El país rojo y verde de Marcelo

Una turista disfruta de la pequeña playa del centro de Cascais, donde vive y se baña el presidente de la República lusa, Marcelo Rebelo de Sousa./
Una turista disfruta de la pequeña playa del centro de Cascais, donde vive y se baña el presidente de la República lusa, Marcelo Rebelo de Sousa.

El presidente de la República de Portugal despacha en Lisboa y duerme en una anodina casa de alquiler en Cascais. Maria das Dores Meira, la alcaldesa comunista de Setúbal, llama a Mourinho cuando el presupuesto municipal aprieta. A Elisabete Freitas no la mueven de Sampriz, una bucólica freguesía de Ponte da Barca desangrada por la emigración

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Ni todo es tinto de verano

Tercer capítulo de la serie dominical de cuatro reportajes sobre Portugal, ese país tan cercano y tan desconocido, que ahora brilla por los cuatro costados en la escena internacional.

Si se propone arrancar una sonrisa instantánea a un portugués, esta es la frase infalible: «¡Un selfi, Marcelo!». Suena prácticamente a diario en el país vecino allí por donde pasa el susodicho. Sus compatriotas saben que es un hombre fácil y que de buena gana pondrá su cara delante del visor junto a la del espontáneo de turno. En Cascais, una localidad de 200.000 vecinos a poco más de treinta kilómetros de Lisboa, donde conviven sin mezclarse millonarios internacionales y pescadores de pulpo, no queda residente que aún no se haya retratado con él, o bien que no almacene en su móvil una foto, en paños menores, de... el presidente de la República. Cuando la agenda oficial lo permite, amanece con un chapuzón vigorizante en la playa de apenas cincuenta metros de ancho situada en pleno centro de la villa, antes de ponerse a los mandos de la nación.

«La gente se marcha a la ciudad a hacer dinero, pero allí nadie se habla» «Viví en Fontainebleau siete años, pero nunca me adapté. Mucho barullo para mi» Elisabete Freitas - Encargada de una casa rural

A Marcelo Rebelo de Sousa (Lisboa, 1948) -«profesor Marcelo», para algunos (fue docente catedrático de Derecho en la Universidad de Lisboa); Marcelo, a secas, para otros, incluidos los noticiarios- no le gustan las holguras del Palacio Nacional de Belém, el complejo rosa que durante siglos ocupó la familia real lusitana y que hoy es la sede oficial del jefe del Estado. Prefiere vivir de alquiler en una casa de dos plantas y fachada anodina del apretado casco antiguo de Cascais, y tener por vecina a Ana Rita Diogo, una empleada de Zara, y a su marido, pescador, en lugar de a Philippe Stark, con su mansión de revista en primera línea de costa, varias callejuelas más abajo.

«Es habitual verle caminar por aquí de camino a la playa, con la toalla al hombro y con su guardaespaldas, que a veces también se baña con él. Lo hace durante todo el año, incluido cada 1 de enero. Aunque no seas de su cuerda política, es imposible no simpatizar con él», reconoce la dependienta mientras pasea a su hija frente a la casa del máximo mandatario portugués. La radio suena a todo volumen en el interior, pero su principal inquilino debe de estar ausente. Pese a las voces y a los chasquidos del disparador de la cámara, el policía que ocupa la garita camuflada en un seto frente al inmueble presidencial no despega la vista del periódico.

Hijo de un antiguo gobernador colonial de Mozambique y ministro salazarista, el inusual político, exmandamás del partido de derechas luso PSD, era (y es) un astro mediático. Durante lustros se dedicó a reventar los 'shares' televisivos en su papel de analista político hasta que, en 2016, se postuló como candidato en las elecciones presidenciales, pagó la campaña de su bolsillo y arrasó en la primera vuelta. No había dado un solo mitin. Tan solo, abrazos y sonrisas a tutiplén a gentes habituadas a la invisibilidad. Para entonces, ya estaba en marcha el Gobierno socialista minoritario de su exalumno Antonio Costa, con el respaldo parlamentario de comunistas e izquierdistas. 'A priori', la antítesis de su Ejecutivo ideal, lo que no le ha impedido hacer piña desde el primer instante con el Gabinete Costa y dejar en el cajón sus poderosas facultades presidenciales, que incluyen disolver la Asamblea Nacional portuguesa (y eso implica la convocatoria de nuevas elecciones) o tumbar la promulgación de nuevas leyes. «He venido para dar estabilidad económica al país», dijo en su primer discurso oficial. Y en eso anda.

