«Ahora la vanguardia dura diez minutos»

El artista, junto a uno de sus cuadros./Alberto Ferreras
El artista, junto a uno de sus cuadros. / Alberto Ferreras

El artista y diseñador español está centrado en la pintura y cree que, tras la crisis, habrá un resurgir creativo. «Soy un optimista casi profesional», asegura

CÉSAR COCA

Alberto Corazón sueña con frecuencia con una imprenta. Con el olor de la tinta y los disolventes y con el ruido de las máquinas. Lo lleva en los genes. Su abuelo, un huertano de Valencia que estando ya casado aprendió a leer y escribir sin ayuda de nadie, se trasladó a Madrid donde en 1934 abrió un pequeño taller de impresión con un socio. Era una aventura romántica, el sueño de quien un día decidió que el mejor trabajo del mundo era publicar libros que difundieran el pensamiento de los grandes hombres. Aquello terminó mal, porque la imprenta estaba vinculada al Ateneo libertario y un grupo anarquista contrario le prendió fuego una noche de 1935. El abuelo del artista nunca entendió que alguien fuera capaz de hacer algo así, y decidió volver a la huerta. «Allí pasé gran parte de mi niñez y mi adolescencia», explica. Ahora, por uno de esos guiños que el azar siempre reserva, acaba de mudarse a una casa del centro de Madrid y ha descubierto que hasta hace unos años los bajos del inmueble estaban ocupados por una imprenta. Lo cuenta mientras posa en el almacén de la Galería Marlborough, donde estos días acaba de abrirse una exposición con su obra que lleva como título 'Despojarse'. Es lo que ha hecho en su pintura y en la vida: partir de lo esencial. «Me voy a aplicar a eso, a vivir con plenitud».

-¿Cuándo empezó a dibujar?

-Era muy pequeño. Primero hacía unos garabatos que eran muy apreciados por la familia. Luego aprendí a escribir y a mí me parecía que dibujaba palabras, con la ventaja de que no tenía que explicar lo que hacía. A partir de ahí, para mí fueron siempre actividades simultáneas: todos mis cuadernos tienen palabras y dibujos.

«En la 'movida' triunfaba la figuración, que a mí no me interesaba»

-Le gustaban mucho el dibujo y la pintura, pero estudió Sociología, una carrera que por entonces apenas nadie conocía. ¿Por qué?

-Bellas Artes no me atraía nada. Había ido a unos talleres de pintores y no le vi interés. En cambio, sí lo encontraba en la Sociología, la Antropología y la Semiología. Quería ir a la Universidad porque el conocimiento es la base de todo. Sucede en cualquier ámbito, como el vino. Con las mismas vides y el mismo clima, el vino ha mejorado mucho porque se le ha aplicado conocimiento. Y aquella Facultad, además, era un centro que se había creado para reciclar a los represaliados del régimen.

-Allí estaba Fraga. Usted hizo un libro titulado 'El pensamiento político de Fraga' que tenía todas las hojas en blanco.

-Hicimos 200 ejemplares y se vendieron todos...

«El gran asunto es la vida que nos rodea y la nuestra. No conviene perder el tiempo en otros temas»

-Entonces, y más tarde, se decía que, ideología aparte, tenía el Estado en la cabeza.

-Tenía una memoria enorme, pero le funcionaba como un fichero. Y en clase... situaba a los chicos en las primeras filas y a las chicas detrás. Estaba entrenándose para energúmeno, y lo fue ejemplar.

-¿Cuándo se produjo su toma de conciencia política?

-En la Facultad. A los seminarios iba mucha gente porque el elenco de profesores era extraordinario. Allí se discutía de todo. Recuerdo que Díez del Corral me preguntó durante uno de los exámenes orales que él hacía, muy largos, duraban media hora o más, quién era el pensador político más relevante del siglo XIX. Le contesté que Marx. «Tocqueville», me corrigió. Y me suspendió.

-Nunca fue del PCE pero se definió como 'compañero de viaje'.

