Maided Gelabert: «Tenemos corazón, no somos máquinas expendedoras»

Maider, de 40 años, en un rincón del Ambigú./borja agudo
Maider, de 40 años, en un rincón del Ambigú. / borja agudo

Son 23 años de camarera, los últimos tres en el bar restaurante Ambigú, que celebraba ayer sus 15 años. En media jornada que compatibiliza con su curro en otros locales. Todo empezó en un chiringuito de playa en Neguri (Vizcaya). «He hecho de todo, aunque como fan de la comida y de la gente, con lo que más disfruto es sirviendo mesas. Y no debe dárseme mal, porque una vez me dijeron que yo era hostelera de corazón, y me gustó mucho. Incluso me han hecho regalos». Se mueve con soltura y alegría en el recogido espacio del Ambigú, otorgando al local junto a sus compañeros el buen ambiente que lo ha hecho legendario junto a su original menú y sus fiestas noctámbulas. «Soy muy organizada, una tía ordenada, y eso es muy necesario en hostelería», dice al ser preguntada sobre lo que se le da mejor. «Porque parece que en hostelería cualquiera puede trabajar, es un curro muy poco respetado; a mí no se me ocurriría ir a buscar trabajo a una peluquería, pero a cualquiera le echan a la calle y te monta un bar. Tengo un conocido al que le dieron 20.000 euros de finiquito y puso un local que ya ha cerrado. Por eso me parece bien que se fomente la formación, porque hay que prestigiar este trabajo. Y eso que yo no tengo titulación, bueno, sí, un cursillo que hice el año pasado que me ofrecieron en la Seguridad Social: pedí uno de enología y me llamaron para hacer uno de cata de vinos... ¡'online'! Casi me caigo al suelo de la risa. Pero lo hice. Y otro de cócteles. He aprendido a trabajar porque la gente buena que me ha contratado me ha enseñado. Pero luego no es lo mismo ir al Hotel Barceló que aquí, donde lo que se fomenta es el buenrrollismo».

Y como cliente, ¿cómo es Maider? «Me planto en la barra y no puedo evitar juzgar cómo curran, o si el camarero tiene cara de moco, porque de eso también hay. Pido mi café cortado con poca leche y que esté fría... Difícil conseguirlo. Tengo una teoría, la ineficacia ajena siempre se paga como propia». Recuerda cuando abrió el bar para que un periodista entrevistara a Nacho Vegas (el local se encuentra frente a la sala de conciertos Kafe Antzokia)... «Me quedé mirándole desde la barra todo el rato». O cuando los de M Clan la invitaron a ir a su bolo. «De cada sitio en el que he trabajado he aprendido algo, e incluso del peor antro guardo alguna persona que sigue en mi vida». «No somos máquinas expendedoras, tenemos corazón», advierte.

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