Sijena malvive con arte

Un ciclista bien abrigado aporta algo de calor a la plaza mayor de Sijena, presidida por la iglesia parroquial de Santo Domingo y El Salvador, del siglo XVI, y que estuvo vinculada a las posesiones del ya célebre monasterio que acaba de recuperar las obras de arte exhibidas en Lérida./Álvaro Calvo
Un ciclista bien abrigado aporta algo de calor a la plaza mayor de Sijena, presidida por la iglesia parroquial de Santo Domingo y El Salvador, del siglo XVI, y que estuvo vinculada a las posesiones del ya célebre monasterio que acaba de recuperar las obras de arte exhibidas en Lérida. / Álvaro Calvo

El pueblo oscense al que un largo litigio con Cataluña ha puesto en el mapa se muere a paso lento. Tras la marcha de las televisiones, los vecinos se repliegan a sus soledades con la esperanza de que el tesoro recuperado atraiga turistas, bulla... vida

ANTONIO PANIAGUA

Los habitantes de Villanueva de Sijena (Huesca) llevan muy mal dos cosas: el litigio por las obras de arte sacro, que todavía no ha acabado, y que alguien ponga en duda que el pueblo es la cuna de Miguel Servet. Cuando alguien cuestiona el lugar de nacimiento del teólogo y científico, a los lugareños les llevan los demonios. ¿Qué pintaría entonces la casa-museo levantada en honor de Servet? Si bien ahora la recuperación de 44 piezas que albergaba el Museo de Lérida hincha de orgullo a los sijenenses, tienen pocos motivos para la euforia. Los 420 moradores de este municipio estepario de la comarca de los Monegros sobreviven a duras penas del trance de la despoblación. Confían en que los retablos y pinturas atraigan a los turistas y revitalicen una localidad que ve cómo la juventud emigra en busca de mejores oportunidades.

A las cuatro de la tarde, los cinco parroquianos que juegan a las cartas en el bar del club social de Sijena estampan los naipes sobre la mesa con desgana y en silencio, mientras miran de soslayo el televisor, encendido pero con la voz apagada. Manuel agradece que se haya ido el barullo. Porque hace unos días este sitio de calles desiertas y casas vacías estaba abarrotado de informadores. «No doy más entrevistas, ya estoy harto. Cuando devolvieron las obras de arte no me dejaban ni comer. He hablado hasta para los belgas. Joder, ¡para los belgas! Y yo lo que quería era referirme al vecino que tienen allí», dice Manuel, un setentón orondo con ganas de despacharse contra el expresident de la Generalitat Carles Puigdemont.

Vecinos en soledad
Villanueva de Sijena tiene 420 habitantes, un 15% menos que hace once años, cuando eran 492. Sus vecinos viven del cultivo de cereales, alfalfa, maíz y arroz, así como de la ganadería, especialmente la porcina. Está en la comarca de los Monegros, un vasto territorio que se extiende por las provincias de Huesca y Zaragoza. Comprende 2.764 kilómetros cuadrados, donde apenas viven 20.000 personas.
14.700
Son las hectáreas de que se compone Villanueva de Sijena, de las cuales 5000 están ocupadas por tierras de regadío. Una combinación de tierra virgen, una altitud de unos 350 metros sobre el nivel del mar y agua en cantidad generosa que se recoge de los Pirineos han hecho prosperar la agricultura, toda una paradoja en estos parajes de clima semidesértico. De esta manera es fácil inundar tierras para que crezca con prodigalidad el arroz, de la variedad brazal.
3
niños van a la escuela de Sijena. Hay otros tres en edad escolar, pero están matriculados en pueblos aledaños y alguno en Huesca, a 50 minutos de Sijena en coche, lo que molesta al alcalde.
Turismo cultural
El regidor y muchos de los vecinos esperan que el Real Monasterio de Santa María de Sijena atraiga a buen número de turistas interesados por el arte sacro. El convento empezó a construirse hacia 1183. Al principio era un monasterio dúplice, que alojaba tanto a monjas como a frailes, aunque desde el inicio estaba regido por prioras. Ahora las moradoras del recinto son una treintena de monjas de la orden Hermanas de Belén, de origen francés. Desde 1985 viven en el convento en régimen de alquiler. Tienen abierto el monasterio a los visitantes tres días a la semana, aunque solo el sábado se puede visitar el refectorio.
Litigio inacabable
Aunque Sijena ha recobrado más de noventa piezas que albergaba el Museo de Lérida, la localidad sigue reclamando el regreso de las pinturas murales, en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. El Tribunal Constitucional tardó 14 años en sentenciar en el pleito entre el Gobierno de Aragón y la Generalitat de Cataluña. La juez del Juzgado de Primera Instancia Número 1 de Huesca determinó el año pasado que la venta de los bienes de interés cultural se hizo de manera fraudulenta.

De no ser por el patrimonio artístico ahora recobrado, Sijena sería un paraje castigado por el olvido, otro territorio más de la Laponia española, sin gente ni niños. Sus vecinos son ahora un 15% menos que hace once años y la mitad que una centuria atrás. Sus tierras, antes áridas y ahora arcillosas gracias al agua que llega de los Pirineos y que surte a los agricultores de cereales y cultivos de regadío, son incapaces de retener a los jóvenes. Tampoco las granjas de cerdos, que representan el 90% de la ganadería del pueblo, ni las 2.000 ovejas, que hace 20 años sumaban 20.000 cabezas, tientan a la gente de menos años, que pone rumbo a Barbastro, Huesca, Cataluña, Fraga o la vecina Sariñena, capital de los Monegros, para ganarse la vida. Si se pudiera viajar en el tiempo, los antepasados de Manuel se darían un susto. De ser un importante enclave católico de la Corona de Aragón, en cuyo monasterio del siglo XII ingresaban mujeres de alto linaje, hijas de reyes y ricoshombres, ahora es una localidad deprimida y agobiada por agravios históricos.

