La ley de claridad canadiense

Ginés Sánchez
GINÉS SÁNCHEZ

Había una vez un país imaginario (al que podríamos llamar Canadá) en el cual había una región (también imaginaria) a la que podríamos llamar Quebec. Y pasaba que en esa región había unos señores que querían separarla del país. Y, como a esos señores los votaba mucha gente, entonces organizaron un referéndum para ver si se iban. Eso fue hace mucho tiempo, en el ochenta, y perdieron. Pero, dijeron, organizaremos otro. Ya veréis. Y sí. Fue quince años después. Y otra vez perdieron pero esta vez por muy poco. Nada más que por cincuenta mil personas. Y dijeron, otra vez, «pues ya veréis en el siguiente».

Ah, pero entonces sucedió algo mágico.

Y es que en Canadá había una cosa que se llamaba ‘Gobierno’ y pasaba que ese ‘Gobierno’ podía hacer unas cosas que se llamaban ‘Leyes’. Y más aun ese ‘Gobierno’ entendió que debía defender varias cosas. A sí mismo. Y también a aquellos habitantes de la región imaginaria de Quebec que querían seguir formando parte de Canadá. Más aún, tomó conciencia del problema y asumió un rol mágico que se podría llamar ‘iniciativa’. Oh, niños. Fue maravilloso lo que pasó.

Porque ese ‘Gobierno”’ hizo una ‘ley’. Y esa ‘ley’ decía que sí, que si en Quebec había una mayoría que quería irse de Canadá, que podía. Pero que si dentro de Quebec había zonas en las que la proporción de partidarios de pertenecer a Canadá fuera mayoritaria entonces Quebec debía renunciar a esas zonas para que pudieran seguir formando parte de Canadá.

Oh, niños, qué día aquel.

Qué día aquel porque resultó que eso no les convenía a los señores que querían separar Quebec de Canadá. Y resultó, de paso, que aquella tercera votación nunca se realizó. Y resultó, de paso, que ya casi nadie vota a esos señores que querían que Quebec no formara parte de Canadá. Oh, niños.

Y que no tengo nada, per se, contra ningún movimiento social (más allá de que cualquier nacionalismo me parece poco más que xenofobia encubierta y de lo que decía el Finlandés, aquel maravilloso personaje de ‘Conde Cero’, de William Gibson, cuando hablaba de «naciones tan atrasadas que el concepto de nación seguía tomándose en serio»). Nada pero que la facultad de dictar (consensuar) leyes es poderosa. Decisiva. Y que sería maravilloso tener un ‘Gobierno’ que no anduviera por ahí parapetado detrás de no se sabe qué mesa. Que sería maravilloso tener, una vez, un líder. Alguien que asumiera el país y se arremangara y afrontara los problemas. Con ánimo, con imaginación, con responsabilidad. Un ‘Gobierno’ que fuera emprendedor, que hiciera cosas.

Y que ahí queda, la sugerencia, para Marianín y los adláteres de turno. Y que me vuelvo, a mi cama, a soñar mis sueños. A contarme mis cuentos mágicos, poblados de unicornios, gominolas, barriguitas, ‘Gobiernos’ y ‘Leyes’.

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