Una isla partida desde hace un siglo

La línea fronteriza entre las dos Irlandas fue una conveniencia política que el 'Brexit' ahora subraya

I. GURRUCHAGA

En 1920, a Londres le pareció ya irreparable la división sobre el autogobierno de Irlanda, dentro de las estructuras del Imperio. Irlandeses que se identificaban con lo británico y con el protestantismo, en gran parte descendientes de sucesivas invasiones, inmigraciones y plantaciones coloniales procedentes de la isla vecina, eran mayoría en el nordeste de la isla y no querían ser gobernados desde Dublín.

Una ley dictó la creación de dos parlamentos y sus ámbitos: «Irlanda del Norte consistirá en los condados parlamentarios de Antrim, Armagh, Down, Fermanagh, Londonderry y Tyrone, más los burgos de Belfast y Londonderry, e Irlanda del Sur comprenderá tanta Irlanda como la que no está comprendida en los mencionados condados y burgos».

La región nordeste se ha denominado oficiosamente Ulster, aunque la antigua provincia con ese nombre incluía otros dos condados, Cavan y Monaghan. Fueron descartados de la recién nacida Irlanda del Norte por conveniencia electoral. Había allí holgadas mayorías católicas. Una Comisión de Lindes con tres miembros diseñó entre 1924 y 1925 un nuevo contorno en los mapas de los condados. Se filtró, escandalizó y fue enterrado.

El cierre de la frontera fue el mayor reto del Ejército británico desde Normandía

Al final, el Gobierno de Dublín, sobreviviente de una guerra civil disputada sobre la partición de la isla, aceptó que los condados quedaran como estaban y Londres perdonó a Dublín la parte que le exigía de la deuda del Imperio, por abandonarlo. Los incidentes armados en diversos puntos de la frontera ocurrían con frecuencia. Protestantes del sur se refugiaron en el norte, aunque en menor porcentaje entre aquellos que vivían cerca de la nueva frontera.

Ésta tiene cerca de 500 kilómetros y más de doscientos cruces, de los que menos de veinte eran 'carreteras de concesión', con aduanas establecidas. Los demás caminos que atraviesan la frontera se convirtieron en 'rutas no aprobadas' en los años setenta, cuando las fuerzas británicas de seguridad se enfrentaron a un IRA cuyas unidades partían del sur para cometer crímenes en el norte. La mayoría de la población a ambos lados de la linde y en toda su longitud es políticamente republicana.

Torres de vigilancia

Las fuerzas de seguridad volaron con explosivos caminos y puentes, colocaron barreras con pinchos. Desde helicópteros, porque patrullar en tierra era demasiado peligroso, se dejaron bloques de hormigón para impedir el paso. Se construyeron enormes torres de vigía en el este de la frontera -donde no hay doscientos metros sin ondulaciones que ciegan el horizonte-, en una operación de la que se ha dicho que fue la de más complejidad logística del Ejército británico tras el desembarco de Normandía.

La pertenencia común a la Unión Europea y el proceso de paz iniciado en el final del siglo XX han permitido que la frontera desaparezca, que los caminos se reconstruyan, han favorecido incluso una posible reducción del contrabando. Pero el 'Brexit' resucita al difunto 'Irish border' con dilemas que son imposibles de resolver limpiamente sin alterar los nuevos equilibrios.

Si Theresa May cumple su promesa de marcharse del mercado común y de la unión aduanera, tendrá que haber controles en la frontera de 1920 -con indignación de los que desean la reunificación de Irlanda-, o tendrá que desplazarse la frontera comercial al perímetro de la isla, algo inaceptable para los unionistas. El Gobierno de Londres insiste en que hay soluciones tecnológicas para evitar la visibilidad de la aduana. Parece un plan para colocar cámaras en las viejas 'carreteras de concesión' y evaluar en unos años cuál es el nivel del contrabando.

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