No quiero carné de conducir

No quiero carné de conducir

En España hay más de nueve millones de personas sin carné de conducir. Cuatro de ellas nos cuentan su experiencia, las ventajas e inconvenientes de vivir sin el coche

FERNANDO MIÑANA

Los conductores, al menos muchos de ellos, miran y tratan a los que no se ponen al volante como si fueran bichos raros. Pero hay vida más allá de los coches. Es posible transitar por la vida sin sacarse el carné de conducir. Y los motivos para tomar esta decisión pueden ser voluntarios o inducidos por motivos económicos, incapacidad para superar un examen o para resistir la tensión que supone sumarse al estrés de la circulación.

España tenía 26 millones y medio de conductores en 2016. O lo que es lo mismo, unos nueve millones sin licencia para llevar un vehículo. Esto viene a suponer que hay tres españoles que conducen por cada uno que no. ¿Muchos? ¿Pocos? Según se mire. Diez años atrás, en 2006, eran 22 millones de conductores. Y hace 20, en 1996, unos 17 millones.

Cada 'no conductor' tiene su razón. Los hay que le tienen pánico a los coches. Los que empezaron a dejarlo pasar después de cumplir los 18 y acabó dándoles pereza. Los que no aprobaban ni a la de tres. Los que creen que así contribuyen a cuidar el planeta. Los que sufren una limitación física. Los cómodos. Los vagos. Los pobres. Muchas causas pueden empujarnos a renunciar al volante. Aquí van cuatro.

Pablo Rodríguez , 30 años «Seguro que no bajo de los 15.000 pasos diarios»

Pablo Rodríguez, un sevillano que vive en Granada, tiene 30 años y lleva desde los 18 esperando el momento en que la economía le dé un respiro y pueda hacer la inversión que supone prepararse para sacarse el carné de conducir y conseguir luego un coche. Nunca encuentra el momento y siempre acaba demorando un año más el momento de presentarse en la autoescuela para empezar a estudiarse las normas y las dichosas señales de circulación.

«No me lo saqué a los 18 años porque las circunstancias económicas no me lo permitían. Lo poco que tenía entonces era para salir con los amigos. No me daba para mucho más y mis padres tampoco me pudieron ayudar», recuerda Pablo. Luego vino la universidad y el traslado a Granada. «Ahora vivo de alquiler y no me da para pagarlo todo. Sigo sin carné: no se han dado las circunstancias y, la verdad, me he ido acostumbrando y no me hace especial ilusión».

Su caso es muy común, el de aquellos que, cuando querían, no se lo sacaron y después, pasado el tiempo, se dan cuenta de que pueden vivir tan ricamente sin un vehículo. «Este año he ahorrado 300 euros pero no sé si finalmente me apetecerá gastármelos en eso o preferiré invertirlos en algo más atractivo para mí».

Las circunstancias le han convertido en un gran andarín. «No tener carné es bueno para la salud. A muchos sitios voy caminando. No tengo un marcapasos de esos que lleva la gente pero seguro que no bajo de los 15.000 pasos diarios. Por suerte vivo en el centro y no tengo que subir las cuestas del Albaicín a diario».

Aunque no todo es tan idílico. Pablo Rodríguez es periodista y hace un par de años le tocó cubrir la noticia de la búsqueda de los restos de Federico García Lorca. «Era entre Alfacar y Víznar y cada día iba y volvía andando. Eran los meses de septiembre y octubre, aún pegaba fuerte el sol y ahí sí que lo pasé mal».

Pablo no solo es de los que no tienen carné de conducir, también pertece al club de los aerofóbicos. Un miedo que viene de una mala experiencia, un vuelo de Sevilla a Roma demasiado agitado. «Luego me contaron que cuando hay una tormenta gorda o remontan por encima o tienen que bajar al mínimo la potencia de los motores. Si vas en el avión observas que pega un acelerón y luego cómo baja de golpe y toda la gente grita y llora mientras ves las caras de pánico de las azafatas».

Aunque intenta que esta fobia no le limite, como el coche, que acaba convirtiéndose en un estigma social, como el de quien no tiene hijos. «La gente no para de decírtelo, y eso que yo no molesto ni pido favores nunca. Aún así tienes que escuchar cada dos por tres: 'Es que no sé a qué esperas para sacártelo'».