Plaga de conejos

A Rafael Carrera, 79 años, rostro abotagado y barba de patriarca bíblico, le obsesiona saber qué fue de los cálices de oro y el brazo de plata de San Juan Bautista, un enorme relicario del siglo XV. Rafael, como otros muchos sijenenses, se siente castigado por la historia. La que se escribe con letras góticas y la de los hechos menudos. «He vivido siempre solo, pero si me hubiera casado no habría podido mantener a una familia. Cobro 637 euros de pensión. Siembro cebada y ahora se la comen los conejos, pues hay una plaga que da horror. Tenía un campo de casi 30 hectáreas donde me pusieron arroces alrededor y me lo malmetieron. Era una tierra con mucha sal. El agua que regaba el arrozal se filtraba por los barrancos y llegaba a mi campo. Fue la ruina, llegó a un punto en que la cebada no germinaba nunca». Los compañeros de cartas de Rafael niegan con la cabeza y contradicen el panorama desolador que pinta su paisano. Al fin y al cabo hay cuatro bares, tres talleres (uno de carpintería metálica y otros de reparación de automóviles y maquinaría agrícola), dos sucursales bancarias, dos panaderías, un restaurante y hasta un gimnasio. Pero a todos preocupa que la escuela desaparezca. Solo hay tres niños que van a clase: uno escolarizado en la etapa de infantil y dos en primaria. María Teresa Aresti, concejal de Cultura, se desvive por que el pueblo no caiga en el desánimo y mantenga la vida social.

«Hay bastantes casas vacías, pero muchas están siendo restauradas» Mª Teresa Aresti - Concejal

Como cualquier excusa es buena para reunirse, un grupo de mujeres de la asociación Amistad Sijenense han montado una chocolatada con tortas. Frente al derrotismo de Rafael, María Teresa ve la botella medio llena. «En verano la población se duplica. Es verdad que hay bastantes casas vacías, pero muchas están siendo restauradas por gentes de aquí para venir el fin de semana o en vacaciones. Además se va a abrir una escuela infantil. La directora provincial nos asegura que no va a cerrar colegios rurales, pero, claro está, tiene que haber un mínimo de alumnos».

«He vivido siempre solo, con mi pensión no podría mantener a una familia» Rafael Carrera - Jubilado

El mismo espíritu alienta al alcalde, Ildefonso Salillas. Confía en que la devolución de los objetos religiosos incentive el turismo cultural, para lo cual cree imprescindible ampliar los días de visitas al monasterio. En julio del año pasado Cataluña devolvió las 51 primeras piezas y se acordó con las inquilinas actuales, las Hermanas de Belén, abrir el recinto a los visitantes tres días la semana. «Desde febrero de 2017 más de 5.000 personas han venido a ver el espacio museístico. Por las condiciones de temperatura y humedad sólo pueden visitarlo 20 personas cada hora. Ahora que han llegado otras 44 obras esperamos que el Gobierno de Aragón firme un convenio con las monjas para que se pueda contemplar todo el monasterio (incluido el claustro, el panteón real, la iglesia y el refectorio) los tres días, y no solo el sábado, como ocurre en la actualidad. Eso atraería mucho turismo».

La mejor alfalfa del desierto

El alcalde no arroja la toalla. Al hipotético maná del turismo se le suma una agricultura que se muestra pródiga en pleno desierto. «Tenemos la mancha de regadío artificial más grande de España, que abarca 86.000 hectáreas en toda la comarca. Nuestra alfalfa es de muchísima calidad. La vienen a buscar de China y de los Emiratos Árabes. Un jeque ha comprado una deshidratadora en Bujaraloz, un pueblo de aquí. Y nuestro arroz, el brazal, se vende a una cooperativa local, pero un porcentaje importante va a Arroz SOS», que está en Valencia.

En el municipio monegrino el envejecimiento de la población es palmario. Según Aresti, casi una quinta parte tiene más de 80 años. Pese a la edad avanzada de los vecinos, pocos ven en la inmigración un remedio para rejuvenecer a un pueblo achacoso. «Queremos que venga gente, pero no extranjeros. Yo alquilé un piso y me dejaron a deber tres meses de luz y agua. No se adaptan. Y eso que vienen personas con muchos títulos. Gente de... no me acuerdo. ¿Cómo se llama el sitio este de las nueces?». «California», le ayuda Carmen, que remueve junto a Herminia un perolo lleno de chocolate caliente.

El caso de Antonia Amado Monroy, de 57 años, es todo lo contrario. Originaria de Santander (Colombia), lleva el bar del club social. Ella, su esposo, que trabaja en la agricultura y ganadería, y sus dos hijos, viven desde hace más de diez años en el pueblo. «En la ciudad de donde vengo había poco trabajo. Nos empleamos un tiempo de temporeros en Huelva y Lérida y luego vinimos aquí », dice Antonia, que no se queja de la marcha del negocio.

«Esto es bien tranquilo. Ahora estamos los cuatro viejos, nunca mejor dicho. Voy a coser al club, donde hay mucha luz y buena calefacción, que es lo que nos interesa a los mayores. Pero cuando abren la piscina vienen los catalanes con los niños y es todo precioso», dice Mariluz Marco, de 73 años. Ella está encantada de vivir en Sijena -«el cierzo da salud»-, aunque por las mañanas lo ve todo negro. «Me pongo triste porque soy depresiva, pero no tengo tiempo de aburrirme. Los de Sijena somos gente agradable y tratamos muy bien a los catalanes, aunque yo les mandaría una temporada a Madrid para que aprendieran a bailar el chotis», dice entre risas.

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