Los otros productos contaminantes que no vemos: pintalabios, dentífricos, champús...

Los otros productos contaminantes que no vemos: pintalabios, dentífricos, champús...

Contienen sustancias nocivas para el medio ambiente. La industria cosmética se defiende: «Todos los ingredientes son seguros»

SUSANA ZAMORA

Su curiosidad la llevó hace una década a preguntarse si además de los contaminantes que se encuentran en las aguas residuales y que la normativa europea obliga a analizar durante su tratamiento en las plantas de depuración para el control de calidad, había otros no regulados, como los compuestos farmacéuticos y los productos de cuidado personal, que podían estar teniendo un impacto negativo sobre el medio ambiente. No se equivocó. «España ya recibía por aquel entonces millones de turistas al año y, sin embargo, apenas había estudios sobre los efectos de los productos de protección solar en la naturaleza», recuerda Silvia Díaz Cruz, investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autora principal de un estudio reciente, en el que deja patente que sus sospechas no eran infundadas.

En su investigación, realizada durante dos años en el Parque Nacional de Doñana (Huelva), Díaz demuestra que la totalidad de los 39 huevos analizados de siete especies de aves silvestres estaban contaminados con filtros solares. Se trata de unos compuestos químicos que la industria cosmética utiliza para proteger de la radiación ultravioleta, pero que no solo se encuentran en las cremas solares, sino en un sinfín de productos «en los que ni siquiera serían necesarios», advierte Díaz. Algunos de ellos son lociones para el cabello, pintalabios, champús, geles, 'aftershaves', lacas de uñas y hasta cremas hidratantes de noche. «¿Qué sentido tiene protegerse del sol cuando se está durmiendo?», ironiza la investigadora.

Según Díaz, la «particularidad» de esos compuestos con respecto a otros es que van directamente al agua cuando el usuario se baña con ellos en el mar o en un río, pero también llegan a través de las depuradoras de aguas residuales. «Una parte de esas sustancias la absorbe nuestro cuerpo y después la elimina a través de la orina; y otra se queda impregnada en la toalla y la ropa, que tras pasar por la lavadora acaba en las plantas de tratamiento de aguas y, de ahí, en la naturaleza».

El estudio, realizado por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA) del CSIC, demuestra que los filtros solares llegan a las aves a través del tracto gastrointestinal (ingeridos con el alimento o el agua), que los metaboliza y los transfiere al huevo cuando éste todavía se está formando, antes de la puesta. De los catorce tipos de filtros solares estudiados, la oxibenzona (también conocida como benzofenona 3, BP3), uno de los filtros más frecuentes, estaba presente en todas las muestras. «Aunque por el momento no sabemos qué consecuencias concretas puede tener en las aves, está demostrado que la benzofenona 3 es un disruptor endocrino, que provoca alteraciones en el sistema hormonal de algunos seres vivos, como el aumento del tamaño del útero, la modificación del patrón normal de crecimiento de las aletas de las ranas, la pérdida de características masculinas en favor de las femeninas en los peces y, en determinadas concentraciones, también se ha demostrado la muerte de algunos microorganismos», advierte Díaz. En el caso del hombre, el principal problema es el «efecto combinado» de sustancias químicas al que está expuesto constantemente, «pero va a ser difícil que demostremos que estos compuestos son la causa única de algunas enfermedades. Aunque son componentes hormonalmente activos, no se prohíben porque ni son carcinogénicos, ni mutagénicos ni teratogénicos, que son las tres condiciones que impone Europa para prohibir su salida al mercado», explica Nicolás Olea, catedrático de Medicina de la Universidad de Granada.

Uno de los colaboradores con los que trabaja Díaz en Hawai estudió cómo impactan estos compuestos en los corales. El resultado fue desolador. «Las concentraciones de benzofenona 3 acaban matando la flora que cubre los microorganismos que protegen los corales y estos van perdiendo su color hasta quedar en el esqueleto», sentencia esta científica.

El impacto negativo de este compuesto químico sobre los ecosistemas costeros ha quedado acreditado también en un estudio realizado por el Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados, en colaboración con el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía, ambos del CSIC, y la Universidad de Valencia. Tras analizar la composición de 10 protectores solares, observaron que había dos tipos: los que absorbían la radiación UV gracias a compuestos orgánicos, como la benzofenona 3, y los que reflejaban la radiación mediante compuestos inorgánicos, como las nanopartículas de titanio y de zinc (preferido por los consumidores, porque no deja marcas blancas). «Una vez que estas cremas solares llegan al mar y quedan expuestas a la luz solar tienen la capacidad de producir peróxido de hidrógeno, un oxidante que tiene graves efectos sobre el fitoplancton marino», indica Antonio Tovar, investigador del CSIC en el Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía.

Tovar explica que las consecuencias son inmediatas al interferir en la cadena trófica, ya que la destrucción de un tipo de fitoplancton en una zona, puede provocar que los peces que se alimentan de él, se vayan a otras en busca de ese alimento y el sector pesquero del lugar deje de abastecerse de esa especie. «Esto es especialmente preocupante en el mar Mediterráneo, que es oligotrófico y la concentración de fitoplancton es menor que en otras aguas del planeta», precisa Tovar. «Lo más preocupante», advierte, es que no hay alternativas naturales que protejan tan eficazmente como los filtros solares, «pues los productos 'ecological frienly' no tienen dióxido de titanio (el 60% de su producción mundial se usa en cosméticos), pero contienen otras sustancias igual de nocivas para el fitoplancton». En cualquier caso, la alternativa no sería dejar de usarlas, «pues son necesarias para evitar posibles melanomas».

El otro gran frente de batalla, que mantiene en guardia a investigadores y organizaciones ecologistas, son las microesferas. Representan una parte mínima del gran problema que supone la contaminación con plásticos, pero su impacto es especialmente grave porque se usa en productos (pasta de dientes y exfoliantes corporales) cuyos residuos llegan con facilidad a las plantas de tratamiento de residuos, donde no son eliminados y acaban en el mar. «Una vez allí, lo ingieren peces pequeños y estos a su vez por otros más grandes. Lo peor es el efecto boomerang, ya que muchos de ellos nos los acabaremos comiendo», alerta Kritiñe García, portavoz de Ecologistas en Acción. Un informe de Greenpeace revela que cada año, solo en Europa, llegan al mar 8.627 toneladas de plástico (el equivalente al peso de la torre Eiffel) procedentes de las microesferas en los cosméticos. Por el momento, solo Estados Unidos ha prohibido su comercialización, mientras que en Europa, aún se siguen utilizando. «Sabemos que es difícil luchar contra la poderosa industria cosmética, pero no es imposible», afirma Julio Barea, portavoz de Greenpeace.

Mientras tanto, desde la Sociedad Española de Químicos Orgánicos se defienden: «Todas las sustancias que se utilizan en cosmética son rigurosamente analizadas y evaluadas toxicológicamente», afirma su presidenta, Ana Rocamora, quien insiste en la «vigilancia permanente» que se hace de cada una de ellas por parte del Comité Científico de Seguridad de los Consumidores de la UE (sus siglas en inglés son SCCS).

No obstante, Rocamora reconoce la «lentitud» con la que a veces se actúa y los años que pueden transcurrir hasta que se cambia la legislación y se modifica o prohíbe un ingrediente. «Muchas veces, el fabricante reacciona con celeridad y cambia la formulación antes de que el legislador apruebe la nueva norma. En ocasiones, la industria cosmética se autocensura y deja de usar ingredientes por el simple hecho de que el consumidor crea que no son buenos para la salud».

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