-La resistencia antifranquista la habían hecho el PCE y CC OO. Tenía alergia a la disciplina, y la sigo teniendo, de manera que no me atraía entrar en una organización, pero ayudé. Hice de correo trayendo planchas de 'Mundo Obrero' cuando venía de París. Diseñé la portada de 'Nuestra Bandera'... Me siento orgulloso de haber 'acompañado' en aquel momento.

-Por esos años expone en las bienales de Venecia y París, participa en muestras con Tàpies, Saura, el equipo Crónica... ¿No se sintió tentado de dedicarse por completo a la pintura y abandonar el diseño?

«Cuando a la mediocridad se ha unido la corrupción, ha sido demoledor»

-No, por dos razones. La primera es que Saura me aconsejó que tratara de no vivir de vender pintura. Y la segunda, que entonces diseñar era participar en la creación de identidades, de nuevas sociedades en su conjunto. Por ejemplo, diseñé la identidad de varias comunidades autónomas. La Rioja fue la primera. Y eso suponía un trabajo complejo y muy gratificante.

Parte del paisaje

No solo fue la identidad de algunas autonomías. Es difícil pasear por una ciudad española sin que en las señales, los logotipos, el mobiliario urbano y los símbolos no haya algo de su autoría. En Murcia, por ejemplo, es el autor de la escultura el 'Torso Ibérico'. Corazón está sentado y juega con un bastón mientras posa para las fotos. Luego se levanta y atiende las instrucciones del fotógrafo: posa como si saliera de detrás del peine donde están sus obras, se asoma entre cuadros y sonríe. «Siento una enorme gratitud porque han pasado treinta o más años desde que hice muchos de esos trabajos para las autonomías, o el servicio de Cercanías de Renfe y otras muchas cosas, y aún siguen ahí. Algo extraordinario en un oficio en el que la tendencia es a cambiar». Ese agradecimiento lo ha recibido también de manera inesperada. Mientras se prepara para la siguiente tanda de fotografías, cuenta que una vez, al pagar en una gasolinera, tuvo que enseñar el DNI y de esa forma el empleado confirmó quién era y le explicó cómo muchos años antes, recién llegado de un pueblo remoto, solo pudo superar el caos que le parecía Madrid cuando entró en una estación de cercanías y, gracias a sus diseños, vio que allí todo tenía un orden y era fácilmente comprensible. «Eso es lo que da consistencia a mi trabajo», explica.

«Tenía antes, y sigo teniendo, alergia a la disciplina»

-¿Se acuerda de todas sus obras?

-De muchísimas, porque las he hecho con un gran nivel de compromiso.

-Pero ahora ya se dedica poco al diseño.

-Lo he ido dejando porque ha perdido la función de mejorar la calidad de vida de la gente que tuvo tiempo atrás.

-¿Qué diferencia esencial hay entre el diseño y el arte?

-Son dos caras de la misma moneda. El diseño es conocimiento; el arte es emoción. Es peligroso mezclar ambas.

-Alguna vez ha dicho que no quiere tener un estilo propio. Eso contrasta con lo que suelen decir sus colegas.

-Como pintor, tengo un lenguaje, pero trato de no tener estilo. Cuando lo tienes, el peligro es autorreproducirte.

-Los diseñadores trabajan por encargo, que es algo que tiene mala prensa, como si la 'Novena' de Beethoven o el 'Moisés' de Miguel Ángel no hubiesen sido encargos. ¿Qué opina de esa mala imagen, de ese prejuicio de que los encargos condicionan la obra?

-Hasta mediados del siglo XIX, todo eran encargos. Los contratos de los pintores de siglos anteriores especificaban el porcentaje de color que debían tener porque había grandes diferencias en el precio de las pinturas. Esos contratos revelan que la pintura era un oficio, y de ahí viene el concepto de maestro. Me gusta eso.

-Un terreno en el que no ha trabajado mucho ha sido el diseño industrial, aunque suyo es un modelo célebre de teléfono.

-Fueron pocas cosas porque no hay una base industrial importante, sobre todo en Madrid. En Barcelona sí existe. Hice todo el equipamiento de los trenes y las estaciones de Cercanías, pero gran parte del diseño industrial solo tunea las cosas, poco más. En ese modelo de teléfono del que me hablaba, renuncié a los pictogramas porque iba a ser para el mercado nacional, con lo que la lengua no era problema. Hacía los tests de comprensibilidad con una señora de un pueblo de Cuenca.