El 'bombero' del presidente

Ese talante abierto y moderado tiene mucho que ver con que, dos años después de su debut en el cargo, no solo se muestre inmune al desgaste, sino que su popularidad no deje de crecer. Pero no es lo único. El secreto de sus superpoderes contiene otros dos ingredientes: un 'charme' desarmante y su proximidad con la gente de a pie. Que el Gobierno de Costa haya sobrevivido a la tragedia de Pedrógao -ocurrida hace un año, cuando unos pavorosos incendios forestales se cobraron la vida de 64 personas- «se debe, en buena medida, a él. Sus imágenes consolando a los vecinos que lo habían perdido todo resultaron muy conmovedoras. El país pudo ver que sus abrazos eran de verdad», expone a este periódico el subdirector del periódico 'Jornal de Notícias', Pedro Ivo Carvalho.

Marcelo no se conformó con expresarles su pesar mientras los bosques del distrito de Leiria todavía humeaban. La última Navidad se desplazó hasta la zona arrasada para cenar con las víctimas y, hace apena un mes, ante la llegada de la temporada de calor, anunció a un diario nacional su decisión de no concurrir a la reelección como jefe del Estado si se produce otro siniestro similar. Entretanto, «el presidente de los afectos», como le conocen sus paisanos, no deja un solo día de consolar, tocar, besar, estrujar, sonreír y poner la cara cada vez que le sueltan eso de «¡un selfi, Marcelo!», oficializado ya como latiguillo nacional. Culto, empático, católico romano, hiperactivo, divorciado y amigo de juventud del secretario general de la ONU, António Guterres, es «nuestro presidente-rey con el gancho de una estrella pop», sintetiza el reportero. No va más. O, tal vez, sí.

La maga de los patrocinios

El país rojo y verde de Marcelo es discreto en hechuras pero se basta para dar cabida a otros fenómenos extraordinarios en temperamento y forma. A solo 75 kilómetros al sur de Cascais, en la ribera septentrional del estuario del Sado, Setúbal emerge poderosa con la hoz y el martillo en una mano, y el balón de fútbol en la otra. La ciudad portuaria e industrial que vio nacer y dar los primeros regates a José Mourinho es uno de los últimos bastiones comunistas de Portugal. De ahí los carteles que reclaman en cada esquina las 35 horas laborales para los empleados públicos y privados -el Gobierno de Costa las repuso hace un par de años para los primeros, tras los drásticos recortes ordenados por Europa-, en el nombre del Partido Comunista de los Trabajadores de Portugal (PCTP). «Aquí se vive bien. No necesitamos nada. Si acaso, un poco de diversión y un poco más de turismo», valora con desenfado José Gómez desde su puesto de pescado en el prístino Mercado do Livramento, donde vende pez sable de Marruecos, sardina de España a 7,90 euros el kilo -las capturas en Portugal están ahora restringidas- y pargo, a 25.

Las riendas del Consistorio marxista-leninista las lleva Maria das Dores Meira (Lisboa, 1956). Y lo hace por tercer mandato consecutivo. Esta pizpireta abogada con energía de meteorito y gran predicamento entre los industriales se ha ocupado de convertir la descuidada población que conoció de crío el actual entrenador del Manchester United en otra más coqueta y vendible al turismo. De las 140 conserveras que hicieron de Setúbal la primera productora del planeta de pescado en lata durante la Segunda Guerra Mundial, ya no queda ninguna. A cambio, «tenemos la mayor industria de pasta de papel del mundo, con 800 trabajadores; la mayor empresa de Europa de reparación de grandes petroleros, con 600; 43 productores de moscatel; una de las bahías más bonitas que existen; una comunidad estable de delfines y solo el 6% de desempleo», presume con una luminosa sonrisa la alcaldesa roja.

Marxismo chic

El verdadero mérito de su gestión, dicen, está en su excepcional habilidad para recabar «patrocinadores» cuando las cuentas municipales no salen. «Yo solo les digo a los empresarios la verdad, que su industria es más importante en la medida en que la ciudad en la que se encuentra luce más limpia, cuidada y bonita, sus ciudadanos están contentos y ocupados y, en consecuencia, el índice de criminalidad es bajo. Y todo eso ocurre cuando hay buenas escuelas y jardines, y los servicios funcionan bien. Les recuerdo eso y también que los cuadros técnicos no vienen a ciudades que están hechas un desastre. 'Tu empresa es más importante si colaboras con la ciudad', les digo», parpadea y muestra sus dientes blancos.

