«Me preocupa más Google que la CIA»

Silvia Barrera, exjefa de la Policía Nacional en la lucha contra el crimen digital./rc
Silvia Barrera, exjefa de la Policía Nacional en la lucha contra el crimen digital. / rc

Silvia Barrera lideró la lucha policial contra los delitos digitales en España y ahora lo cuenta en un libro. «El precio de lo gratis es tu privacidad», advierte

ANTONIO CORBILLÓN

Ha participado en el esclarecimiento de algunos de los crímenes más mediáticos. De esos que se solventan tras encontrar una pista en las huellas digitales de un teléfono móvil. O en las redes sociales. Silvia Barrera (Madrid, 1977) pasó de 'pepinilla' (agente novata) a dirigir la Brigada de Información Tecnológica (BIT) de la Policía Nacional. Ha colgado el uniforme para difundir su saber de 'ciberpolicía 3.0' en cursos, charlas, universidades y publicaciones. Hoy llega a las librerías 'Instinto y pólvora. La vida real de una inspectora de policía', donde relata la transición de la delincuencia analógica a la digital que ella ha protagonizado.

-Asegura que le gustaría ver la realidad con una mirada inocente después de ver tanta miseria criminal. ¿Las redes sociales han potenciado nuestra capacidad de ser más malvados?

-Sí. Tienen el componente de anonimato y cobardía vil que nos hace falta. En los delitos físicos hay que hacer las cosas cuerpo a cuerpo, dar la cara, eso disuade mucho. Para un delincuente, hoy es más cómodo aprender a manejar las redes que jugarse el tipo para robar mil euros en un banco. Ahora puedes engañar de muchas formas y desde cualquier parte del mundo. Eso compensa para hacerse ciberdelincuente.

«Cuesta salir del armario y reconocer que has sido víctima de una estafa digital. No queremos ver»

-Y para ser ciberpolicía ¿ha sido igual de fácil esa transición?

-Todo lo fácil que es para ellos es difícil para nosotros. Internet es un mundo donde surgió la capacidad de comunicar en cualquier parte del mundo. Funciona como un sistema anticensura. Donde hay censura existen métodos para enmascarar una conexión y no ser detectado. Y eso lo saben bien los delincuentes. Esa capacidad limita mucho la lucha contra los malos. Y luego la cooperación judicial y policial llega hasta donde llega. Hay países en los que no tienen medios o ni siquiera es delito. Corea del Norte, Rusia... el oscurantismo es muy grande.

-Fracasamos cerrando paraísos fiscales. ¿También lo estamos haciendo con los cibernéticos?

-No es fracaso sino voluntad. Se trata de cooperar. Pero hay países que apenas protegen a las víctimas. Y mucho menos persiguen a los autores. Cada uno tiene su ritmo y prioridades. A Marruecos no le puedes pedir que sea la vanguardia en seguridad cibernética. O a México, donde mueren 50 personas al día tiroteadas. Su última prioridad es montar un Twitter.

-Insiste en no creer nunca lo que ven nuestros ojos en la pantalla. ¿No acabamos de entender que no podemos exponernos tan alegremente?

-Sí. O, al menos, pónselo difícil. Pero la gente se aferra a que 'eso no me va a pasar a mí'. Ves los índices de delitos, das charlas en muchos sitios y nadie admite haber sido víctima de uno. A nadie le han pirateado la tarjeta, lo han amenazado o insultado... Y luego está todo lleno de víctimas. Les cuesta salir del armario porque les da vergüenza reconocer que han caído en la estafa más burda o que lo vea su pareja... No queremos ver y no nos interesa ver.

-El crimen perfecto no existía en el mundo analógico. ¿Vale para los ciberdelitos o también dejan siempre huellas?

-Hay mucho cibercrimen perfecto. En el mundo físico es difícil borrar los rastros y se esclarecen la mayoría. En el virtual se quedan casi todos sin resolver. Los tiempos, el borrado de rastros y la privacidad van en nuestra contra.

-Para explicar el 'coco' que son las redes, usted habla de que son como un dinosaurio que en lugar de dientes tiene ordenadores. O sea el 'Godzilla' (monstruo) que pone en peligro la Tierra.

-Hay dos 'dinosaurios'. Uno son las empresas operadoras de servicio web y redes sociales. Son las que deciden qué normas imponen, tanto de uso como de colaboración. En segundo lugar es el propio usuario el que está generando redes sociales muchas veces con una indefensión absoluta o que se aprovecha de ellas para cometer delitos. Veremos quién impone los límites. Yo tengo claro que son los proveedores. Me sigue sorprendiendo que nos quejemos de servicios y normas que ya estaban ahí. No han aparecido de la noche a la mañana. Es increíble la ignorancia de los usuarios que se alarman de cosas y condiciones que firmaron hace mucho. ¿Quién lee las normas? Si mucha gente no sabe ni interpretarlas. Si no quieres que usen tus datos no te descargues aplicaciones. El precio de lo gratuito suele ser tu propia privacidad.

-¿Cuánto debemos a personajes como Edward Snowden que nos advirtieron y se la jugaron para denunciar que nos espían hasta nuestros gobernantes?

-Bueno, tampoco sabemos si la información que nos aportan es tan objetiva como parece, o es parcial y está mediatizada por terceros que tienen otros intereses políticos o mediáticos. Me fío más de lo que contamos los que conocemos de primera mano las redes y contamos las cosas sin ningún interés en manipular a nadie. Me interesan más los que luchan cada día por concienciar y dar formación de las redes. Y me preocupan más los proveedores de servicios o Google que la CIA.

-¿Cuáles son las advertencias básicas que no se cansa de repetir?

-Primero: que no existen comprobaciones de verificación definitivas. Cualquiera puede adoptar una identidad y suplantarla. Hay que descartar una comunicación si no sabemos el origen. Segundo: comprobar el origen o la fiabilidad de las aplicaciones. De momento, Amazon es fiable, tus datos están a buen recaudo. Pero hay otros que no conocemos. Tercero: consumir solo aquello que necesitas. No tiene sentido descargarse aplicaciones de forma indiscriminada.

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