga de «entre cinco y diez kilos de media». Unos llegan a acarrear una mochila de agua de 20 litros además del equipo básico. Otros llevan una motosierra, un McLeod (una especie de rastrillo) o el Pulaski (una mezcla de hacha y azada). «Pero lo peor no es el peso sino la orografía». Y las temperaturas dentro del mono ignífugo que les cubre todo el cuerpo. «Súmale a los 35 o 38 grados de estos días, 15 grados de la radiación del fuego; son más de 50 grados. Lo soportas todo por las endorfinas que genera el cuerpo y la adrenalina. Por eso cuando acabas la jornada te viene todo el agotamiento de golpe».

Vicente Peinado ya no es un agente que trabaja directamente contra el fuego sino que es coordinador, un cargo que tiene por encima al auxiliar técnico de extinción y al director de extinción, que suele ser un ingeniero forestal. «Mi sueldo es de 1.600 euros al mes. ¡Y soy un jefe! En los retenes están sobre los 1.200». Muy poco para gente que se juega el tipo. «Porque esto es cada vez más complicado. Antes tenías dos o tres olas continentales saharianas cada verano. Son casi siempre vientos del sur previsibles. Ahora, con el cambio climático, son vientos aleatorios, impredecibles, lo más peligroso para verte atrapado de repente».

Ana Vanesa Molina advierte que esos 1.200 euros de los que habla su colega son con horas extras, que la media «es de 900 euros, una vergüenza». Denuncia que son pocos y que los refuerzos que llegan durante los cuatro meses de más actividad suelen ser jóvenes inexpertos que enciman descubren que los retenes no son un parque urbano con gimnasio sino, como denuncian en Castilla La Mancha, lugares sin agua corriente donde pueden estar a 43 grados. «No hay ninguna duda de que lo nuestro es totalmente vocacional...».

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