Con esta especie de cuento de la lechera para patronos, Meira ha conseguido una cartera de trescientos mecenas habituales, cuyas aportaciones le han permitido «hacer pisos sociales y rehabilitaciones». Entre ellas, las de varios edificios históricos «abandonados», de titularidad estatal, que ha adquirido y reinaugurado como escuela de hostelería y turismo, centro de visitantes o biblioteca pública. Una decoración de estilo 'hotel-boutique' uniformiza ahora todas las dependencias municipales, incluida la deslumbrante Casa Consitorial.

-El suyo es un comunismo de lo más chic.

-Me gusta lo bonito y lo confortable no solo en mi casa. Eso no es incompatible con ser comunista, ¿no le parece? Además, nuestros trabajadores también tienen derecho a un poco de glamur.

En paralelo a los patrocinadores, la resuelta regidora del PCTP se las ha arreglado para abrir otra cartera, esta vez de «padrinos» que se ocupan de «tapar agujeros» en escuelas. El primero de la lista es Mourinho. «La última vez que le llamé y le dije que necesitaba dinero vino, organizó un partido benéfico entre los veteranos del Benfica y del Vitória -el equipo local, en el que debutó- y él mismo lo arbitró». El pasado mes de octubre, el extécnico merengue regresó a su terruño. En esta ocasión, para inaugurar una avenida con su nombre. «Setúbal es la única ciudad donde sigo sintiéndome yo», dijo el míster.

Tierra de castañas y centeno

Eso es justo lo que ata a Elisabete Freitas, 43 años, a Sampriz. En esta bucólica freguesía -los municipios o concelhos en Portugal se dividen en estas organizaciones administrativas-, enclavada a poco más de cien kilómetros de Oporto y a otros tantos de Vigo, están inscritos 400 vecinos, pero la mitad de las casas tiene las persianas echadas. Solo se suben en agosto. Sus propietarios viven en América, Suiza o Francia.

«Esta tierra es pobre. Tan solo se dan la uva (de la que sale esa delicia de vinho verde), las castañas, el trigo y el mijo. Y no hay industria. Por eso, la mayoría se marcha», explica la mujer sin asomo de afección. Ella misma lo hizo a finales de los ochenta de la mano de su madre. Su padre, un instalador de cables de teléfono, se había marchado de avanzadilla dos décadas antes. De la noche a la mañana, y con solo doce añitos, Elisabete se encontró en un extraño colegio de Fontainebleau, cerca de París, sin poder articular una sola palabra comprensible para los demás. «Nunca me adapté. Aquello no me gustó. Mucho barullo para mi», cuenta arrugando el ceño en la idílica pradera a la que se asoma la Casa da Portela de Sampriz, la casona noble del siglo XV restaurada como alojamiento rural donde ha encontrado trabajo estable como asistenta.

Antes de los veinte ya estaba de vuelta en su pueblo para casarse con un vecino con el que se carteó durante su etapa francesa. Para entonces, él había tenido que ir a Suiza a buscarse la vida. Ella le siguió hasta allí. «Aquello era tranquilo y verde; y, aunque me gustó, siempre pensamos en regresar». Lo hicieron al cabo de un año. Desde entonces, Elisabete apenas ha vuelto a salir de Sampriz. Se conforma con acercarse los fines de semana a Ponte da Barca, la cabecera del municipio, y pasear por la ribera del impetuoso Lima junto a las otras dos mujeres de su edad que quedan en la freguesía. A Oporto 'baja' un par de veces al año y le basta. No les va mal. Su marido se acaba de comprar una retroexcavadora para hacer pequeñas obras aquí y allá; tienen una huerta, seis vacas para carne, cerdos, gallinas y unos asustadizos cabritos que adora cuidar. Y sus hijas no fabulan por ahora con la ciudad. La mayor, de 23, trabaja en una fábrica de camisas y «tiene aquí un enamorado». La adolescente quiere ser peluquera y la pequeña, aún lo es.

«Yo soy feliz aquí, en mi pueblo, donde nacieron mis antepasados y donde nacieron mis hijas. La gente se marcha a la ciudad a hacer dinero, pero allí nadie se habla. Aquí haces poco, pero suficiente, y charlas con todos. Y, sobre todo, estás tranquila... Escuche...», invita risueña mientras deja que el campo murmure el lenguaje chispeante de la primavera.

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