El príncipe del océano

François Gabart pilota el 'Macif', un diseño de última generación. Abajo, exultante a su llegada a puerto. / l. venance
François Gabart pilota el 'Macif', un diseño de última generación. Abajo, exultante a su llegada a puerto. / l. venance

François Gabart bate el récord de la vuelta al mundo en solitario. Con su trimarán cabalgó los mares durante más de 51.000 kilómetros a cincuenta por hora de promedio

Madrugada del pasado domingo en el Fin de la Tierra (Finisterre) francés de Bretaña. En el lugar donde en épocas pasadas el océano era dueño y señor de todo, un joven marino francés de 34 años demostró que, a veces, se le puede conquistar. A las 2.45 horas, François Gabart cruzaba junto a la isla de Oussant y enfilaba el puerto de Brest. Había salido de allí el 4 de noviembre para intentar batir el récord de circunnavegación del globo terráqueo en solitario y sin escalas.

42 días, 16 horas, 40 minutos y 35 segundos después estaba de vuelta después de recorrer 27.860 millas (51.625 kilómetros). Su velocidad media superó los 27 nudos (algo más de 50 kms/ hora). El resultado, más de seis días por debajo del registro de su compatriota Tomas Coville (49 días, 3 horas, 4 minutos).

En esa madrugada dominical bretona, Gabart se sentía como un marciano. «Es una locura, todo esto me parece irreal. Estoy en la oscuridad y hay una atmósfera extraña. Pero es al mismo tiempo extraordinaria», trataba de explicar con algo de incoherencia por el cansancio y los sentimientos agolpados. Un rato después docenas de barcos le escoltaban camino del muelle Malbert. Ya de día, 5.000 personas aclamaban al desfallecido 'robinson' de los mares. Las lágrimas le impedían hablar a la multitud. En la tierra de los grandes marinos galos, Gabart es ya el 'Príncipe de los Océanos'.

La historia de François Gabart (Saint-Michel-d'Entraygues, 1983) va más allá de la de un joven talento de la vela al que un equipo con diez de los mejores ingenieros navales han construido un trimarán (barco de tres cascos) a su medida de 30 metros de largo y 650 metros cuadrados de velamen que, más que navegar, levita sobre el oleaje.

Este último fenómeno de la vela francesa es en realidad una proyección de las ambiciones de su padre, un dentista de la región de Charente enamorado del mar que decidió un día tomarse un año sabático y enrolarse en la aventura de cruzar el Atlántico junto a su mujer, una jueza, y sus tres hijos: Alice, Cecile, y el pequeño François, de 7 años. Tras salir del puerto de La Rochelle, las escalas en Canarias, Madeira, Islas Vírgenes y Cabo Cañaveral, hasta la meta de Washington, conquistaron al niño. Su vida quedó atada al mar.

Su padre siguió envenenando sus venas con salitre y le construyó el barco con el que se proclamó campeón francés de la clase Optimist con 14 años. Fue el banderazo de salida de una brillante carrera deportiva que le mantuvo en la elite durante 12 años, incluida una Olimpiada (clase Tornado).

Pasión por la soledad

Igual que al timón de sus barcos, tuvo que hacer muchas guardias ante la mesa de estudio para poder graduarse en ingeniería mecánica en la Universidad de Lyon. Una formación que le forjó un carácter organizado y tranquilo. Quienes le conocen insisten en que se acerca a su profesión de patrón «con rigor científico, pero con una frescura entusiasta».

Y con las agallas de un amante de los retos en solitario. Probó fortuna en las regatas transoceánicas y todo eran éxitos. Se tituló 'cum laude' en 2009 cuando, con 29 años, se convirtió en el vencedor más joven de la Vendée Globe, la regata vuelta al mundo en solitario más famosa. Fue al primer intento y con plusmarca incluida: 78 días, dos horas y 16 minutos.

Hoy navegar en solitario ya no lo es tanto. Su barco, el 'Macif', estaba provisto de todo tipo de sistema de conexión controlados desde Gran Bretaña que le permitían contar su aventura día a día a su hijo de 5 años. «Soy un navegante solitario, pero también un ser humano, soy parte de la sociedad. Y soy esposo y padre» (tiene dos varones), explicó en un de sus mensajes.

En su travesía ha contado con la complicidad de una legión de seguidores. Les contaba sus puestas de sol o su lucha contra el cronómetro. Se hizo viral el vídeo que colgó en Facebook con un amenazador iceberg con el que se cruzó el 27 de noviembre en Nueva Zelanda.

Afortunadamente, no repitió la suerte del 'Titanic', aunque aquí también influyeron los cálculos de los mejores meteorólogos franceses, que le habían aconsejado zarpar aquel 4 de noviembre para aprovechar una 'ventana' de dos semanas con buen tiempo. Pero su verdadero secreto lo contó al saltar a tierra en Brest: supo fundirse con su barco de última generación. «Confiar para dejarlo ir rápido incluso cuando el mar era un infierno».

El 'Macif' ha sido construido para que lo pilote François Gabart. Es un trimarán de 30 metros de largo y 21 de ancho, con un mástil de 35 metros que despliega 650 metros cuadrados de vela. Hubo días en que tuvo que dar más de 3.500 vueltas a la manivela de su cabrestante para ajustar la posición de las velas.

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