La razón por la que no deberías tener miedo a montar en un avión

La razón por la que no deberías tener miedo a montar en un avión

2017 fue el año más seguro para viajar en avión: 10 accidentes y 144 muertos. O lo que es lo mismo, un siniestro por cada 7,36 millones de vuelos

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Con permiso de Arquitas de Tarento, Da Vinci, los hermanos Wright o Ferdinand von Zeppelin, uno de los grandes hitos de la conquista humana de los cielos se registró el 1 de enero de 1914. Ese día de año nuevo, el piloto Antony Janus abría oficialmente la era de la aviación comercial al transportar a Abram C. Phell, entonces alcalde de la ciudad estadounidense de Sant Petersburg (Florida), desde esa localidad hasta Tampa, en el mismo Estado, a bordo de un hidroavión Benoist Type XIV. Cuarenta kilómetros de distancia, veinte minutos de vuelo y un solo pasaje, de cuatrocientos dólares de la época. Otro de los momentos estelares en el sector de la aeronáutica civil acaba de producirse ahora, 104 años después de aquella memorable hazaña, al cerrarse el ejercicio más seguro de la historia para los pasajeros de todo el mundo. Al menos, desde 1946, cuando empezaron a contabilizarse los accidentes de avión.

Durante los últimos doce meses, los aeropuertos del planeta certificaron una actividad récord al autorizar 36,8 millones de despegues con más de 3.700 millones de viajeros en sus cabinas. Pues bien, en esa vorágine celestial, únicamente diez aeronaves comerciales sufrieron algún tipo de accidente luctuoso con el resultado de 144 personas fallecidas, lo que supone un ratio de un único siniestro por cada 7,36 millones de vuelos.

Así lo constatan los datos que acaba de hacer públicos Aviation Safety Network (ASN), líder de internet en información sobre seguridad aérea, y que conciernen únicamente a los aparatos comerciales civiles de transporte de pasajeros y los de flete habilitados para llevar a un mínimo de catorce pasajeros. Por tanto, su estudio no incluye, por ejemplo, la tragedia acaecida en Myanmar el pasado 7 de junio, cuando un avión Y-8F de las Fuerzas Aéreas de ese país se precipitó al Océano Índico con 122 personas a bordo. Pero, aunque lo hiciera, y con ella otras desgracias de aeronaves de transporte militar, los de 2017 seguirían siendo los mejores números en el historial moderno alado.

El bajísimo ratio de siniestralidad aérea que nos ha dejado ese ejercicio iba a serlo aún más. Sin embargo, el sábado 30 de diciembre, apenas unas horas antes de que se festejara el cambio de año, ocurría el incidente más mortífero. Un turbohélice monomotor con dos pilotos y diez pasajeros a bordo se estrellaba en la región de Guanacaste, en Costa Rica, sin dejar sobrevivientes.

En la otra cara de la moneda, la luminosa, el vuelo AF66 entre París y Los Ángeles del 30 de septiembre. Cuando se encontraba en pleno vuelo sobre el Atlántico, a unos 370 kilómetros al sureste de Nuuk, en Groenlandia, el avión perdía el motor número cuatro, en el ala derecha. La tripulación declaraba la emergencia y, un par de horas después, aterrizaba la aeronave sin más problemas en Goose Bay, Canadá, con todo el pasaje sano, salvo y sin despeinarse.

La seguridad aérea, que ha consolidado al avión como el medio de transporte colectivo más seguro, a gran distancia de otros, ha avanzado de manera espectacular desde el rudimentario primer vuelo protagonizado por el regidor de San Petersburgo, hace más de un siglo. Si rebobinamos a 2016, encontramos un total de dieciséis accidentes aéreos y 303 víctimas mortales. Un salto atrás en el tiempo de once años nos ubica en 2005, el último ejercicio en el que desplazarse por aire costó la vida a más de un millar de pasajeros. Hace siete décadas, en 1948, el año más luctuoso, el mundo desayunaba una desgracia aérea cada cuatro días. En Nochevieja de ese año contaron un total de ochenta siniestros.

Litio y pilotos mileuristas

El bajo número de accidentes contabilizado en el último año no sorprende al presidente de ASN, Harro Ranter. «Desde 1997, el número promedio de siniestros aéreos dibuja una curva descendente de forma pertinaz gracias, en gran medida, a los continuos esfuerzos de seguridad operados por las organizaciones internacionales de aviación y por la propia industria».

El secretario del Colegio Oficial de Pilotos de la Aviación Comercial (COPAC), que representa a más de 6.500 asociados en España, atribuye el mérito a varios factores. «Los procedimientos son cada vez más rigurosos; la planificación de las operaciones, más exacta -es tremendo su detalle y cómo se cumple todo lo que nos dicen -; y la fiabilidad de los motores y de los sistemas es mejor», glosa Borja Díaz Capelli, quien destaca de manera especial el cambio de mentalidad experimentado en el sector, «de una cultura reactiva a una preventiva». «Antes aprendíamos de los siniestros. Ahora nos anticipamos a ellos. Un ejemplo son las baterías de litio, que nutren dispositivos electrónicos. No han generado accidentes, pero sí incidentes por su riesgo de incendiarse, por lo que se han prohibido en las bodegas del avión».

Pero no todo funciona a las mil maravillas allí arriba. El piloto y portavoz del COPAC señala amenazas claras para la seguridad, como «los nuevos modelos de contratatación -algunos como autónomos- o el acceso a la profesión en calidad de mileuristas y tras sólo 200 horas de vuelo de avioneta, cuando en los Estados Unidos se exigen 1.500. El mercado manda, pero igual es preciso intervenir».

es el número de días récord que lleva la aviación civil comercial del mundo sin haber lamentado un siniestro con víctimas mortales. El último fue el 28 de noviembre de 2016 en Colombia. En el avión accidentado viajaban 77 personas. Entre ellos, el equipo brasileño de fútbol Chapecoense. Solo sobrevivieron seis pasajeros.

millones de despegues se autorizaron durante los últimos doce meses en los aeropuertos del planeta. Transportaron a más de 3.700 millones de viajeros. Y el tráfico sigue creciendo.

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