Ciro Galante - 40 años «Te conviertes en un beta entre machos alfa»

Ciro Galante relata su caso desde la oficina, en Madrid, y se muestra encantado de estar viendo al mismo tiempo un colapso en la M-40 que él no sufrirá porque cuando acabe de trabajar se irá a su casa usando el transporte público. Él intentó conducir, pero no tuvo éxito en sus intentos. «Suspendí dos veces el práctico. El primero lo hice con todas las de la ley, pero en el segundo me bloqueé». No hubo más exámenes. Y ahora, a los 40, después de vivir 30 años en Bilbao y 10 en Madrid, se ha dado cuenta de que en una gran ciudad no es imprescindible. «Nunca he tenido la necesidad. Desde que llegué a Madrid me acostumbré al metro y al autobús. ¿Dónde no llega hoy en día el transporte público? Además, para utilizarlo un fin de semana de vez en cuando no me compensa».

Ciro tampoco es de los que sienten la necesidad de estar consolándose continuamente con las ventajas económicas de no disponer de un vehículo. «Nunca he tenido la experiencia, así que no sé realmente si es más ventajoso, pero sí es cierto que cuando escuchas los problemas de la gente que tiene un coche, te alegras».

Los hijos, a menudo, marcan un punto de inflexión en los matrimonios sin conductores. El pavor a una urgencia del niño ha sido capaz de disuadir a los más reacios. «Viene uno en camino y, como digo con el asunto económico, no puedo hablar porque aún no lo he experimentado. Pero estoy rodeado de conductores en la familia y si necesito un chófer lo puedo encontrar con facilidad: siempre hay gente dispuesta a ayudarte. Además, en los coches caben cinco, así que casi siempre hay un sitio para ti».

Viviendo en Madrid tampoco le asusta el día que tenga que salir pitando a urgencias. «Yo veo que la gente mete a los niños en los taxis y supongo que no pasará nada. Me parece peor lo de moverte de aquí para allá con los niños porque sí veo a la gente sufriendo cuando suben con ellos al metro o al autobús, aunque también es cierto que siempre hay alguien que se presta a echarles una mano».

Ciro, cómo no, también ha sufrido el estigma de los peatones. «La gente me repite constantemente que me vuelva a presentar. Te conviertes en un beta dentro de un mundo de machos alfa, pero, quizá, hay demasiados machos alfa y yo soy feliz siendo un beta...».

Fernando Beltrán - 61 años «Trabajé de joven como aparcacoches»

Fernando Beltrán es un reconocido poeta que se gana la vida poniendo nombre a nuevas marcas. Amena, Faunia o Rastreator son producto de su imaginación, que se divide entre la poesía y su empresa -El Nombre de las Cosas-. En las conferencias le gusta explicar que la poesía sí que da para vivir, que lo que no da es para comer. De ahí que haya pasado por mil oficios: librero, bailarín de claqué, administrativo, actor, guionista... y hasta aparcacoches, una profesión, esta última, que no tendría mucho de particular si no fuese porque nunca ha tenido carné de conducir...

Aquello fue con 20 años y ahora, a los 61, se divierte recordándolo. «No estuve mucho tiempo como aparcacoches: tres días en Valencia y una semana en Madrid. Yo no tenía carné, pero sí sabía conducir: me enseñó mi padre con 14 años. La primera vez fue en Valencia, en la playa, por una broma de unos amigos. '¡A que no te atreves!'. Lo aparqué como pude. Y después, en Madrid, lo mismo. Éramos varios y yo, pues uno más».

Fernando lo intentó cuando casi todos, nada más cumplir los 18. «Como me había enseñado mi padre, me apunté por libre, sin pasar por la autoescuela. Entonces, no sé ahora, aquella opción tenía fama de ser complicada. Saqué el teórico y la primera parte de las prácticas, pese a que me di un golpe contra una esquina, pero en el recorrido, para mi sorpresa, lo hice bastante bien, pero el examinador se me quedó mirando y me dijo: 'Siga usted practicando'».

