Pedro Manuel Plasencia: «Muchos jóvenes vienen de la escuela, pero sin ganas»

Pedro, de 57 años, 43 de ellos como camarero./R.C.
Pedro, de 57 años, 43 de ellos como camarero. / R.C.

Iba para carpintero y en ello estaba a sus 16 años cuando el jefe que le enseñaba a trabajar la madera le llevó una noche de fiesta por Tenerife Sur... «Allí se acabó el carpintero y nació el camarero», dice Pedro, que a sus 57 años lleva 43 trabajando en todo tipo de bares, restaurantes, discotecas... Hasta recalar en el Mesón Castellano, donde sirve desde hace tres lustros en un comedor que se llena con 270 personas de mil nacionalidades (unos 1.500 euros al mes pagas extra incluidas). «A los alemanes no les hagas bromas, no lo entienden; los ingleses son los mejores, con ellos sí puedes reírte, aunque son de los que te dicen que el filete está malo cuando se han comido ya la mitad. Y los españoles... Pues parece que piensan que como te pagan tienes que aguantar: en una mesa te pide uno una coca cola y cuando la estás trayendo te pide otra el de al lado, en vez de pedir todos a la vez». Gracias a esa pequeña Babel en la que ha trabajado toda su vida habla italiano e inglés a la perfección. Cuando trabajaba en las discotecas, todos sus compañeros eran ingleses y llegó un momento en que cuando iba a ver a su familia, todos canarios, le salían palabras en inglés. Los años de experiencia también le aportaron conocimientos para decorar los platos de fruta dándoles forma de loro, o lograr imágenes de palmeras con el chocolate líquido. Empezó de pinche en un hotel limpiando las vajillas; luego pasó a la noche, a la barra y a pasear por la playa vestido de pirata regalando copitas de sangría y entregando tíques de publicidad de las discos, lo que hoy son los 'flyers'. 15 años en la noche en los que se lo pasó muy bien y conoció a su mujer, una inglesa que llegó a trabajar al local y a la que pidió salir. «Seguimos saliendo hoy, tenemos dos hijas mayores, ninguna se dedica a esto. Y si yo tuviera una segunda vida sería camarero solo de soltero, luego ya es muy sacrificado...».

Dice, de hecho, que muchos de sus colegas de juventud están divorciados, «y algunos que montaron locales de noche y ganaron mucho dinero acabaron entregándolo todo al vicio, perdieron familia y local y ahora han tenido que volver a emplearse de camarero normal». Trabaja codo con codo con jóvenes que han salido de la escuela de hostelería... «Si yo hubiera ido sería un fenómeno hoy, pero a ellos les faltan ganas, y sin ganas... Hoy los jóvenes no son como antes, no ven esto como una profesión de futuro».

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