-Por esa y otras cosas, la gente de la 'movida' le acusaba de no ser moderno. ¿Cómo lo llevaba?

-Con enorme dignidad. Venía de un concepto de la obra de arte ligada a la comunicación. En la 'movida' triunfaba la figuración, que a mí no me interesaba.

-¿No hay nada más moderno que lo clásico?

-Sí, lo clásico es lo que no pasa de moda. Ahora la vanguardia dura diez minutos. Por eso no tengo interés en ser 'vanguardia' ni 'moderno'. Le voy a contar algo: cuando voy a una ciudad, lo primero que hago es entrar en un mercado y luego en un museo de arte contemporáneo. Lo que define una obra de arte es que tiene dignidad y misterio.

Nuevos retos

Cuenta sin poder evitar la risa que en una de las tres ocasiones que fue detenido, con 19 años, registraron su casa y los agentes se llevaron como prueba incriminatoria 'La República'... de Platón. «Todas las detenciones fueron por asuntos que estaban relacionados con la cultura, no con la política». Estuvo dos veces en la Dirección General de Seguridad y una en Carabanchel, unos pocos días en cada ocasión. «Mis padres me decían que me estaba significando mucho», aclara. Eran tiempos en que todo estaba por hacer, y la creación artística era sospechosa por sí misma. Ahora los retos son otros.

-Ha ganado numerosos premios, es académico de Bellas Artes, ha expuesto su obra por todo el mundo, pinta, diseña, ha hecho portadas de libros y centenares de logotipos que forman parte de la cultura popular. ¿Qué le queda por hacer?

-Lo que me estimula es que cada mañana me levanto con un proyecto. Me queda muchísimo por hacer y con un pelín de melancolía empiezo a pensar que no me va a dar tiempo a hacerlo todo. Pero bueno, el artista sabe que nunca va a conseguir lo que está buscando.

-El 15-M usted fue de los que estuvieron en la Puerta del Sol de Madrid. ¿Qué vio allí, qué esperaba de esa movilización?

-Esperaba una recuperación del espíritu de construcción de una sociedad nueva. Estábamos devorados por el triunfo de la mediocridad que se ha instalado en la sociedad española. Y cuando a la mediocridad se unió la codicia, el resultado fue demoledor. La cantidad de gestores en la cárcel por codicia y estupidez es asombrosa. El 15-M había esa queja, un impulso por recuperar la decencia.

-¿La cultura es una de las cosas menos apreciadas en este país?

-Sin duda. Ha sido descaradamente penalizada. Cuando Montoro le sube el IVA deja muy claras sus intenciones. El índice de bienestar y de cultura de una sociedad están ligados.

-Hablando de cultura, ¿qué siente cuando gente que sabría situar a centenares de deportistas no sabe quién es usted o quiénes son figuras relevantes de su generación?

-Me he acostumbrado. Soy un optimista casi profesional. Me interesa lo que voy a hacer y no tengo sensibilidad hacia esas cosas. El gran asunto es la vida que nos rodea y la nuestra. No conviene perder el tiempo en otros temas.

-¿La crisis económica de la que el país no ha acabado de salir y la política que lo tiene atenazado pueden generar una explosión artística, como sucedió en la Transición?

-Los tiempos de crisis son siempre tiempos de creación. Cuando se está en mitad de una de ellas hay que dar de baja muchas cosas y crear otras nuevas, partiendo de lo esencial. Algunas disciplinas, como el teatro, han sobrevivido saliendo de los coliseos y yendo a las casas, los cafés, los espacios pequeños. Eso va también al hilo de esta exposición que se acaba de abrir.

-¿En qué sentido?

-Empecé a pensar en ella a comienzos de año y he estado trabajando como si estuviera en una larga caminata. Mi mujer dice que he pintado 'furiosamente'. Pero eso ha sido un trabajo sanador, en el sentido más literal de la palabra. He hecho de chamán de mí mismo.

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Pce, Madrid

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