No lo recuerda con rencor. Y hasta lo contempla como un golpe de suerte tras superar, ileso, la época de la farándula y la noche. «Vivía como un energúmeno», reconoce. El destino le convirtió, además, en un «peatón irredento». Es más, caminar le inspira. «Soy un poeta peatón, ambulante, que escribe mientras pasea por la calle». Y ser un andarín le ha convertido en un GPS pedestre. «Me conozco todas las calles de Madrid», asegura.

Solo se ha lamentado un vez. Fue pasando unas vacaciones en el monte, en Asturias, el día que su mujer se torció un tobillo. «Ahí pensé que me hacía falta un coche, pero fue la única».

Jesús Monasterio - 49 años «Es mejor el transporte público y olvidarse»

También hay gente que sí se sacó el carné de conducir, pero que acabó dejando de usarlo o necesitarlo. Jesús Monasterio aprobó el examen hace treinta años. «Como casi todos los jóvenes, te lo sacas a los 18 o los 19, te compras una moto, luego te regalan un coche... A mí me gustaban los coches y conducía. El problema a esa edad es que empiezas a salir de noche con el vehículo. Al principio vas con prudencia y en trayectos cortos, pero luego lo sigues cogiendo, por comodidad, y te crees que controlas».

Coche, ocio nocturno y juventud. Mala combinación. «Tuve un par de accidentes. No conducía yo sino unos amigos, pero al final te acabas dando cuenta de lo peligroso que es. No nos pasó nada grave pero en uno casi volcamos. Al coche no hay que tenerle miedo, pero sí respeto».

El caso es que a Jesús Monasterio no es que le diera pánico conducir, pero dejó de coger el coche y, poco a poco, empezó a acostumbrarse a no utilizarlo. Llegó un momento en el que se convirtió en una norma. Aunque sin llegar a transformarse en algo prohibido. Si la situación lo requiere, no tiene problema en pasar de acompañante a piloto. «El pasado verano, por ejemplo, nos paró la Policía y mi mujer tenía el carné caducado. Así que lo tuve que coger yo».

Jesús vive en Madrid, una ciudad perfectamente dotada de transporte público, con lo que tiene sus necesidades cubiertas. «Sacar el coche es absurdo. Pierdes más tiempo en el hecho de aparcar, cuando vas al centro, que el tiempo que realmente pasas donde vayas. Es mejor el transporte público y olvidarse de complicaciones».

El coche lo reservan para las vacaciones, momento en el que él disfruta del privilegio del copiloto. «Mi mujer siempre me ha conocido así. Soy un vago y me gusta ir fijándome en el paisaje. Alguna vez hemos ido con amigos en una furgoneta y entonces ella me entiende». Y otra razón de peso para no echar de menos conducir, el bolsillo. «En las ciudades hay que sumarle el tráfico, el parking, la ORA... Además del mantenimiento. Lo caro no es comprarse un Mercedes sino mantenerlo. Ahora somos tres y muchas veces nos sale a cuenta coger un taxi. En coche son los diez euros del parking, la gasolina, el desgaste del vehículo... Un taxi de vuelta nos cuesta siete euros. Y pueden ir cuatro».

millones de conductores hay en España, según el censo de la Dirección General de Tráfico de 2016. Una cifra que se reparte entre 15,4 millones de hombres y 11,1 millones de mujeres. Las comunidades con más licencias son Andalucía (4,8 millones), Cataluña (4,1) y Madrid (3,3).

millones de personas no tienen carné de conducir. No es una cifra oficial. Es el resultado de restar los cerca de once millones de personas que no pueden conducir -contabilizamos los menores de 18 y los mayores de 80- y los 26,5 millones que conducen a los 46,7 millones de habitantes que tiene España.

millones de conductores (13,3 millones de hombres y 8,8 millones de mujeres) había en España en 2006. Y diez años antes, en 1996, eran 17,1 millones (11,2 y 5,9).

millones de conductores fue una barrera que los hombres superaron en España en 1991. Las mujeres no lo hicieron hasta 18 años después.

centímetros cúbicos tiene el motor de los coches que no requieren carné, una alternativa de movilidad a los ciclomotores.

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