«Yo les digo que caminen con la cabeza bien alta»

El jesuita recoge un galardón.
El jesuita recoge un galardón.

Jaime Garralda, fundador de la ONG

I. O. DE OLANO

El Premio Voluntariado Social por su defensa de los desfavorecidos 2016 ha sido el último galardón en ingresar en su larga lista de merecidos reconocimientos. No es un frase hecha. Desde que con veinticuatro años estudiaba Teología en Granada y decidió que daría la batalla para sacar a flote a los castigados por la droga, el sida y la cárcel, sus logros han contribuido de forma decisiva a aliviar las penosas condiciones de esos colectivos. A su Fundación Horizontes Abiertos se deben la creación en las cárceles de módulos específicos para madres y niños menores de 3 años; para familias -cuando padre y madre están cumpliendo condena-; para estudiantes universitarios, así como centros terapéuticos internos que su ONG se ocupa de gestionar.

Comenzó por tomar las riendas del Hogar del Empleado, en Madrid, una plataforma de acogida que prestaba asistencia a personas sin apenas recursos que llegaban del sur de España. Desde allí se las arreglaría para levantar siete residencias y albergar a seiscientos adolescentes sin futuro. Tras dejar su impronta de hombre empático, generoso y emprendedor en Centroamérica, donde le destinaron a mediados de los sesenta, regresó y volvió a colocarse junto a los más vulnerables. En esta ocasión, en el poblado chabolista del Pozo del Tío Raimundo. Allí invertiría dieciséis años de su vida conviviendo con la miseria, la destrucción que siembra la droga y el estigma indeleble que deja el paso por prisión. Del chapuzón en la crudeza de la marginalidad nacería su determinación de penetrar en los muros de los penales y dignificarlos. A sus 96 años y «un poco chungo» de salud -necesita el apoyo de una máquina de oxígeno-, evoca aquellos días para este periódico.

- ¿Qué había dentro de los penales a finales de los setenta?

«España está desorientada. A la primera de cambio te echan a la cárcel»

- No se lo puede imaginar. Para la sociedad eran lugares malditos, llenos de sinvergüenzas. Yo me encontré con un mundo tenebroso. Conocí la cárcel de Carabanchel, la peor que ha habido en España, su galería tercera, la quinta, la séptima, quinientos presos en cada una... Durísimo. Así eran nuestras cárceles desde que acabó la guerra hasta hace nada.

- ¿Cómo son hoy?

- Irreconocibles. Se han humanizado, ahora hay conexión con el interno. Y, técnicamente, las españolas son las mejores cárceles de Europa.

-También lideramos los primeros puestos en población reclusa...

- En esto en España estamos muy desorientados. A la primera de cambio te meten en una y las cárceles no son el lugar adonde hay que echar a todo el que hace algo malo. Existen alternativas, como los trabajos para la comunidad.

- ¿Aún hoy, la peor condena viene a menudo a la salida de prisión?

- Es difícil ser preso, pero tanto o más salir a la calle. Se les humilla y se les desprecia. Ahora tengo una reunión con nuestra gente, a la que también vendrán expresidiarios. Siempre les digo lo mismo, que no se escondan, que anden con la cabeza alta y mirando de frente. Simplemente, cometieron una equivocación. Nada más.

- Usted nació en una familia acomodada. ¿Por qué escogió el camino sin asfaltar?

-Lo que dice Jesucristo es esto. Yo he intentado imitarle.

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